Multiculturalismo y confusión

La Vanguardia, , 11-02-2011

DAVID Cameron, primer ministro británico, pronunció el pasado sábado un duro alegato contra el multiculturalismo. A su juicio, esta doctrina nacida para promover la convivencia y la no discriminación racial o cultural ha fracasado en el Reino Unido. El líder conservador señaló a las comunidades musulmanas que rehúsan integrarse en la sociedad británica y criticó una excesiva tolerancia que, según dijo, ha sido aprovechada por los radicales para adoctrinar futuros terroristas en suelo nacional. Contra todo esto, el premier recetó más músculo liberal, para así reforzar los valores patrios. Las palabras de Cameron, recogidas en Munich durante una reunión sobre seguridad, llegan cuatro meses después de que Angela Merkel, canciller alemana, aleccionara a las juventudes de su partido, la conservadora CDU, con similar discurso. El diagnóstico de Merkel fue que la aplicación del multiculturalismo se había revelado, también en su país, un “fracaso total”.

El multiculturalismo es en nuestros días un asunto candente, por dos motivos. El primero es que vivimos ya en un mundo globalizado, en cuyas urbes coexisten etnias y culturas. El segundo es que ya se han registrado casos muy graves en los que asociaciones religiosas subvencionadas por el Estado (con un deficiente seguimiento) acabaron empollando terroristas. Así se originaron los atentados de Londres del 2005, cometidos por cinco ciudadanos británicos de origen pakistaní.

En esta coyuntura histórica y con precedentes como el apuntado, quizás sea bueno iniciar cualquier reflexión sobre el multiculturalismo separando sus aspectos relativos a la convivencia de los asociados al orden público. Y, por supuesto, rechazando cualquier uso electoralista o cortoplacista del concepto. Lo que hacen falta son políticas serenas, y no echar cerillas encendidas sobre un producto altamente inflamable.

Un país como el Reino Unido, con su admirable tradición de democracia, libre opinión e igualdad de derechos pese a las diferencias étnicas, entre hombres y mujeres o de condición sexual, tiene todo el derecho, e incluso el deber, de fortalecer sus valores y velar por su expansión. La gran mayoría de sus ciudadanos, incluidos los recién llegados, lo agradecerán. Pero para honrar esos valores sus autoridades – también las de Alemania-deben evitar meter en el mismo saco a moderados y radicales; a quienes aun compartiendo credo religioso divergen sobre el ideal de convivencia. Unos y otros existen. Y corresponde al poder tanto favorecer la convivencia en el seno de las mayorías diversas, pero pacíficas, como perseguir a quienes quieren dinamitarla.

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