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Tupido velo

La Voz de Galicia, 20-02-2011

I nstituto periférico de ciudad europea; en clase de secundaria obligatoria el profesor consiente, por supuesto y por los antecedentes, que su sexta alumna musulmana entre en el aula luciendo un hiyab, velo que cubre su cabeza y cuello y deja al descubierto su rostro. Ella lo lleva por costumbre, por creencia o por su padre, que la obliga igual que a su madre. El padre, arengado por el imán de la mezquita cercana, convence a otros padres musulmanes para que sus hijas lleven velo al instituto. Como cada familia procede de comunidades islámicas distintas, cada alumna aparece con un velo distinto. La primera un shaila, largo, rectangular y con amplios pliegues en los hombros, deja ver su rostro y cuello. La segunda un al amira, dos piezas, gorra de algodón ajustada a la cabeza y velo tubular, deja ver solo su cara. La tercera un nikab, antónimo de antifaz, solo deja ver y que vean sus ojos, con velo adicional para taparlos. La cuarta un chador, túnica de pies a cabeza, solo deja ver el rostro. La quinta un burka, saco que cubre todo su cuerpo, deja solo rejilla para ver e incluso respirar.

El instituto es noticia de prensa. Las autoridades educativas se inhiben. El claustro, la dirección, los otros padres, los otros alumnos y el personal de limpieza están estupefactos. Se reúnen, se informan y deciden, a diferencia de otro centro próximo, que hay que educar a todos los alumnos en la tolerancia, como corresponde a un centro multicultural en una sociedad plural. La organización del aula se hace compleja. El alumno suní, virado su pupitre hacia La Meca, pide descuentos en el comedor durante el Ramadán. La alumna anglicana, enfundada en cueros a lo Madonna, descuelga un gran crucifijo sobre sus pechos, por devoción o provocación. La alumna amish, austero vestido negro hasta los tobillos, apaga las luces para no consumir electricidad. El alumno judío, coletas, solideo y estrella, se niega a realizar excursiones extraescolares los sábados. La alumna gitana, rosario de ocho vueltas y música de Camarón en mp3, acude solícita y sola a clase de religión evangélica. El alumno sij, recién llegado con turbante de la lejana Cachemira, se ciñe puñal por precepto religioso. Su compañero macarra, natural del barrio, se ciñe otro por si acaso.

Para explicar el detonante de tal diversidad – el velo islámico – , nada mejor que Educación para la Ciudadanía. El profesor de la materia en 2.º les explica que el velo es un símbolo de la feminidad, identidad y lucha de la mujer musulmana, que la hace más respetable en su país y en el nuestro; no deberían preocuparse tanto por la discriminación de esta mujer y tan poco por la discriminación de la mujer española; hay que permitir el velo. El profesor de la materia en 4.º les explica que el velo es un símbolo del machismo musulmán, que pretende hacer invisible a la mujer, imposibilitarle la elección de pareja y someterla al marido, un símbolo del integrismo islámico, que lanza a estas niñas como avanzadilla de penetración en los países occidentales, causando xenofobia mutua; hay que prohibir el velo. Ambos hablan del respeto a las convicciones, a los menores y a las mujeres. Ambos comentan la legislación que prohíbe el velo en Francia, Alemania u Holanda, la legislación que lo permite en el Reino Unido y la ausencia de legislación específica en España, donde, por incompetencia de las autoridades competentes, deciden los consejos escolares.

Es mejor convencer que prohibir, pero para convencer hay que ser coherentes. Hay una democracia y una escuela laicas. Hay un ámbito particular para la fe religiosa. Hay que eliminar los símbolos de los colegios, no de los alumnos. No sobra, ni falta, simbología particular, sobra religión en los centros públicos. Descorramos el tupido velo de nuestras ideas.

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