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Los bancos de la pobreza
El marroquí Ahmed duerme en un cajero y el navarro Javier ha salido de la calle y vive en el albergue municipal
Diario de Noticias, , 13-03-2011ahmed no puede trabajar. Primero tiene que resolver otro problema que él mismo reconoce, el alcohol, una adicción que comenzó desde que perdió su trabajo. El peldaño de una escalera que comenzó a descender no hace tanto tiempo… Lleva tres meses en la calle. Fue cocinero “profesional”, ganaba 1.500 euros y preparaba los mejores cuscús al estilo marroquí, entre otros manjares. Preferiría meterse en el cuerpo un Marqués de Cáceres cada mañana pero se conforma con el contenido de un tetrabrik de 49 céntimos “para pasar el día, un día que en la calle se hace muy largo…”. Hasta abril cobrará los 426 euros de subsidio y confía en recibir la renta básica. Después, Alá proveerá. El sentido del humor es una coraza que le protege contra la desgracia. Duerme en un cajero salvo cuando hace mucho frío y puede acceder a una pensión con la ayuda del Ayuntamiento de Pamplona. No puede volver al albergue municipal (salvo que se declare ola de frío)… hay unas normas y no las cumplió durante los tres días que estuvo. Es lo que hay…
Por contra, ha entablado la suficiente confianza con la educadora de calle, Elena, como para confiar en ella la administración de sus recursos y también en el seguimiento que se le hace desde Salud Mental (medicación). “La soledad, la desesperación y el frío le han empujado a consumir. Es necesario ganar la confianza de estas personas pero también marcarles unos límites muy claros. No eres un amigo sino alguien que le quiere apoyar”, reconoce Elena. Elena tiene su cartilla y tarjeta de crédito. El día 10 de cada mes, cuando cobra la pensión, se le retiene una cantidad concreta. “La idea es que pague con 180 euros el alquiler de una habitación, y disponga de algo de dinero para tabaco y comida. De lo contrario, viven el presente, el día a día…”, señala.
Ahmed ocupa el cajero hasta las siete y media de la mañana. Los cartones y una toalla que guarda en una taquilla de un supermercado del centro de la ciudad le resguardan del frío. Tiene 48 años, su familia vive en Marruecos y su hijo de ocho años en Rumanía, fruto de una relación que no prosperó. Ha mirado alguna habitación, por 180 euros la encuentra en el centro de Pamplona, asegura, y con derecho a cocina, para “poder comer en casa”. “Preferiría trabajar que cobrar la renta básica, sin duda, pero no hay empleo, miro todos los días anuncios…”. ¿Su sueño? Conseguir la cantidad de dinero suficiente para comprarse un terreno en su lugar de origen, cerca de Casablanca, hacerse una casita y poder vivir de la agricultura. Sus papeles, que renueva minuciosamente en el Inem cada tres meses, caducan en 2015 .
Sus padres y una hermana enferma viven allí, y les gustaría visitarles pero sabe que tiene que pedir permiso para salir del Estado. Cree que su vida puede cambiar, se muestra optimista. Ha tocado fondo pero sabe que puede salir y venirse arriba, sabe que habrá un mañana mejor y que debe “aprovechar las oportunidades”.
una segunda oportunidad
La vida en el albergue
Hay muchas historias sin final feliz en el mundo real, ése que encadena obstáculos y dificultades sin pretenderlas, sin saber muy bien donde empezaron…. Sin embargo, Javier va camino de cambiar su suerte a mitad de camino, a sus 50 años. Hay una mirada de seguridad en sí mismo, de confianza recuperada y de mucho, mucho sufrimiento detrás de unos ojos que se apagan y encienden intermitentemente. Ha perdido muchas cosas pero también ha sabido recuperar otras.
Hace seis años que perdió el trabajo, luego su pareja, su casa; se cobijó en una pensión y, desde el año pasado, se quedó en la calle. Toda una cadena de reveses en la vida que empezaron mucho antes de que se viera obligado a amanecer a las seis de la madrugada, bajo el resplandor artificial que ilumina un cajero automático. Luego llegarían las pensiones, en las que pagaba entre 15 y 10 euros “con rebajas”. A finales del año pasado entró a vivir en el albergue municipal (Centro de Personas sin Hogar) de la calle San Fermín. Su ángel de la guardia en aquel momento fue una trabajadora socia.
El tiempo máximo de estancia en este centro (provisional hasta su traslado a Trinitarios) es de seis meses y hay quince plazas de internos. Comparte habitación en esta primera fase pero, conforme avanza el programa, podrá acceder a otra dependencia individual. Se encarga de trabajos comunitarios, limpieza de baños, tareas domésticas… En su momento trabajó como administrativo en diferentes empresas y algo en el sector de la hostelería. Tuvo pareja pero las cosas no fueron bien… está solo. Compraron una vivienda con hipoteca y el trabajo falló, la convivencia se rompió. Hay muchos detalles de su vida que prefiere obviar. Los silencios marcan el rítmo de la conversación y un halo de tristeza recubre cada palabra.
Estando en el albergue ha buscado empleo y lo encontró en una empresa de mudanzas. Le han renovado el contrato y está contento. “Desde que estaba en la calle no paraba de buscar, en cafés, en la biblioteca, miraba todo lo que salía en SNE, Forem, UGT, Cáritas, Gaztelán… – y todavía sigue mirando por si acaso – . A todo lo que puedo optar, a todo”, señaló. Una persona que ha trabajado media vida por su cuenta no tiene “reparos” a nada. Javier ha querido hacer borrón y cuenta nueva en su vida. Independencia, estabilidad económica y emocional son sus tres metas. “Quiero salir adelante pero no porque me compare con nadie, sino porque ahora me siento tranquilo conmigo. Creo que estoy aprendiendo y no me pregunto si me arrepiento de lo que he hecho en la vida…”, señala. “Nunca he pedido ayuda y ahora aspiro a vivir en alquiler. La idea de la supervivencia es lo primero”, remarca. Eso sí, reconoce que la sociedad falla, que es injusta, discrimina y aparta.
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