Y después de estar en un centro... ¿qué?

El Día, D.M., S/C de Tenerife, 24-03-2011

Cinco jóvenes africanos, que han estado meses acogidos por el Gobierno canario por ser menores extranjeros que llegaron en cayuco, están angustiados y se encuentran sin futuro. Comer o pagar el alquiler es un verdadero problema.

Los jóvenes africanos que han llegado al Archipiélago en cayuco y han estado meses o años acogidos por el Gobierno canario ven “naufragar sus sueños” cuando al cumplir la mayoría de edad abandonan los recintos de acogida.

Por ejemplo, los cinco chicos subsaharianos que viven en un pequeño piso en un barrio de La Laguna ponen de manifiesto que pasan penurias para sobrevivir.

Comer, pagar el alquiler o buscar un trabajo es lo que más les agobia.

Este periódico habló ayer con Moussa, Ibrahima, Momedi, Abu y Mory, que comparten casa y también las mismas preocupaciones.

Todos tienen 18 años recién cumplidos en España, pero la experiencia que narran indica que nacieron hace bastante más tiempo en África.

El mayor de todos manifiesta que su máxima preocupación es su responsabilidad como cabeza de familia, heredada de su cultura musulmana. Esto le hace preocuparse por todos “sus hermanos”, que no son de su misma sangre, pero se consideran de la misma familia, a pesar de ser naturales de países distintos, como Guinea Conakry, Senegal o Mali.

Reconocen las fronteras entre estos países, pero sus semejanzas son tan grandes que realmente se consideran hermanos y se comportan como tales.

Los cinco tienen su documentación en regla, gracias a la Fundación Don Bosco, que les ha permitido realizar cursos de formación (soldadura, mantenimiento, fontanería), por los que reciben una pequeña cantidad de dinero al mes, que no supera los 160 euros.

Junto a las clases se realizan prácticas en empresas, con el fin de conocer las habilidades de estos jóvenes y de abrirles las puertas a un empleo. Pero la crisis es una de las razones que alegan los empresarios para postergar el ansiado contrato.

Cuando salieron del centro de menores del Gobierno canario portaban un permiso de residencia que les vencía a los tres meses. Sin embargo, por estos cursos de formación han logrado renovar “los papeles” y ahora cuentan con permiso de residencia que les caducará dentro de unos cuantos meses, a la mayoría el próximo año.

Asimismo, casi todos tienen en su poder un pasaporte en vigor. No lo traían en el cayuco, pero han logrado que la familia se lo envíe desde su país natal.

Antes de ese tiempo es necesario que consigan un empleo, por lo menos de un año de duración, para poder obtener también un permiso de trabajo.

Esta es una de las principales preocupaciones, porque el próximo mes de abril se terminan los cursos de formación que realizan en Don Bosco y, con ellos, la única fuente de ingresos que les permite seguir viviendo. El mayor de la casa ha ido al Ayuntamiento a solicitar una ayuda para el alquiler y tiene hora para presentar la petición el día 29.

Otra de sus grandes preocupaciones es que no pueden enviar dinero a la familia que sigue en África.

Han pasado muchos meses desde que salieron de sus países natales y allí esperan las remesas.

Los cinco llegaron a las islas en cayuco entre 2008 y 2009, algunos a La Gomera y otros a Tenerife.

Cocinan una vez al día y solo comen un plato fuerte

Los cinco inquilinos de esta pequeña casa cocinan una vez al día, casi siempre arroz o pasta, pero, casi todos, realizan tres comidas al día. Dos de ellas frugales y la otra de un plato más fuerte. Han tenido que acudir a entidades que reparten alimentos, como Sonrisas de Anaga, en Valleseco, porque el poco dinero que tienen no les llega para solventar sus necesidades. El piso es de tres habitaciones, aunque cuentan únicamente con dos camas. En uno de los cuartos se pueden observar los colchones en el suelo. Es una vivienda pequeña, con un cuarto de baño, una cocina y un salón, donde hay una mesa que la usan los jóvenes africanos para hacer prácticas de lectura y escritura, algo vital para poder sobrevivir. Casi todos son analfabetos en su país, pero hablan y entienden bien tanto el español como el francés. La tarea pendiente: escribir.

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