De gatos y ratones
La presión policial aumenta la picaresca de los buscavidas de la playa
La Vanguardia, , 09-08-2011El vendedor ambulante de cerveza pasea por la barcelonesa playa del Bogatell, con sus latas en la mochila que cuelga a su espalda. De repente, su teléfono móvil vibra en el bolsillo de sus floreadas bermudas. Luego de responder, sus ojos alarmados se abren como platos. Mira rápidamente a un lado y al otro. Se acerca a una pareja que se tuesta al sol y a su vera deja la mochila para continuar andando con las manos en los bolsillos, entre silbidos, aparentando disfrutar de la brisa marina.
Como un turista más. La pareja que se tuesta al sol se mira incrédula. No toca la mochila.
Pero los agentes de paisano de la Guardia Urbana ya habían visto al latero ofreciendo su mercancía con disimulo. La llamada telefónica del aguador apostado en el paseo, del encargado de lo que entre los quinquis de los años setenta se conocía como dar el agua, de alertar a los lateros de la presencia policial desde una altura que permite vigilar una basta extensión de arenal, se produjo demasiado tarde. Al menos esta vez la treta de enterrar las latas en la arena ya es pasado: está desfasada.
El incremento de la presión policial sobre los vendedores ambulantes de este verano, que ha logrado entre otras cosas desterrar a buena parte de los manteros del centro de la urbe, se está traduciendo en un proporcional aumento de la picaresca para eludirla. Las playas ofrecen cada día esta versión del juego del gato y el ratón, aunque este año las denuncias entre abril y junio se han reducido respecto al verano anterior (de 3.152 a 2.387), posiblemente por el mal tiempo. Ahora algunos lateros llevan una toalla al hombro para completar su disfraz.
Los agentes hacen un gesto al vendedor, que insiste en silbar con las manos en los bolsillos, para que se acerque. No opone resistencia. No trata de huir. No protesta. Saluda a los policías con respeto y familiaridad. Les tiende un certificado de empadronamiento a modo de identificación. Sabe que no hacerlo puede conducirlo a la comisaría de la Policía Nacional. Los ambulantes temen las órdenes de expulsión. Pero erróneamente piensan que las multas municipales, si se pagan, no perjudicarán una futura regularización por la vía del arraigo, un bulo de quienes realmente se enriquecen de este tinglado.
“En las playas, a estas alturas del verano, ya nos conocemos todos”, dicen los policías. “Algunas veces, cuando tienen las latas escondidas debajo de su toalla extendida en la arena, hasta nos dan los buenos días y nos preguntan cómo va el trabajo. Lo más probable es que el que trató de avisar a este por teléfono ya esté diciendo al resto cuál es el color de nuestras camisetas. Aun así, en las playas siempre hay mucha gente. Nos camuflamos. Además, nosotros también extremamos el ingenio. Nosotros también cambiamos nuestros horarios para no ser previsibles”.
El decomiso es abundante: seis latas. La multa por este número, si se paga en veinte días, lo que conlleva un gran descuento, es de unos 70 euros. Lo habitual es que cada vendedor no lleve más de tres latas. Suelen llegar sobre las ocho de la mañana. Sus jornadas son eternas. Los latas son transportadas en furgonetas hasta el Poblenou, y de allí a la playa en bicicletas. Los ciclistas suministran a los que trabajan de cara al público. A veces la Guardia Urbana halla centenares de latas entre las rocas de los espigones, un escondite menos insalubre que las alcantarillas.
Algunos vendedores van por libre, pero cada vez son menos. Han de llevar más latas encima para que les salga a cuenta y los decomisos les dañan más. Ahora, solo, es difícil sobrevivir a la presión policial. Las fuentes agregan que los grupos organizados están formados por unas quince personas que habitualmente comparten piso. Su casero es su jefe, quien se enriquece con el tinglado. Yde repente, mientras el vendedor sorprendido acompaña a los agentes a uno de los ocho módulos de la policía municipal, dos asiáticas ofrecen a los agentes sendos masajes la mar de relajantes y reconfortantes. “Acompáñenos también”.
Las masajistas sin ningún tipo de permiso ni titulación están peor organizadas. Según las fuentes, son mujeres que normalmente pasan el resto del año empleándose en la economía más sumergida de las periferias del área metropolitana. El sol de agosto las deslumbra. Sus pantalones largos, sus sombreros y sus bolsos delatan su presencia a docenas de metros. Apenas hablan castellano. Muchas ni siquiera saben escribir su nombre con el alfabeto romano. No pueden identificarse. Acaban en la comisaría de la Policía Nacional. Aun así, también se están espabilando.
La procesión de los dos policías, el latero y las dos masajistas alerta a otra asiática en pleno masaje. La mujer se tumba al lado de su cliente. Como si quisiera tostarse al sol. Con todo, los agentes ya le habían echado el ojo. “Es mi novia”, dice el cliente. “Claro”, responden los policías. La masajista acabará el Denuncias día con una orden de expulsión. “No, hombre…, Denuncias por dejadla venta ambulante en paz”, protesta de cualquier el bañista. género"Id a por los ladrones. excepto comidas El otro y bebidas día me robaron la bolsa. ¡Tuve que andar hasta Denuncias Sants! Suerte por venta que no me pusieron ambulante una multa de comidas por ir sin camiseta. y bebidas Ellas no hacen daño a nadie, yo me hago Denuncias por un masaje cada prestación de dos o tres servicios no días, son buena autorizada, gente". principalmente Lo que no masajes ven los agentes es a otra asiática que se quita Otros (acampar, la camiseta y en dormir…) sujetador se une a un grupo de italianos que la reciben con los brazos abiertos y dejan esconder su bolsa bajo una hamaca. La masajista se remanga los pantalones. Entre tanto, una patrulla de motoristas de las policías municipal y autonómica trata de sorprender a un aguador apostado en el paseo. Pero logra escabullirse. Los policías aprovechan para identificar a un grupo de lateros sin latas encima. Todos muestran un amasijo de papeles arrugados. Ahora que no tienen nadie que los avise, ahora que saben que los agentes de paisano están por la playa, prefieren tomar el sol en el paseo. Sus cervezas se calientan poco a poco. Al cabo de media hora, la masajista que se ocultó entre turistas continúa rodeada de italianos. Sin entender sus bromas. En sujetador. Bajo una sombrilla. Sin atreverse a salir.
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