HUIR DE ESPAÑA
Las Provincias, , 05-02-2011Es ciudadano de Mali, dice que se llama Omar Chuik aunque vaya usted a saber, y ha sido detenido por la policía de Ceuta por cometer un delito sin precedentes: intentar saltar la valla alambrada que separa esa ciudad de Marruecos en dirección contraria a la que miles y miles de subsaharianos como él la quisieron cruzar en las dos últimas décadas buscando prosperidad a través de algún empleo en España. Chuik, o como sea que se llame, se ha convertido así en el primer inmigrante ilegal que huye de nuestro país, este que hace nada se jactaba de facilitar papeles para todos, de regreso al corazón de Africa tras cuatro años de vagar por las calles de ciudades españolas sin encontrar ninguna oportunidad de lograr el sueño que le trajo hasta aquí.
Sin tener que cruzar valla peligrosa alguna, cientos de jóvenes españoles perfectamente preparados para trabajar como médicos, ingenieros, enfermeras o aparejadores toman cada día un tren en dirección al corazón de Europa por el mismo motivo: la falta de trabajo que se traduce en el incremento alarmante del paro en España. Británicos y portugueses se están acostumbrando a ser recetados por personal sanitario con acento español; alemanes y suecos a ver firmados con apellidos hispanos sus proyectos de obras y construcciones. El anuncio por parte del gobierno de Merkel de que está dispuesto a dar trabajo a decenas de miles de universitarios de nuestro país que tengan conocimientos de su idioma ha disparado el número de matriculados en academias para recibir cursos intensivos de alemán.
Entre inmigrantes no cualificados que regresan a sus países, que dicen podrían ascender a la cifra de un millón en los próximos años, y españoles con títulos universitarios dispuestos a trabajar donde sea, que quizás lleguen a alcanzar una cifra similar, se produce así un cambio demográfico en España que sirve para ilustrar con más claridad que cualquier recopilación de cifras macroeconómicas la transformación registrada en un país que en pocos años ha pasado de ser próspero a enfermo, de confiado en su futuro a desesperanzado frente al negro panorama que nos predicen los expertos.
Siempre nos quedará, eso sí, el recuerdo para contar a nuestros nietos de las oleadas de pateras que cruzaban el Estrecho de Gibraltar las noches de calma chicha en el mar; la facilidad con la que encontrábamos mujeres de dulce acento sudamericano para cuidar de nuestros hijos o nuestros mayores, las broncas que organizaban los políticos por si estábamos acogiendo a demasiados inmigrantes con demasiada rapidez y la alegría con la que muchos pronosticaron que el futuro de nuestras pensiones estaba garantizado por esos que ahora toman trenes o saltan vallas para huir de España.
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