RUMANÍA YA CRÍA A SUS NIETOS EN CASTELLÓN

Las Provincias, ALEJANDRO MARTÍ |, 30-01-2011

De la misma forma que Nueva York tiene su barrio Chino, la capital de la Plana tiene su ‘pequeña Rumania’ en el corazón de la ciudad. Un grupo de extranjeros que si bien al inicio de la crisis de 2008, la mayoría anunciaba que tenía intención de regresar a su país, hoy en día queda claro que no ha sido así. Sí es cierto que algunos han optado por volver, sobre todo aquellos que estaban en situación irregular, pero la inmensa mayoría ha optado por seguir en la provincia.

Y una de las claves es la segunda generación de rumanos que considera la Plana como su casa. Un sitio próspero – en comparación con el país transbalcánico – en donde seguir viviendo y construyendo su futuro. Son los primeros rumanos criados en Castellón.

Pese a la crisis, se calcula que hay una colonia de 50.000 rumanos en Castellón. Detrás de cada uno de ellos se esconden pequeñas historias particulares que tejen, al final, la historia en mayúsculas: éxodos épicos a un país nuevo, sin conocer el idioma y arriesgándolo todo por cambiar su destino. En conversación con este periódico, Giorgeta explicaba que «es muy difícil venir, pero si ves que no hay futuro, te arriesgas». Su objetivo fue, una vez llegó a la Plana ayudar a su familia para que pudieran comprarse un burro, que es la principal herramienta de trabajo en el campo. Primero lo hizo ella, detrás vinieron sus hermanos.

Un caso como miles. «Llegué sin saber castellano y me puse a trabajar en una vivienda, cuidando a una señora, que sólo sabía hablar valenciano». No se lo pensó: se apuntó a clases de castellano y, poco a poco, fue entendiendo el valenciano.

Aprendió a cocinar paellas, tortillas… Todo lo que su «señora» le pedía hasta que llegaron los papeles. Su hija, hoy ya de 17 años, no quiere regresar. «Vine a España para que mi hija pudiera comer y ahora se tiene que poner a régimen porque ha engordado», relata con ironía. Poco a poco, sabe que lo único que le une a Rumania son sus padres. El resto, está aquí.

Hace unos años, en pleno ‘boom’ económico, los vecinos de Castellón quedaron asombrados por la llegada de rumano pero, hoy en día, en algunos barrios de la capital, lo raro es ser de Castellón. Un ejemplo de ello es el barrio de San Miguel. Allí, en la calle Larra y al calor del consulado de Rumanía han aflorado decenas de comercios gestionados por rumanos.

Negocios propios

Uno de ellos es la gestoría encargada de tramitar toda la documentación precisa del consulado. Se llama Traduleg y, entre otros trabajos, también asume la traducción de documentación para los compatriotas. En la capital de la Plana hay ya muchos comercios regentados y dirigidos por rumanos: pastelerías, supermercados,… Incluso la compañía aérea Blue Air, cuya sede está en Rumania, tiene una oficina en Castellón.

De hecho, esta es una de las aerolíneas interesadas en ofertar vuelos desde el futuro aeropuerto de Castellón, aunque ya lo está haciendo desde Manises. Los locutorios son otra de las herramientas con las que cuentan para ganarse la vida.

Pero básicamente, los extranjeros de la antigua dictadura comunista se dedican a dos áreas de trabajo: los hombres, en su inmensa mayoría, trabajan para el sector de la construcción y las mujeres se dedican a tareas del hogar: limpieza, cuidado de ancianos o niños,… De hecho, cabría preguntarse qué ocurriría con la provincia si, de repente, todo este colectivo se marchara de repente, ya que su labor permite, por ejemplo, que mujeres castellonenses acudan a su trabajo, mientras ellas cuidan de sus hijos.

La crisis ha hecho que la colonia rumana se haya convertido en un verdadero matriarcado, ya que son las mujeres las que están tirando de la economía familiar en estos momentos. «Nuestros maridos son machistas por como los han educado y muchas de nosotras no trabajábamos en nuestro país». De hecho, como en todas las dictaduras, las mujeres rumanas estuvieron sometidas bajo el régimen comunista de Ceausescu. «En mi país, hasta que murió el dictador estaba prohibido llevar pantalones vaqueros», explica Giorgeta, pues se consideraba que esta prenda era enemiga del proletariado de Rumania.

De ahí, tal vez, sus costumbres a la hora de vestir: muchos colores, joyas visibles (sobre todo cadenas de oro) y todo lo que durante años no han podido llevar y que actualmente es la principal seña de identidad de los jóvenes del país. «Ahora, los jóvenes, como están ya criados aquí, la verdad es que compran en Zara, como sus compañeras de colegio», explicaba Nicoleta, que llegó a Castellón hace siete años y se gana la vida limpiando escaleras.

Un país que, en el fondo, tiene mucho que ver con España por su pasado. Hace ahora 15 años el país vivió un gran acontecimiento que consistió en el desmantelamiento de la industria pesada de la nación. En la comarca de Dambovita, muy cerca de Bucarest, 10.000 obreros se vieron de un día a otro sin trabajo y se calcula que un centenar de ellos optaron por ir en busca de fortuna y acabaron en Castellón. El resto, ya es historia. Hoy por hoy los rumanos son ya un grupo organizado en la provincia que cuenta con varias asociaciones formales que trabajan, sobre todo, en la integración y en facilitar la llegada a los nuevos compatriotas.

En Castellón ya han dejado su huella y no sólo con los cada vez más comercios creados, sino porque ya cuentan con una plaza: la plaza Bucarest, ubicada en una zona residencial de crecimiento en la parte este de la localidad.

Asimismo, su presencia ha hecho que algunos puntos de la ciudad se hayan convertido en un ‘gueto’ rumano: por ejemplo, la avenida Rey Don Jaime o la plaza María Agustina, conocida ya popularmente como María Agustinova.

Un ejemplo de lo consolidada que está la colonia de rumanos en la capital es que cuando se ofreció la posibilidad de que regresaran a su país todos aquellos que estaban en paro (y que se les ofrecía la posibilidad de cobrar de golpe todo el subsidio), la incidencia fue mínima entre el colectivo. «A veces te sientes desesperada porque no encuentras trabajo, pero una vez has venido tienes que luchar», dice Giorgeta.

Quemado ‘a lo bonzo’

Un ejemplo de esta desesperación fue el frl rumano que se quemó a lo bonzo frente a la Subdelegación del Gobierno. Unas imágenes que no sólo conmocionaron a la sociedad castellonense, sino a toda España, ya que se convirtió en la imagen del problema que arrastra la inmigración. Este hombre, que falleció a los pocos días por las quemaduras, decidió recurrir a esta drástica situación por no obtener los papeles de la residencia.

No es un camino de rosas, está claro ya que entre los propios compatriotas, incluso, se han realizado estafas. Prueba de ellos son las cuadrillas de obreros que consiguen trabajo para los recién llegados a cambio de una comisión, 50 céntimos la hora – y eso que la hora de trabajo ha llegado a pagarse a 3,5 euros en algunas obras de la provincia – . Mientras tanto, los rumanos se caracterizan por su inmensa fe.

Tal es así que la comunidad rumana hizo hace unos años que un pope rumano (equivalente al obispo católico) aterrizara en las tierras de la Plana. Ahora, decenas de locales sirven como templos donde rezar y son muy pocos los que no acuden los domingos al rito ortodoxo.

Este año, este grupo de inmigrantes volverán a centrar las campañas políticas ya que en muchas localidades donde su voto puede cambiar el ganador de las elecciones. Poco a poco, los candidatos comenzarán a prestar su atención en el colectivo.

Mientras tanto los más de 50.000 extranjeros siguen viviendo según sus costumbres, aunque adaptadas a la vida castellonense: fuman cigarrillos Carpati, sin filtro, y que son los más baratos del país; bailan su propia música (el rap manele); siguen bebiendo tzuica, el típico aguardiente de su país y comiendo el típico pan a base de suero de leche de cabra y tratando, sobre todo, de sobrevivir.

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