El Barrio del Carmen es menos barrio

La Verdad, PEDRO SOLER, 21-02-2011

El jardín de Floridablanca preside el barrio y, al fondo, la iglesia del Carmen. :: NACHO GARCÍA/AGM

Así o ‘asao’, el barrio del Carmen ha vuelto a sus orígenes. Hubo un tiempo en el que le llovían los inmigrantes , porque la floreciente huerta de Murcia – que los vecinos se encontraban nada más poner el pie en la calle – necesitaba brazos para su desarrollo. Hoy, la huerta es un desparrame, y los inmigrantes también se desparraman por las calles Galdo, Juan Antonio Perea, Alarilla, San Marcos, Álvarez Quintero, Santa Úrsula, Diego Hernández, Hortelanos… Por supuesto, se incluyen la calle y jardín que ostentan el nombre de José María Párraga, porque ¿qué nos diría el amado pintor, si no le dejasen abrir sus brazos a cualquier desventura ajena?

Bazares, locutorios, envíos de dinero y una notable red de ‘se vende’ son lo imprescindible de la zona. Las cafeterías Al Baraja o Kebas Antalya, la peluquería Tánger, incluso el Casch Converter, de final de la calle Floridablanca – actúa como un lindero – son otro mundo.

Además, ¿quién sabe que por aquí existe una callejuela, de solo un par de metros de ancha, pero que luce el pomposo nombre de Gran Vía? ¿Y qué diría el Marqués de Ordoño, aquel alcalde de finales de los años veinte del pasado siglo, al ver su nombre inscrito en una calle, en la que prácticamente solo existe la soledad? Se vende un edificio, desde arriba a abajo, que nadie quiere comprar. Otro casón, de noble planta y con el nombre de José Preter estampado en su entrada, permanece impasible, a la espera de su recuperación. Hay quien en la puerta de su pequeño comercio de electrodomésticos se lamenta: «¿Ir esto? Aquí no va nada. Hasta la gente se ha ido. Nosotros estamos, porque tenemos que estar". Y de paredes pintadas, mejor no hablar, porque también habría que hacerlo de pintados depósitos de agua».

No está la casa, pero sí el Jardín de los Viudes, al que Salvador López Serrano – capaz de contar el origen y desarrollo de las últimas raíces – cuida, día a día, casi con exclusividad. El jardín conserva, con sus carencias, ese esplendor que, en un tiempo de suculencias, casi escandalizaba.

De regreso al inicio, en la mismísima Plaza de González Conde, Francisco Hernández Martínez, encerrado en su quiosco de prensa, revistas, libros y cuanto le echen, también presenta sus lamentos: «Esto ha caído un 50%. Desde el puente hacía acá, nada. Esto es otra Murcia, que vive gracias a los inmigrantes . Digan lo que digan son ellos los que han dado vida al barrio».

La plaza sigue ataviada de falsos ropajes e incómodas columnatas metálicas (se advierte que con las lógicas pretensiones de rescatar su prestancia). La iglesia del Carmen y los edificios vacíos o en recuperación conforman otro signo de contradicciones como – por lo comprobado – es el barrio. Para unos vive anquilosado, amortece; para otros, ostenta signos de recuperación. ¿Dónde está la verdad?

De acuerdo en que la Comisaría se yergue junto a la estación. «Para controlar a los inmigrantes , que son muy peligrosos», afirma quien, sin contemplaciones, se declara racista, pero anónimo. Tampoco cree uno que tamaño edificio se haya levantado, en consideración a quienes, allá en 1903, fueron a ver al gobernador, para protestar, porque en en el barrio «se refugia cierta clase de gente que nada bueno hace». Que no sería tan extraño – lo de haber levantado ahora la comisaría – vista la parsimonia que adquieren no pocas obras oficiales.

¿Y el anunciado aparcamiento en la calle Floridablanca, «casi con toda seguridad», que ha prometido la edil Nuria Fuentes, como «demanda social» de vecinos y comerciantes"?

«Sería nuestro fin definitivo, por el tiempo que llevaría y las incomodidades que provocaría su ejecución», contesta uno de esos comerciantes, que pide silencio sobre nombre propio y el de su establecimiento. ¿Para cuándo será posible, porque sea necesaria, la «rehabilitación integral» prometida por el delegado del Gobierno, González Tovar, hace un año? Quizá los políticos ignoran que muy cerca se encuentran la calle y la plaza que llevan un nombre tan respetable como es Formalidad.

Entre otras calles – Floridablanca y Cartagena – , sigue en pie uno de esos enclaves que, en parte, recuerdan al antiguo barrio y que blinca sobre límites, para enfrascarse en lo que siempre ha sido.

Desprende síntomas de necesidad. Pero la visión del transformado Regimiento de Artillería («¡Un besazo, Marita!») quita mucho lastre, pese a que todavía alguno de los singulares edificios, permanece en absoluto abandono. ¿Qué fue de su total recuperación y aprovechamiento? ¿Qué del traslado del Archivo Municipal, anunciado hace casi una infinidad?

Lo mejor, ya, es volver sin prisas, enfilando la calle Cartagena, por si es preciso entrar en Confitería Espinosa a saborear la dulzura o a Ferretería Parra – una institución – , para adquirir cualquier útil que suene a metálico; o detenerse en Pacoche, a recuperar las perdidas energías. La Plaza de la Paja desprende historias y tradiciones, pero… Hay que volver a cruzar el río, ahora por la Pasarela Manterola. Todavía se pisa el barrio, aunque es menos barrio. Aquí parece estar más cerca que lejos.

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