ARTÍCULOS DE OPINIÓN
Ficción o realidad: dos caras de la misma moneda
Diario Vasco, , 29-07-2011Los acontecimientos de Oslo y la isla de Utoya me sorprendieron tratando de evadirme de la realidad. Después de muchos meses de tensión emocional había decidido aprovechar el verano para leer algunas novelas policíacas. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de ese placer y pensaba que estos días de vacaciones eran los más propicios para recuperar el placer de la lectura, sin tener que justificarla desde el pragmatismo profesional o el afán por saber o conocer más sobre la realidad.
Sin embargo, mientras tenía entre manos El hombre inquieto, el último capítulo de la saga del inspector Kurt Wallander, me llegó primero la noticia de la explosión en las calles de Oslo y poco después la inaudita e increíble historia del asesinato despiadado de decenas de jóvenes en el campamento de las juventudes socialistas, en la vecina isla de Utoya.
Al principio no comprendí la lógica de los sucesos. De hecho, pensé que se trataba de una trágica coincidencia, una desafortunada jugada diabólica del destino. De inmediato deduje, con los prejuicios correspondientes, que el primer suceso era el enésimo capítulo de la historia del terrorismo islamista y el segundo una de esas historias que se escriben desde los profundos e ignotos rincones negros de la locura.
En cualquier caso, fuera como fuere la realidad de los hechos, el desasosiego me embargó el ánimo y la desesperación me canceló cualquier intento inútil de huir de la realidad. Cuando la evidencia de la tragedia se mostró con todos sus signos y se desvelaron las señales de la intriga asesina, narrada en dos capítulos perfectamente tramados, pensé que otra vez el odio había impuesto su designio. Una vez más, el hombre se volvía contra el hombre, como si los hechos quisieran recordarnos que la fragilidad de nuestra vida pende muchas veces del delirio injustificado de cualquier sinrazón y que siempre estamos expuestos a cualquier desvarío inesperado.
Porque, en definitiva, el rechazo a los demás, al extraño, al diferente, suele ser, casi siempre, el motor que alimenta el odio y el resorte que dispara los mecanismos de la peor barbarie irracional. La fragilidad sobre la que se construyen la historia de Europa y la sociedad del bienestar, que da asiento a nuestro modelo de vida democrático, es el lugar por donde se cuelan los peores presagios del totalitarismo.
El endeble equilibrio de fuerzas políticas sobre el que se constituye nuestros sistemas parlamentarios se puede ver alterado o, mejor dicho, ya está siendo perturbando por la presencia, cada vez más significativa, de fuerzas ultra reaccionarias que pretenden devolvernos a las tinieblas de otras épocas oscuras.
A la sombra de la decadencia económica y amparándose en discursos populistas, empieza a ser habitual la irrupción de movimientos y partidos políticos que sostienen discursos ultranacionalistas o xenófobos, en defensa exacerbada de la identidad nacional. Además, en ocasiones con nombres que lo dicen casi todo de sus últimas intenciones: Auténticos Finlandeses, Movimiento por una Hungría Mejor, Liga de la Familias Polacas, Partido de la Gran Rumanía, Frente Nacional de Francia.
También las novelas y los personajes de Mankell son reflejo fiel de un mundo que, más allá de las contradicciones inherentes a la sociedad del bienestar, trata de luchar por la dignidad de la vida de las personas, por encima de nuestras miserias.
Kurt Wallander, en el que será su último caso, nos pone sobre aviso de los juegos oscuros que las fuerzas de extrema derecha tramaron para derrocar a la socialdemocracia de Olaf Palme. La realidad y la ficción, por mucho que nos empeñemos, casi siempre van de la mano y forman parte indisociable de lo que nos rodea y conforma como seres sociales y miembros de una comunidad. A veces, la primera supera a la segunda y nunca se sabe cuándo puede ocurrir el último capítulo donde, sin darnos cuenta, seamos nosotros mismos los protagonistas involuntarios de la tragedia.
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