Colaboración
Arde el Reino Unido
Deia, , 11-08-2011Primero fue Londres, más tarde Liverpool y Birmingham, y ahora Manchester. El fuego, el saqueo y la destrucción más salvaje avanzan a un ritmo estremecedor en las calles de un país civilizado y cuna del desarrollo científico y económico. Nada hacía presagiar el torbellino de furia. Los coloridos barrios de Londres parecían apacibles hasta hace unos días, en los que me encontraba paseando en esa ciudad. La muerte a causa de un disparo de la policía de un joven en el norte de Londres ha cambiado de la noche a la mañana el rostro de esta y otras muchas capitales del Reino Unido.
El fenómeno no es nuevo ya que hace un par de años los banlieu de las ciudades francesas conocieron igual ola de violencia provocada por miles de jóvenes desesperanzados que veían en el enfrentamiento con la policía un medio para expresar su rabia e impotencia ante sus menguadas oportunidades de futuro. El barrio de Hackney en Londres ha sido uno de los lugares donde la violencia ha alcanzado sus cotas más brutales. Habitado mayoritariamente por inmigrantes de variado origen, su cercana distancia física del centro de Londres es inversamente proporcional a la distancia que separa a la mayoría de sus habitantes de la integración en la sociedad. Fronteriza con la todopoderosa City financiera, el alto desempleo, la criminalidad, y el tráfico de todo tipo de estupefacientes son características compartidas con otros lugares del mapa urbano. En Hackney viven también miles de estudiantes universitarios que aprovechando los precios asequibles de sus viviendas se trasladan a él con el fin de aliviar su penuria económica estudiantil. Hackney reúne así a una variopinta mezcla de ciudadanos y ciudadanas con un común denominador: la frustración por el futuro y la alienación de una sociedad en la que parecen no tener sitio. Tachar de delincuentes a los jóvenes que con extrema violencia y absoluto desprecio por los bienes de sus vecinos se enfrentan a la policía es jugar con fuego. Está claro que se necesita autoridad para que la vida vuelva a su cotidiana normalidad para los vecinos y la propia sociedad, pero dentro de esa cotidianidad el mayor esfuerzo pasa por construir una sociedad donde gran parte de los jóvenes no se sientan excluidos; ni social, ni económica, ni socialmente.
El diseño de un sistema más justo, participativo, e inclusivo es la única manguera que puede apagar este fuego que amenaza con propagarse a otras latitudes. Tomemos nota.
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