Colaboración
Niñas
Deia, , 05-02-2011UNA mujer nigeriana ha dado a luz en la patera en que llegaba a las costas españolas junto a otros treinta inmigrantes africanos. (Noticia de mediados de diciembre de 2010). Es bien cierto que los periodistas echan el resto cuando redactan noticias que tienen que ver con niños, más aún cuando se trata de niños que sufren. El sufrimiento de los más débiles enternece mucho más que el dolor y la derrota de los más potentes y poderosos. Sin embargo, todo es superable. Poco sabemos del hecho de que casi 1.900 inmigrantes africanos han llegado durante el año 2010 a las costas del sur de la Península y de las Islas Canarias. Nuestra sociedad satisfecha apenas se sobresalta por este hecho aunque barrunte que hay inmigrantes que mueren antes de llegar a su destino, y que algunos de esos muertos eran bebés. Tampoco lo ha hecho porque hayan sido treinta las mujeres embarazadas que han afrontado la brutal travesía por los mares y océanos, sobre cascarones rudimentarios sobrecargados, o confundidos con las más diversas cargas trasladadas en camiones, o sobre los ejes de las ruedas de vehículos diversos.
Esta España que ahora mismo está siendo tan cuestionada por los propios españoles es la tierra prometida por los dioses a los africanos. La crisis que tanto ha influido en nuestras existencias, constriñendo nuestras condiciones de vida, no doblega las voluntades de quienes atraviesan desiertos, cruzan países inhóspitos, sufren el hambre y la sed, y nada les parece suficiente para que desistan de venir al mundo civilizado.
“¿Qué será la crisis?”, se habrá preguntado Judith, la madre de Hapiness, la niña que nació a bordo de una patera, camino de España, después de que partiera de Nigeria hace más de un año y recorriera más de 5000 kilómetros a través de la miseria y la aridez africanas, acompañada de su hombre amado. Porque – ¡qué crisis ni qué ocho cuartos! – , si aquí nadie muere de hambre como allí, nadie muere a causa de enfermedades sencillas como allí, nadie es analfabeto como allí. Por eso se enfrentó al rigor con tanta ilusión, y a medio camino se abrazó a su marido John Emmanue para amarle y abrir de par en par sus entrañas, para tener después una hija a la que ponerle el nombre, ni más ni menos, de Happiness. ¡Felicidad!
Y llegaron en una patera ridícula pero magna para los casi trienta inmigrantes que cruzaron el Estrecho de Gibraltar sobre ella. Ningún homenaje a la ilusión y a la esperanza como el nacimiento de esta niña Happiness a bordo de la patera. Y ninguna denuncia tan despiadada como ella: una denuncia que pone sobre la mesa la terrible injusticia de un mundo desigual en el que hay tantos millones de humanos que mueren porque les falta lo que les sobra a unos pocos miles de satisfechos; una denuncia de todo un continente arruinado en el que los niños mueren de hambruna, los hombres y mujeres maduros sucumben por las pestes y otros acontecimientos trágicos, y donde hay pocos viejos porque la gente muere demasiado joven.
Dice la crónica que en los tres días que ha estado Judith en la habitación 311 del hospital de Motril, al que fue llevada junto con su hija, “nadie la ha visto sonreír”. ¿Cómo iba a sonreír? A ella le hubiera gustado que Happiness hubiera nacido en Nigeria, pues nigeriana debiera ser una hija de nigerianos, pero estuvo a punto de no nacer, de caer al fondo del océano, o de morir en el fondo de la patera si no hubiera sido porque alguien la ayudó a parir, sin título de comadrona, sin epidural mediante, con la esperanza de que ni el frío ni el tiempo la dejaran morir.
Con Happiness en las entrañas atravesó más de 4.000 kilómetros áridos a través del desierto. Con Happiness dentro de sí se asomó al océano y lloró de alegría, y rezó para dar gracias a su Dios que abría a ella y a su familia las puertas de la gloria aunque antes la hubiera negado todo amparo en su aldea nigeriana, junto a tantos africanos pobres o pobrísimos. Y ahora, a pesar de la tristeza, podrá sonreír de nuevo tras comprobar la ternura con que un guardia civil tomó a Happiness y la metió junto a su pecho para calentarla, para alentarla, para darle la bienvenida al mundo de la injusticia y la desigualdad donde, a pesar de todo, la desgracia de los desheredados reblandece los corazones, enternece las actitudes y suaviza las palabras.
No deseo hacer un juego de palabras pero cabe preguntarse, ¿de dónde es la Felicidad?, ¿dónde ha nacido Happiness? La pulsera identificadora que colocaron a la niña en el hospital rezaba “Judith Patera – 1”, al lado de su fecha de nacimiento. Felicidad (es decir Happiness) será, pues, una hija de la Patera, de la escasez, de la aventura, del peligro, de la desigualdad, de la injusticia. Cuando busque sus raíces habrá de bucear profundamente para encontrarlas bajo el agua salada que separa dos tierras tan opuestas: la tierra maldita y la tierra prometida. Es terrible esta realidad que nos muestra el dolor de los desposeídos, el gemido de los pobrísimos a los que solo les queda la vida pendiente de un hilo finísimo y quebradizo. Y es tal su sensibilidad, tal su inquietud y tal su esperanza, que ponen a sus hijos nombres tan excelsos y bellos como Happiness. ¡Felicidad!
Será de ellos el futuro. ¡Ojalá llegue a serlo! Pues “el mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”, como dice Sabato. Me hubiera gustado oír a Judith y a su amado John cantando su miseria mientras cruzaban África en dirección a la Tierra Prometida. Yo, como Sabato, defiendo la tradición que pregona la dimensión sagrada del Hombre.
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