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Cuando los vecinos echan a los guardias

La Voz de Galicia, 07-07-2011

U na de las escenas que me impresionaron al comienzo de la transición, recién muerto Franco, se produjo en el aparcamiento que había delante de mi casa en Madrid. Un par de jóvenes fueron sorprendidos por la policía cuando trataban de robar un coche. La detención debió de ser algo violenta, porque desde la sala de estar empecé a escuchar gritos de «asesinos, asesinos». Me asomé, y quienes gritaban así eran vecinos del bloque. Y no les gritaban a los ladrones; se lo gritaban a los policías. Me quedé horrorizado, pero traté de entenderlo: los «grises» de entonces eran la policía de la represión del franquismo. Se les veía como enemigos. En caso de tener que elegir entre un ladrón y un guardia, mi vecindad se quedaba con el ladrón. Como en el Evangelio.

Nuestra policía ha necesitado muchos años, proteger a muchas manifestaciones y renunciar a muchos ejercicios de autoridad para quitarse de encima esa imagen y ser respetados como servidores públicos. Hoy no sería repetible una estampa como aquella. O sí, por algunos casos que empezamos a ver. Hace poco comentamos cómo ciudadanos franceses de un pueblo próximo a la frontera con España impidieron la detención de una dirigente de Batasuna. También en fecha reciente un grupo de jóvenes intentaron impedir la detención de un chico que había pintado «Gora ETA» en un furgón de la Ertzaintza, aunque esta vez no lo consiguieron. Y ahora, en el barrio madrileño de Lavapiés, ha ocurrido lo siguiente: un grupo de personas, entre las que había participantes en una asamblea del 15 – M, lograron impedir la detención de un inmigrante. Tras la victoria vecinal, los gritos han sido: «Fuera policía de Lavapiés» y «Somos vecinos, no delincuentes».

Eso es lo que empieza a ocurrir en nuestras calles. Añadamos lo sabido: que existe un movimiento organizado para impedir desahucios, y lo consiguen. Quien recibe una notificación de desahucio sabe adónde tiene que llamar o acudir para que se movilice el ejército de defensores. Y ese lugar al que acuden no es la Justicia, ni la oficina del Defensor del Pueblo, ni ningún organismo oficial. Es una variante del movimiento del 15 – M, que ya empieza a prestar estos servicios asistenciales. Por lo visto, tienen muchos clientes: todos los que no tienen otro mecanismo de protección. Y gozan de simpatía popular: la simpatía que merece todo aquel que protege o auxilia al desvalido. A medida que aparecen organizaciones poderosas absolutamente impopulares como la SGAE, aumenta el aprecio a quien ayuda a los necesitados sin esperar nada a cambio.

No tengo una tesis elaborada sobre el fenómeno. Me limito a seguir llamando la atención sobre su existencia y la repetición de casos. Y añado únicamente que, cuando la policía es materialmente expulsada de un barrio por cumplir con su deber, se está rompiendo o se ha roto algo del principio de autoridad.

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