El ángel exterminador de los bosnios
El Mundo, , 27-05-2011La frase no se le caía de la boca. «No tengáis miedo». Y destapaba una sonrisa impugnada por la escarcha celeste de sus ojos. Dos glaciares que iba clavando en las cuencas vacías del ganado humano al que pasaba revista. Arreciaba julio de 1995 en la ciudad bosnia de Srebrenica. Ratko Mladic contemplaba el botín de guerra. Hombres rumiando su derrota en el suelo. Mujeres que retorcían los bordes de sus pañuelos para tratar de esconderse del ángel exterminador. Bebés que gemían. Era su momento de gloria y el emperador se permitía los gestos de grandeza. Llegó a darles caramelos a los niños más osados: «No tengáis miedo», repetía.
Mladic acababa de poner de rodillas a la ONU que tanto despreciaba y cuyos soldados holandeses habían colocado a la ciudad el cartel de zona segura. Hasta ella llegaron miles de musulmanes huidos de la apisonadora serbobosnia, que se había tragado las tres cuartas partes del territorio. Gracias al general, brazo ejecutor de la limpieza étnica que Radovan Karadzic cuajó en programa político.
Las cámaras capturaron las horas previas al exterminio de 8.000 varones musulmanes. El arquitecto militar del peor genocidio en Europa desde la masacre judía le canta las cuarenta al coronel Karremans, jefe de los cascos azules holandeses. En un momento dado le ofrece un cigarrillo: «No se preocupe que no será el último», espeta magnánimamente el señor de la guerra a un militar acorralado. Representante de una casta internacional que Mladic desdeñaba hasta el punto de poner sus nombres a las cabras de la base. Una, dicen, se llamaba Madeleine Albright, jefa de la diplomacia clintoniana que elaboró la paz de Dayton.
«Mladic ladraba a Karremans», cuenta la escritora croata Slavenka Drakulic, autora de No matarían ni a una mosca, retrato del anodino rostro de la brutalidad balcánica. «Era una persona agresiva y narcisista, henchida de orgullo. Y también un mentiroso que repetía al coronel que la población musulmana no era su objetivo».
Pocas horas antes, sin embargo, había proclamado que era «la hora de vengarse de los turcos», como descalificaba a los musulmanes bosnios, a quienes responsabilizaba del dominio otomano de siglos: «Si Francia quiere un Estado musulmán en Europa, ¿por qué no lo pone en París?», se preguntaba indignado.
En esa cruzada invirtió su potencial militar, que databa de 1965, cuando se graduó en la academia de Zamun (Belgrado). Tenía 23 años marcados por la pérdida de su padre, partisano de Tito que sucumbió a los ustashas, fascistas croatas aliados de los nazis. El muchacho siguió los pasos del padre alistándose en el ejército yugoslavo para evolucionar ideológicamente en los años 80 hacia el nacionalismo radical serbio.
Cuando su tierra nació al sur de Bosnia, en Bozanovici saltó por los aires en 1992 ya tenía experiencia contra un ejército independentista, el croata. Rápidamente se puso al frente de las tropas serbobosnias de la república de Karazdic, con el que siempre mantuvo una relación ambigua: «Yo respondo ante él, pero quien está a cargo de la guerra soy yo», respondió una vez a un periodista de la BBC.
Embutido en su perpetuo uniforme, prefería el frente a la política. Sus soldados lo agradecían con una lealtad kamikaze que él asumía advirtiéndoles de que su palabra era equivalente a la de «Dios». Cuentan que una vez aguantó un bombardeo de pie, sin echar cuerpo a tierra en la trinchera. Es quizá una de las leyendas que alimentaron su mito de mártir de la causa, gracias al cual pudo esquivar 16 años a la justicia internacional. Sin esconderse mucho, por cierto. En tiempos de Milosevic campaba por los locales de élite de Belgrado. Y una vez capturado el patrón, siguió teniendo quien le guardara las espaldas. Hace dos años se dejó filmar incluso en la boda de su hijo.
No pudo asistir a la de su otra hija, Ana, la niña de sus ojos que se pegó un tiro a los 22 años con la pistola de su padre tras leer supuestamente un reportaje que le describía como un «asesino». Su muerte tiñó de luto a un hombre poco dado al sentimentalismo y lo hundió en una fuerte depresión. En la locura dicen quienes creen que Srebrenica y el asedio de tres años y medio a Sarajevo otra de sus medallas de guerra gracias a la cual murieron 10.000 personas había sido la obra de alguien cuerdo. Un hombre corriente.
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