Un paseo por los comercios saqueados e incendiados del barrio de Brixton, en el sur de Londres

El móvil de todo

La Vanguardia, PLÀCID GARCIA-PLANAS - Londres Enviado especial , 10-08-2011

Definitivamente, los móviles nos retratan. Hace dos veranos, para mostrar el “vigor, la inventiva y la diversidad de los brixtonianos”, un grupo de artistas grabó extractos de diálogos escuchados a la gente hablando con móviles por las calles del barrio.

Hoy, en la Brixton Road, junto al gran panel donde se reproducen esos diálogos, aparecen saqueadas e incendiadas varias tiendas de teléfonos móviles: T Mobile, The Carphone Warehouse, Vodaphone… A pocos metros de distancia, siguen tranquilamente abiertas las tiendas de árabes que venden móviles y palomitas, todo junto.

La foto es infinita: la gente que pasa por la Brixton Road, todos, blancos y negros, uno tras otro, constantemente, van fotografiando con sus móviles las tiendas de móviles arrasadas. Como un círculo que se quema a sí mismo.

Una veintena de furgonetas de la policía cruza la calle a toda pastilla: algo estará ardiendo en algún punto de Londres.

- Fuck! – grita a la policía una panda de chicos blancos con sus narices agujereadas de metal.

También grita a la policía un negro que va cantando algo ininteligible ante un amigo que lo graba frente a los restos de Foot Locker, otra tienda de ropa deportiva también incendiada. El cantante repite constantemente la palabra Babilonia, y está clarísimo que no está muy contento con el sistema.

- ¡Respetad a los chicos! – grita a los coches de policía frente a la tienda asaltada. Y una chica blanca aplaude.

Muchas tiendas están cerradas y otras muchas – el Kentucky Fried Chicken, Morleys, The Body Shop-han protegido sus cristales con planchas de madera, como si Brixton fuera Cayo Largo y esperaran el paso de un ciclón tropical al que nadie sabría qué nombre poner.

- ¿Hasta cuándo durará esto? – pregunto a una chica negra que va fotografiando una a una todas las tiendas rotas.

- No sé. Hasta los Juegos Olímpicos – responde.

- ¿Policía? – me pregunta otro chico negro que se acerca intrigado porque tomo apuntes sobre un papel en lugar de sacar fotos con el teléfono móvil.

Pasa en todas las banlieues requemadas de Europa: sacas un bolígrafo y una libreta y ya eres de la policía secreta.

La desconfianza es aquí como el móvil: infinita.

Frente a los comercios reventados – también ha recibido, cómo no, el McDonald´s-van pasando autobuses de dos pisos, que por su tamaño van muy bien para la publicidad. Van pasando anuncios de películas, Harry Potter en una escalera gótica medio rota, aliens asquerosos y Conan el Bárbaro, nacido para la batalla…Nos gusta recrear desastres, nos da placer, y así pasa lo que pasa. Otro autobús invita a visitar Túnez… a sólo dos horas de aquí.

Los comercios de la Electric Line, una vieja calle que discurre en círculo, están todos abiertos, como si los saqueos y el fuego no fueran con ellos. Todo aquí es carne halal, frita africana, olor a pescado seco y suras del Corán.

La Electric Line empieza y termina en la Inglaterra que ya no es, la Inglaterra que dejó de ser hace ya mucho tiempo.

En un extremo de la calle aparece, algo sucia y olvidada, una placa metálica en memoria de las víctimas de la bomba que estalló aquí el 17 de abril de 1999. “Una comunidad atacada nunca podrá ser dividida. Juntos somos fuertes”, dice la placa junto a las tiendas hoy asaltadas e incendiadas.

Y, en el otro extremo de la calle, aparece una torre muy de hadas anglosajonas, de cuando la Europa posromántica e industrial soñaba con caballeros y princesitas medievales, una deliciosa atalaya asfixiada hoy en grafitis.

Junto a la torre se intuye, pintado en una gran pared de ladrillo, el anuncio de un viejo taller de sastre. Our Sons, se llamaba el establecimiento. Mens wear.Una mano inmensa señala con su dedo índice la entrada del negocio: una puerta tapiada.

Doblando la esquina, la boca de metro de Brixton desciende en una ancha escalera. El último sol de la tarde, casi naranja, proyecta la sombra de los que van bajando al tube en un gran frontal de color blanco. Un matrimonio blanco de avanzada edad descubre el efecto solar y, haciéndose adiós con las manos a ellos mismos, decide hacerse con el móvil la foto de sus propias sombras.

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