ARTÍCULOS DE OPINIÓN
Veranea en Noruega
El caso extremo de Utoya debe servir para que quienes quieren seguir entre nosotros la vía absurda de realizar por la violencia sus ensoñaciones políticas desistan de ello
Diario Vasco, , 09-08-2011Ypor qué no? Es un destino turístico de primera categoría, con una sociedad modélica en sus costumbres políticas y en su tolerancia ideológica y al causante de la matanza de Utoya le someten a un juicio justo y le ingresan en una cárcel que más parece un hotel de cinco estrellas. La historia de Noruega, no obstante, estará marcada para siempre con un antes y un después por esa acción tremebunda e inimaginable que nos ha dejado a todos estupefactos, pero donde tenemos que focalizar nuestra preocupación por lo que ha sucedido es, a mi juicio, en el poder del individuo, que debe seguir siendo, para bien y para mal, y muy por encima de la sociedad en su conjunto, el centro de todos nuestros desvelos.
En las discusiones previas a la promulgación de la Constitución de Cádiz de 1812 fue cuando se utilizaron por primera vez con un sentido político los términos liberal y liberalismo y de ahí se expandieron esos conceptos al resto de Occidente, incluidos los Estados Unidos de entonces y las nacientes repúblicas hispanoamericanas. El liberalismo sitúa como centro de todo su sistema político al individuo y sus derechos y a los acuerdos que entre sí tomen dichos individuos para erigir el poder político que les gobierne. Desde entonces, el concepto de individuo rige nuestra vida política y ningún otro sistema alternativo ha podido ofrecer mejores prestaciones para gobernar a las colectividades: tanto el nacionalismo como el socialismo, desde sus respectivos orígenes, pretendieron suplantar la primacía del individuo, uno con la idea de nación, el otro con la de clase social, pero no lo consiguieron, y se tuvieron que conformar con convertirse en movimientos políticos integrados en el sistema liberal, basado en el individuo y en el juego de las mayorías. Ante una desgracia irreparable como la de Noruega, en lo primero que pienso, por tanto, es en los individuos afectados, con nombre y apellidos, tanto en el que ha llevado a cabo semejante holocausto como en todos los que perecieron allí.
Los individuos son el principio y el fin de los sistemas políticos en los que vivimos y de ellos deriva lo mejor y lo peor también de todo lo que nos puede ocurrir. Ellos son los generadores de ideas políticas y también los sujetos de las acciones humanas, cualesquiera que sean. Aquí tuvimos un eslogan similar al que encabeza este artículo, en los inicios de la Transición, y luego otro parecido, ‘Ven y cuéntalo’, fomentado desde la consejería de Turismo dirigida por Rosa Díez en los años noventa. La fórmula en ambos casos era similar pero el propósito era contrapuesto totalmente. En el primer caso, glosado por Iñaki Ezkerra en su relato ‘Veranea en Euskadi’, se pretendía controlar lo más personal de cualquier individuo de cualquier parte del mundo, como es su ocio y tiempo libre. En el segundo caso lo que teníamos era una propuesta de incentivar a los individuos del resto de España para que conocieran el País Vasco de primera mano y rompieran falsos prejuicios y generalizaciones absurdas. Una misma idea pero con dos propósitos contrapuestos. Esto es algo habitual en política.
Lo que desvirtúa por completo la política entendida como sistema de convivencia para hacer cosas en común, y nos retrotrae a un estado de naturaleza sin poder político reconocido, es el empleo de la violencia. Los chicos reunidos en la isla de Utoya llevarán grabado de por vida el estado de naturaleza que presenciaron en vivo y en directo y del que milagrosamente pudieron salvarse. Los que de ellos estudien historia en el futuro serán quienes mejor podrán entender lo que significa vivir sin poder político y sin normas, al arbitrio de quien quiera imponerse a los demás por la fuerza.
Las ideas políticas, cuando son tales, no son criminógenas por sí mismas. Los individuos cometen crímenes utilizándolas como excusa, que es algo sensiblemente distinto. «Euskadi es la patria de los vascos» no sirve como excusa para acabar con nadie. Porque, para empezar, quien lo sostuvo por primera vez no era capaz de matar ni a una mosca. Aun así hay quien afirma que toda la violencia terrorista que hemos padecido procede de aquella idea e incluso quienes la practicaron se reconocen deudores de la misma. Lo mismo pasa con la idea de la indisoluble unidad de la nación española, que reza en nuestra Constitución. Hubo quien la enarboló como excusa para establecer una dictadura de cuarenta años, y hasta hubo incluso quien atribuyó espuriamente a Joaquín Costa, el polígrafo aragonés de quien celebramos este año el centenario de su fallecimiento, ser el antecedente directo de la ideología fascista que fundamentó el golpe de Estado a la Segunda República.
Y ya en el colmo de asociar supuestas ideas políticas con violencia, tenemos el caso de quienes dedican toda su vida intelectual, llamémosla así, a justificar un movimiento insurreccional armado, que tiene por objetivo político la independencia de un país rescatado de un pasado imaginario y convertido en un ente ficticio petrificado en el tiempo. Nada que ver con ideas políticas surgidas de la experiencia individual y de la inmersión en la época histórica que nos ha tocado vivir, mediante las que pretendamos ofrecer salidas y opciones de convivencia a nuestra generación y a las venideras. El lugar de una producción de ideas políticas libre y creativa es usurpado por un mero acopio de consignas, estrategias y relatos para justificar la imposición por la violencia. El caso extremo de Noruega debe servir para que quienes quieren seguir entre nosotros esa vía absurda de realizar por la violencia sus ensoñaciones políticas desistan de ello: la historia nos viene dada con una fuerza y una inercia incontenibles y lo único que cabe es aceptarla para así intentar transformarla, en lo que se pueda y sin dejarla peor de lo que nos llegó.
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