Esto no era una vida mejor
Tres marroquíes desempleados
confiesan con frustración que su aventura migratoria "no ha valido la pena"
Diario de noticias de Gipuzkoa, , 17-07-2011“¿Cómo veo el futuro?… Jodido”. Apenas tarda un segundo Bibal Elhanuodi en pronunciar la palabra que se ajusta con mayor exactitud a su estado de ánimo, especialmente cuando piensa en su situación laboral. Este joven marroquí de 23 años pertenece a esa generación de menores extranjeros no acompañados que tanto dieron de qué hablar en otro tiempo. La conducta disruptiva que mostraba una minoría puso en solfa al resto, pero aquella alarma social se ha diluido, y el tiempo sigue corriendo. Lo ha hecho de tal manera que aquellos menores como era Elhanuodi han dejado de serlo, y se enfrentan ahora a un futuro incierto. Hay cierta frustración en todo ello: “esta aventura no ha merecido la pena”, lamenta el joven, que ríe con cierta tristeza.
A pesar de que Euskadi sigue gozando de uno de los mayores niveles de Bienestar del Estado, se trata de una comunidad que, bajo su alfombra, oculta historias como la de Elhanuodi, que en su día fue acogido en el centro de menores de Segura, y pasó después por pensiones de Lazkao y Deba, siempre bajo la tutela de la Diputación.
Ahora, en su mayoría de edad, la teoría dice que la Administración ha acabado su trabajo, que este joven tiene la edad suficiente para retomar el vuelo. Pero el día a día dice algo bien distinto. “Llevo un mes pagando una habitación. Es la primera vez que doy el paso, pagándola de mi bolsillo, pero dependo de la renta básica, y los trámites y el papeleo van muy lentos. Como no reciba el siguiente pago el mes que viene me vuelvo a ver otra vez en la calle”, lamenta el joven.
incertidumbre
Ante un futuro incierto
El encuentro tiene lugar en un local de la asociación intercultural Kolore Guztiak, un espacio que ofrece asesoramiento laboral en Donostia a jóvenes que lo necesitan imperiosamente. Es lo que les lleva a pensar que la aventura no ha merecido la pena. Lo dice Elhanuodi, y lo suscriben sus dos compañeros de mesa en la entrevista, también marroquíes, Mohamed Elkadore y Mohammed Debbah. Representan perfiles bien distintos, 19 años el primero y 36 el segundo, aunque con un nexo común: incertidumbre por un futuro incierto. “Llegué con 17 años a Donostia y estuve unos meses en el centro de menores de Uba. No tenía papeles, y la policía municipal me llevó a ese lugar. Estuve ahí hasta que llegó la mayoría de edad”, relata con un poso de amargura Elkadore, quien prosigue su lamento. “Llega la mayoría de edad, y te ves en la calle. Una vez que estás ahí, la verdad es que haces cualquier cosa para sobrevivir”, confiesa el joven, que reside ahora en un piso de emancipación aunque no sabe por cuánto tiempo.
El relato de las dificultades a las que se enfrentan estos jóvenes y tantos otros ha acabado por llegar a oídos de Marruecos, y no es extraño por ello que los flujos migratorios se hayan reducido. Buena parte de esos chavales busca suerte ahora en otros destinos como Suiza, Francia, Bélgica o Alemania. El País Vasco ha dejado de ser la panacea que era en otro tiempo. “Los menores ya no vienen como lo hicimos nosotros. Las cosas han cambiado y la noticia ha llegado a Marruecos. Ya no hay empleo”, asegura Debbah, a quien no extraña los pequeños hurtos que, de cuando en cuando, protagonizan algunos jóvenes para llevarse algo a la boca.
envío de currículums
Cobrando el subsidio
Este joven confiesa su hartazgo por la cantidad de currículums enviados en los últimos tiempos sin éxito alguno. “Habré mandado unos 300, pero nada”. Debbah cumplirá 37 años el 2 de noviembre. Tiene estudios de Mecánico de coches, cogió un visado para seguir su formación en Francia y a partir de ahí comenzó a torcerse todo. Se quedó sin medios, y a partir del año 2000 acabó trabajando en el campo en Murcia. “Ya ves, de licenciado al campo, pero al menos había trabajo”. Después de cinco años, la empresa en la que trabajaba quebró, y se quedó un año sin saber qué iba a ser de su vida hasta que oyó eso de que el País Vasco era la comunidad con la tasa de desempleo más baja del Estado. Aquello le animó a probar suerte.
Llegó en noviembre de 2010, desde entonces ha estado empleado donde ha podido, siempre en el eslabón más débil de la cadena, hasta que se ha quedado sin trabajo alguno, y se ve obligado a recurrir a los 420 euros del subsidio. “La habitación me cuesta 300 euros y si sigo adelante es gracias a unos ahorros”, detalla. Los tres insisten en que “la aventura no ha merecido la pena” y sienten que, pese llegar hace años, están como el primer día.
Al mismo tiempo tienen claro que así no pueden regresar a Marruecos. “Para seguir sufriendo en nuestro país nos quedamos aquí”, dice Elkadore.
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