«En este portal se vende droga»
El Correo, , 05-06-2011La mirada recelosa del conductor del coche granate aparcado frente al número 4 de la calle Ferrocarril del Norte recibe al visitante que se aproxima a esta apartada zona de Salburua. Inquieto, deja pasar los minutos con las manos aferradas al volante, hasta que un compañero se acerca y sube al vehículo. Intercambian unas palabras y miran con disimulo a la esquina ahora habitada, mientras la aguja del reloj sigue corriendo. Es la visión de una cámara de fotos lo que les hace arrancar nada más ver a su dueño traspasar el umbral del portal. «Sí que podría tratarse de vendedores de droga. Aquí es habitual este tipo de negocio, tanto en la calle como en el portal de enfrente. Un vecino de esta escalera se dedica a ello», explica la vecina, dispuesta a compartir con EL CORREO el infierno que vive desde hace un año en este bloque de alquiler social de Alokabide.
Pero el trapicheo de drogas está muy atrás en su lista de preocupaciones. Porque lo que más le afecta es el ruido que acompaña cada noche a sus intentos de dormir. «Tengo magrebíes a los dos lados, y encima y abajo colombianos y brasileños. Y ninguno respeta los horarios en los que no se puede hacer ruido», denuncia. «Es que es todos los días, o están montando fiestas o gritando, arrastrando los muebles o incluso pegándose», apostilla. A ello hay que sumarle «que las paredes parece que son de papel, está claro que no tienen aislante». Para demostrarlo, golpea el tabique colindante con el salón de sus vecinos. Suena hueco.
«Los de la derecha suelen montar bastantes fiestas, ha llegado a haber hasta veinte personas dentro. Una vez, a la una y media de la noche, me despertaron los gritos de un niño al que pegaban, y al salir me encontré a varias mujeres en el rellano. Le llamé la atención a la dueña y me dijo ‘lo siento, perdona’. Y al día siguiente, igual». Distinta reacción tuvo el inquilino de abajo el 20 de abril. «Fui a decirle que quería dormir, y entonces abrió la puerta, salió y se me encaró, como si me fuese a pegar», expone.
Aunque su peor recuerdo viene del piso de la izquierda. «Oí cómo le pegaba a su mujer mientras el niño llamaba a su madre, y luego encontré sangre en el rellano. Yo ya lo he comunicado, pero si no denuncia ella no se puede hacer nada», se sincera, abatida. Por el contrario, los de arriba «se limitan a montar muebles a la una de la madrugada».
«Estoy estresada, se me está cayendo el pelo, voy al trabajo fatal y eso genera malestar entre los compañeros. Ni mis hijas ni yo podemos dormir, el médico me ha mandado pastillas, a la mayor le han hecho un electrocardiograma. La pequeña me dice que se quiere morir, y mientras tanto, ya llevamos un año aguantando esto», enumera, destrozada. «¿Nosotras no tenemos derechos?», se pregunta.
Amenazada
A pesar de las numerosas quejas telefónicas remitidas a Alokabide y las denuncias a la Policía Local, el problema continúa. «Oyen cuando llegan los municipales y dejan de meter ruido», justifica. «Yo me siento indefensa, abandonada por Alokabide. Tengo miedo de lo que puedan hacer los vecinos, a mi hija le han roto esta misma semana la luna del coche, y no han robado nada. Me da pánico dejar a mis hijas solas», se lamenta.
Pero hay más. La puerta del portal está rota «para que siempre esté abierta y puedan entrar los compradores de droga», denuncia. Además, «bajan bolsas de basura chorreando y las dejan fuera de los contenedore». En el garaje, «las plazas vacías las usa el gitano para su negocio de venta de coches». Y en la escalera «hemos encontrado meadas. De hecho, cuando el de la limpieza llamó la atención al crío de los gitanos por golpear el espejo, éste se puso a mear delante suya».
Para intentar poner una solución, desde Alokabide explican a este periódico que han enviado a uno de sus trabajadores sociales para mediar con estos vecinos, «aunque no tenemos autoridad para hacer sanciones, porque eso le corresponde a la Policía». Además, exponen que «el edificio cumple con todas las normativas, también con los tabiques».
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