El refugio de la identidad
El Correo, , 15-05-2011Todos vamos en busca de una identidad, como individuos y como miembros de diversas colectividades. Es algo natural, pero en ocasiones este objetivo acucia de forma insana y se convierte en obsesión. ¿Puede alguien dictar cómo hemos de manifestar nuestra masculinidad o feminidad? Por otro lado, ¿quién puede decretar que haya buenos vascos o buenos españoles? Estos son debates propios del pleistoceno e impropios del siglo de las telecomunicaciones y su inverosímil tecnología. Sin embargo, ahí están sobre la mesa, evidenciando nuestro arcaísmo social.
En su libro ‘El refugio de la memoria’, el intelectual británico Tony Judt dice que «en Francia y los Países Bajos, los artificialmente estimulados ‘debates nacionales sobre la identidad’ son una endeble cobertura para la explotación política del sentimiento antiinmigrante y una descarada estratagema para desviar las preocupaciones económicas hacia objetivos minoritarios». En otro párrafo prevé demagogos en democracias establecidas que «pedirán tests – de conocimientos, de lengua, de actitud – para determinar si los desesperados recién llegados merecen ostentar la ‘identidad’ de británicos o de holandeses o de franceses. Ya lo están haciendo». Judt, de tendencia laborista y nacido judío, reivindica la presencia efectiva de los tolerantes, de ‘la gente fronteriza’ que gusta de tender puentes y que rechaza los uniformes ideológicos.
Tony Judt murió el verano pasado, con 62 años de edad, víctima de una esclerosis lateral amiotrófica (la enfermedad de Lou Gehrig, el gran mito del béisbol que llevó a la pantalla Gary Cooper). En el libro citado, póstumo y que escribió paralizado todo el cuerpo salvo la cabeza, declara que entre 1963 y 1969 (esto es, desde que tuvo 15 años hasta los 21) fue un ‘agente sin sueldo del laborismo sionista’. Durante tres veranos trabajó en kibutz israelíes, pero acabaron pareciéndole unas celdas abarrotadas de gente. En estas memorias confiesa que su período en el ejército hebreo en los Altos del Golán, después de la Guerra de los Seis Días, le llevó a conocer y tratar a jóvenes judíos urbanos, llenos de prejuicios y con engreimiento arrogante y machista. Una experiencia que le resultó desoladora. A partir de entonces, afirma, desconfió de «las políticas de identidad en todas sus formas, sobre todo de la judía». Su condición judía no podía exigirle dar por bueno el sionismo, o dar por buenos a los sionistas. Para él, el mero participar en un autogobierno colectivo, donde hay una distribución igualitaria de los bienes de consumo, no te hace mejor como persona. Y «en la medida en que contribuye a una extraordinaria presunción de amor propio» refuerza el peor sentimiento de superioridad.
Ahora bien, «en todas partes cuecen habas, y en mi casa a calderadas». Los nacionalismos, procedan de donde procedan y sin excepción alguna, vampirizan la condición de los respectivos nativos e imponen sobre ellos lo que no se puede suponer ni exigir. Son refugios de excitación fatua y de regresión.
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