Se alquila habitación
Diario Sur, , 13-03-2011Se alquila habitación en piso para compartir. Este anuncio, que antes era casi exclusivo para estudiantes universitarios, es ahora la fórmula más extendida entre los inmigrantes que viven en Málaga. La crisis afecta a todos, pero a ellos más que a nadie, con la diferencia de que los inmigrantes no suelen tener en España una red familiar que pueda acogerles en el caso de que, por ejemplo, no puedan seguir pagando el alquiler de su piso. Por eso, cada vez más foráneos deciden vivir con otras personas para dividirse los gastos mientras que su situación económica mejora.
Según datos del portal inmobiliario Idealista.com, la oferta de pisos compartidos en la ciudad de Málaga creció un 46,2% de agosto de 2009 a agosto de 2010, hasta los 114 anunciados. Seis meses después esa oferta se ha disparado hasta los 313 anuncios, un 174% hasta hoy. Los datos de precio medio de alquiler están sobre los 220 euros mensuales por habitación, un coste más asequible que si se afronta el pago en solitario.
Desde Málaga Acoge advierten de que existe una línea muy estrecha entre compartir casa y los ‘pisos patera’, y señalan que el hacinamiento es una muestra más del empobrecimiento de los inmigrantes en la provincia. «Normalmente son trabajadores de la construcción que se han visto sin trabajo y que ante la difícil situación en sus países prefieren seguir intentando conseguir un empleo aquí», indica Adela Jiménez, presidenta de la ONG. Muchos de ellos habían conseguido los papeles y se mantienen realizando chapuzas o trabajos de limpieza en los domicilios.
Aunque no existen cifras oficiales, los técnicos de Málaga Acoge confirman que ha crecido el número de familias de inmigrantes que viven en una sola habitación o incluso propietarios desaprensivos que alquilan garajes a los inmigrantes como casa, a pesar de que no tienen las condiciones de habitabilidad idóneas. Y todo pese a que la ley persigue desde hace un año a los caseros que permitan o promuevan el hacinamiento.
Al margen de que no es la situación idónea para ninguna familia, compartir piso, a veces con extraños y además con niños, supone un ejercicio de diálogo y paciencia infinitos. Las horas de uso del baño, la limpieza, la cocina o la compra ponen a prueba cualquier convivencia. Por eso, la mayoría busca a compatriotas con el mismo idioma, costumbres y gustos a la hora de elaborar las comidas. Un grupo de paraguayos, otro de rumanos y uno de subsaharianos que viven en Málaga cuentan su experiencia.
La casa se les ha quedado pequeña, pero intentan coordinarse para que todos estén cómodos. En el hogar de Gustavo Darío Valdez viven ocho personas en apenas 80 metros cuadrados. Todos son familia. Gustavo vive con su mujer Berna Elisabeth Dávalos y su hijo de dos años Alejandro Ramón, que nació en España. Con ellos está su hermano mayor, Roberto Carlos, su mujer Wilfrida Martínez y su hija de 17 años María Elena. Cada familia ocupa una habitación de las tres que tiene la casa. En la tercera duermen el hermano menor de Gustavo y Roberto, José María, y un primo que acaba de dejar a su familia en Alicante para buscar trabajo en Málaga, Sergio. Hasta hace poco, también vivía con ellos una hermana que ya se ha independizado.
Son paraguayos y llegaron a Málaga de forma escalonada llamados por las oportunidades de trabajo durante el boom inmobiliario. Roberto es el que lleva más tiempo en la provincia, en la que aterrizó hace siete años. Todos encontraron un empleo en el ladrillo que les permitía una buena vida y les dejaba incluso dinero para enviar a su país. Pero las cosas cambiaron y se quedaron en el paro. «Ya no podíamos pagar las facturas; el alquiler, la luz, el agua, el gas, la comida… así que pensamos en compartir los gastos», indica Gustavo.
Ahora, con lo que ellos sacan haciendo chapuzas y lo que ganan ellas con la asistencia de personas mayores tienen para vivir. En la mente de todos está conseguir un buen trabajo para poder irse a vivir por su cuenta. Pero ahora mismo tienen que conformarse con los turnos en el baño y con ver la tele algo apretujados en el sofá del salón. «Ninguno tenemos un trabajo estable, así que compartiendo la vivienda nos apoyamos unos a otros con lo que sale», dice Berna.
Dicen no tener demasiados problemas en la convivencia. Cuentan con dos baños para todos, que nunca están libres. En la cocina han tenido que comprar una segunda nevera para poder guardar los alimentos. Y en la limpieza también se reparten las tareas. «Lo mejor es estar con compatriotas porque tenemos las mismas costumbres, cocinamos igual y nos entendemos mejor», opina Gustavo.
Ismael Tchagara es de Togo. Vive en Málaga desde que llegó hace ocho años para trabajar en la construcción. Entonces vivía de una forma más holgada, compartiendo piso pero con habitación propia. Ahora tiene que compartir dormitorio con otro compañero en un piso en el que viven otras cinco personas. Se trata de Kokou Yolouma, también de Togo; Malik Dambelé, de Costa de Marfil; y Tapsouba Inoussa, Hervé Natchamau y Mamoudi Onichaogo, de Burkina Fasso.
Todos están en la misma situación: sin trabajo y sin prestaciones por desempleo. Hace unos años, cuando ganaban más de 1.500 euros en la obra y enviaban partidas de dinero a sus familias, ninguno imaginaba que tendría que hacer malabarismos para poder pagar un techo bajo el que dormir. Entre todos se dividen el alquiler de la casa, que asciende a 500 euros, los gastos y la comida. Se turnan en la limpieza y en la cocina y han fijado unas normas de convivencia para evitar problemas: «El que cocina tiene que dejarlo todo como lo encontró», dice Hervé, que lleva un año en España.
Se llevan bien a pesar de que proceden de distintos países. El idioma oficial de la casa es el francés, que todos conocen, porque incluso entre los de la misma región tienen dialectos diferentes. Kokou e Ismael, por ejemplo, hablan ‘annan’ y ‘kotokoli’ respectivamente. Al ser todos de naciones vecinas en África Central, coinciden en muchas costumbres.
«Lo mejor de vivir en un piso compartido es que nunca te aburres, no te sientes solo», indica Ismael. Y es que la soledad puede ser muy dura para un inmigrante en un país extraño. «Aquí siempre hay alguien que puede aconsejarte ante un problema», indica Hervé. Lo peor, el uso del baño. «Muchas veces hacemos cola sentados en el salón, pero somos muy respetuosos en los turnos», aseguran, mientras indican que de donde vienen es costumbre que las casas estén llenas de gente.
En los días de lluvia, la casa de Felicia María Mamescu está repleta. Como sus compañeros de piso, esta joven rumana trabaja en la agricultura, pero cuando la tierra está mojada no pueden recolectar ni labrar la tierra. Vive en una habitación de un piso de Alhaurín el Grande junto a su marido, Constantin Loli Sura y su hijo Alberto, de un año. En el resto de los dormitorios se reparten Cristina Rotariu y su marido Adrián, y Chesar Stefan Cosmeco. En total, seis personas con el bebé a las que dentro de un mes se sumarán otros dos amigos, Ali Bujor y Fieraro Domitro Demut.
Todos se conocían antes de vivir juntos. «Además de compañeros de piso, somos amigos», dice Felicia María Mamescu. Proceden de la misma región de Rumanía. La mayoría lleva en Málaga cuatro años, aunque Cristina y Adrián llegaron hace apenas seis meses. Entre todos pagan los 350 euros de alquiler del espacioso piso, que cuenta con salón, dos baños completos y una amplia cocina. «Aquí no tenemos problemas de estrecheces», presume Loli.
En el salón, ninguna tele. «Cada uno tiene la suya en su cuarto para no tener que discutir por el programa que queremos ver», indican. Gracias al satélite, reciben los canales de su país. En el salón, sin embargo, está el ordenador conectado a Internet, que casi nunca está libre. «Lo utilizamos para hablar con la familia en Rumanía a través de Skype o de Messenger», indica Chesar Stefan. El gasto de Internet, luz y agua lo comparten entre todos, aunque cada uno compra su comida. «Tenemos los armarios y las baldas de la nevera divididas para que cada uno guarde sus cosas, aunque eso no quita que muchas veces uno cocine e invite a los demás», dicen. Pero habitualmente todos comen en el trabajo. Actualmente recogen naranjas y limones. Por eso la lluvia de los últimos días les ha venido tan mal. «Estamos en plena campaña y además el día que no trabajamos no nos lo pagan», se queja Loli.
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