La acampada sorpresa de Antonio
La Verdad, , 14-05-2011Antonio, de siete años, tumbado en una litera en el interior de una de las tiendas del Ejército en el campamento de Huerto de la Rueda. :: EDUARDO BOTELLA / AGM
El calor no hace mella aún bajo las tiendas cuando una voz advierte por megafonía de que «la comida va a servirse enseguida». Decenas de personas, en su inmensa mayoría inmigrantes de todos los países y de todas las razas, salen de los tenderetes verde oliva del Ejército y se encaminan a la ya ordenada cola ante el puesto de la Unidad Militar de Emergencias desde el que se va a repartir el rancho. Son las dos de la tarde tras la segunda noche de campamento para muchos, y el vestuario no está para florituras. Tal vez la única concesión al ‘glamour’ y el ‘chic’ sea que la megafonía acaba – y empieza – con ese ‘ding – dong – ding’ que nos recuerda a los aeropuertos.
Pero aquí, en el Huerto de la Rueda, no despega nadie, sino que siguen ‘aterrizando’ familias a los que los técnicos han «aconsejado» que dejen sus casas. Lo único que despega de vez en cuando es la imaginación de Antonio, que a sus siete años es futbolista, bombero, militar y periodista a tiempo completo. Porque para este niño ecuatoriano, el campamento es una acampada sorpresa que ha deslizado su rutina de casa – cole – casa a otro plano. A otro planeta, casi. Su madre, Cruz María, lo contempla como sólo una madre puede ver a un hijo en esta difícil situación, pero esboza una sonrisa porque a Antonio, por ahora, la vida en el campamento le parece una acampada sorpresa.
Mientras Antonio cose a preguntas fotoperiodísticas a Eduardo Botella, los mayores aprovechan para desahogar parte de su tensión con el redactor: «Nuestra casa de la plaza Calderón de la Barca está destrozada, con la cruz negra. Pero tenemos que seguir yendo allí todos los días desde aquí para poder hacer la comida para los críos», explica Ana Jumbo, una ecuatoriana de 33 años que vive sus momentos más difíciles desde que llegó a España, hace nueve años, y a Lorca en particular, hace seis.
Y es que en las tiendas en las que se apiñan hasta 20 camas – distribuidas en dos apretadas filas de literas – también están Víctor y Cruz María, padres de Antonio y compatriotas de Ana. Esperan que «la cosa no se alargue mucho», pero tienen un plan B en la recámara: marcharse a Almería. «Tengo familiares allí, pero si nos vamos, perderemos el trabajo… ¿De qué vamos a vivir entonces?», dice Ana.
Apenas a unos metros de la tienda, bajo una apacible sombra, el lituano Mindaugas Zasinas trata de meter en la cabeza de su hija mayor la idea de que volver a casa es seguro. Y es que Egle, a sus siete años, vivió con terror los dos temblores, y – pese a que la casa ha sido calificada como apta por los técnicos – no las tiene todas consigo. Mindaugas y su mujer, Amparo, viven cerca del Ayuntamiento, aunque su hogar se haya trasladado temporalmente a una tienda. «Estamos bien atendidos», reconoce la familia, quien también ha optado por la opción «acampada sorpresa» para calmar a Egle y sus hermanas.
Con catorce basta
Recién llegados de la cola de la comida, algunos de los 11 hijos que se ha traído Domingo Fernández del barrio de San Pedro revolotean alrededor de los cronistas. Esperan que les pongan una tienda y la verdad es que esta familia gitana la ocuparía casi entera: son catorce entre el patriarca Domingo, su mujer, el equipo de fútbol que formarían sus hijos y algún yerno adjunto, recién llegados de Águilas, donde se fueron tras los latigazos de la tierra.
A Domingo la tragedia, más allá de perder su dúplex, le ha tocado más hondo. Su sobrina es Emilia Moreno, la joven de 22 años embarazada que perdió la vida a la puerta de un supermercado, aplastada por los cascotes. El patriarca casi se deshace en lágrimas recordando no tanto a su sobrina como al hijo de tres años «que cuidan ahora el padre y los abuelos».
Mientras, a su alrededor, la vida sigue girando y abriéndose paso, aunque sea al ritmo cansino de las colas y con los refugiados involuntariamente actuando como figurantes para las decenas de televisiones venidas a Lorca. Mientras, Antonio sale a golpear una pelota con sus nuevos amigos. ¿Juegas?
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