HENNING MANKELL
La banalidad del mal
El Mundo, , 27-07-2011Este noruego de 32 años que ha confesado haber matado a más de 70 personas solicitó dos cosas de cara a su comparecencia ante el tribunal: quería ponerse un uniforme y quería que la audiencia fuera abierta.
Esto vuelve más complicado lo que ha sucedido. Parece que el hombre que ha cometido este horrendo crimen había elaborado un programa político en apoyo de sus acciones. No se le puede despachar simplemente como un loco; es algo más.
Se considera a sí mismo un soldado y piensa que tiene algo importante que decir. La pregunta es qué.
Tal vez podamos encontrar la respuesta en un libro que la filósofa judía alemana Hannah Arendt escribió en 1961 durante el juicio de Adolf Eichmann en Israel.
Para aquellos que no recuerden el proceso, Eichmann fue el comandante, enormemente temido, de un campo nazi que no dudó en llevar a cabo las órdenes que recibió sobre el exterminio masivo de judíos, gitanos y otras personas que Hitler pensaba que debían ser eliminadas de la faz de la tierra. Había estado huyendo desde la caída de la Alemania nazi, en la primavera de 1945, pero fue capturado por agentes del Mossad en Argentina y llevado en secreto a Israel. Fue sentenciado a muerte y posteriormente ejecutado en la horca.
En su libro Eichmann en Jerusalén: un informe sobre la banalidad del mal, Arendt se esfuerza por comprender lo que les pasa por la cabeza a las personas que están dispuestas a matar indiscriminadamente a otros congéneres suyos sin la menor empatía. Con frecuencia son personas normales que cuidan amorosamente sus jardines y juegan con sus perros y con sus hijos. Nadie que los viera por la calle sospecharía jamás que es un asesino perturbado.
Lo que sabemos sobre el hombre de Noruega denota asimismo banalidad. Está desgarrado por una rabia interior. Se opone a los musulmanes. Se opone a los diferentes tipos de personas que coinciden en una sociedad multicultural. Detesta las ambiciones de la globalización y está dispuesto a atacar la idea misma de la era moderna. Es un Don Quijote desalmado que arremete contra todo aquél que vive y respira.
Todo estaba bien planeado. En apariencia, había poco o nada que indicara lo que estaba a punto de suceder. Después de ser detenido, se informó de que había descrito sus actos como «atroces, pero necesarios». Había declarado su propia guerra para «despertar» a sus compatriotas. Quería aparecer vestido de uniforme y quería que la audiencia judicial se convirtiera en un escenario en el que pudiera actuar y transmitir su mensaje.
Quizás se imagina que, con el tiempo, llegará a ser el héroe que salvó Noruega. O tal vez se conforme con ser incluido en la galería de la fama de los monstruos humanos.
Podríamos preguntarnos si acaso no estábamos esperando algo así, un brutal acto de terrorismo cometido no por personas que han secuestrado la fe islámica y que dicen actuar en nombre de la religión, sino por un hombre con unas motivaciones políticas y religiosas diferentes. Un extremista de derechas, un nacionalista con ingredientes del fundamentalismo cristiano.
Se podría decir que lo ocurrido en Noruega es el fantasma del regreso de la mentalidad del Übermensch [el superhombre en la definición de Nietzsche, cuyo sistema propio de valores da por bueno todo lo que deriva de su voluntad de poder], que era la característica distintiva del nazismo hitleriano que ocupó y torturó Noruega durante la Segunda Guerra Mundial.
Por lo menos ahora sabemos algo que posiblemente no había sido cierto hasta ahora: todo el mundo es capaz de encontrar justificación a los actos de terrorismo en todos los contextos religiosos, políticos e ideológicos. Ahora sabemos que estaban equivocados los que decían que el terror es siempre sinónimo de la fe islámica.
La distante y en muchos aspectos idílica Noruega, el país del petróleo y la riqueza, queda expuesta repentinamente a la banalidad del mal.
Tal vez sea imposible que nos defendamos a nosotros mismos y que defendamos nuestro país de manera total frente a actos como éstos, pero tenemos que intentarlo. Tenemos que defender la sociedad abierta porque, si empezamos a cerrar nuestras puertas, si dejamos que el miedo decida, saldrá triunfador ese individuo que ha cometido el acto de terrorismo. Habrá inyectado el miedo en nuestra sociedad. Como dijo Franklin D. Roosevelt, «a lo único a lo que debemos tener miedo es al miedo mismo».
Por mucho que ese joven noruego trate de justificar sus acciones, todavía habrá algo que no vamos a ser capaces de entender: lo que pasa por la mente de una persona que apunta un arma de fuego contra unos jóvenes, mujeres u hombres, a los que no conoce y que aprieta el gatillo.
En todo acto de barbarie hay un elemento humano. Eso es lo que hace tan inhumano el acto de barbarie.
Henning Mankell es un reconocido escritor sueco, autor de la serie de relatos de novela negra cuyo protagonista es Kurt Wallander.
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