Con techo, sin suelo

Un reducto de personas sin recursos resiste junto a un polígono de Tarragona, en un poblado de chabolas Las barracas están en terrenos de Fomento y el Ayuntamiento dice no tener competencias para actuar

La Vanguardia, ESTEVE GIRALT, 09-05-2011

“¿Barracas? No, no sé dónde están”, responde uno de los operarios de la empresa municipal de limpieza, en el polígono Entrevies de Tarragona. En apenas 500 metros, un tortuoso camino de tierra, en paralelo a la vía ferroviaria, conduce hasta el último asentamiento de chabolas que queda en la ciudad. De espaldas a ella, como si fueran invisibles, una decena de personas ha improvisado su casa entre dos líneas ferroviarias, en un espacio delimitado por dos puentes y un gran cañizal, ocupando un antiguo asentamiento de barracas. Son chabolas levantadas con esmero con cartones, planchas y maderas. En una gasolinera cercana consiguen agua potable.

Estos chabolistas no tienen vecinos cerca, lo que explica que hayan podido vivir tranquilos. El número de personas que habitan aquí regularmente no consta oficialmente en ninguna parte. Fuentes del Ayuntamiento de Tarragona aseguran que la mayoría de los que han construido su chabola tiene únicamente un huerto, por lo que no son personas sin recursos ni residentes habituales. “Hay quien viene desde su casa con el Audi”, cuenta uno de los miembros del Consistorio. Las mismas fuentes destacan que las chabolas están sobre terrenos propiedad del Ministerio de Fomento, por lo que el Ayuntamiento no tiene competencias para actuar.

La realidad, pisando el terreno, aparece algo distinta. Si bien es cierto que entre las chabolas convertidas en precarias viviendas hay quienes tienen únicamente su huerta, con medio centenar de parcelas, también lo es que hay al menos una decena de personas sin recursos que habitan en estas barracas. “Hace 13 años que vivo aquí, esta es mi casa. Ya soy como el alcalde”, explica Juanito

Pérez, pescador en el barrio del Serrallo.

Estas barracas no son invisibles, aunque el visitante ocasional tenga la sensación de que aquí se ha parado el tiempo. Quienes las habitan explican que son relativamente frecuentes las patrullas de Mossos d´Esquadra y Guardia Urbana. “No pasa nada, vienen, preguntan y se van”, cuenta un nigeriano, parado, ex empleado de la construcción, que ahora ha construido su casa de madera en uno de los extremos del asentamiento.

El pasado verano, el grupo municipal del Partido Popular denunció la existencia de estas barracas. Entonces vinieron los asistentes sociales a hacer preguntas, cuentan. “No han vuelto más”, explica Jesús, nacido en Costa de Marfil hace 28 años, sentado frente a un televisor, en el sofá de su comedor, construido con un ingenioso puzle de materiales reciclados. En el techo incluso ha habilitado una gran cristalera para aprovechar la luz natural.

El perfil de quienes habitan estas chabolas es diverso, aunque todos están sin recursos ni empleo. No hay constancia de que vivan menores, pues casi todos los inquilinos, de mediana edad, viven solos. José Luis salió de la cárcel hace pocos meses y sobrevive con una paga de 400 euros. Paco, ahora pensionista, empleado antes como gruista, se las apaña como puede. “Paco es un mileurista”, cuenta con cierta acritud uno de los vecinos. Jesús, el marfileño, que vive con una chica sevillana, estudió Bellas Artes, habla castellano, además de francés e inglés, y cuenta que trabajó como empleado en el aeropuerto de Barajas y de relaciones públicas, aunque ahora está parado. Venden algunas de sus obras en el mercadillo. Juanito, de Barbate (Cádiz), lo perdió todo, recuerda, y con lo que gana pescando no puede pagarse un piso, asegura.

La convivencia, como en cualquier comunidad, es aquí un frágil y preciado equilibrio. Hay críticas y habladurías. Algunos de los vecinos se refieren con cierto recelo a Santiago, conocido como el abuelo. “Tiene la mejor casa, pero él no vive aquí siempre, tiene su chalet en Tarragona”, dice Juanito, apodado el Melón. La barraca del tal Santiago, construida de madera, parece más un bungalow. En el interior de la parcela, cerrada, hay dos coches.

Las barracas delimitan entre sí cada una de las propiedades, en una estructura aunque aparentemente anárquica en la práctica perfectamente pautada. Algunos de los actuales propietarios pagaron un traspaso para poseer este pedazo de tierra.

En el interior de las chabolas, sorprende en algunos casos el nivel de sofisticación, a pesar de la precariedad de recursos. En algunas de las barracas hay ducha, televisión o pequeñas cocinas de butano. Aquí se utiliza todo, incluida el agua de lluvia.

Estas barracas son una herencia de las chabolas que poblaron la Tarragona de los años 50 y 60. Aunque se trate de dos situaciones incomparables, especialmente por su dimensión – en 1964 en Tarragona había más de 400 barracas con casi 1.900 vecinos-,este poblado emerge como último reducto del chabolismo. Y como aquellos antiguos pobladores, también los animales domésticos son aliados contra la precariedad; aquí se cría de todo. Juanito el Melón cuenta que esta tarde tendrá que matar a una de sus gallinas. “Me duele en el alma, pero tengo que llenar mi barriga”.

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