Si no podemos por arriba, por debajo
Diario de Noticias, , 17-01-2011Llega la novedad de que Estados Unidos renuncia al muro (valla virtual, le dicen) en la frontera de Arizona con México, en el que se llevaban gastados cerca de 1.000 millones de dólares (unos 750 millones de euros) al parecer porque “no cumplía los estándares de viabilidad y eficacia presupuestaria”. El proyecto se impulsó y firmó por el presidente Bush en 2005y al completo tenía un presupuesto de 7.000 millones de dólares.
El muro, levantado con planchas de hormigón de altura considerable y coronado de alambre de espino y otros materiales de esos que califican eufemisticamente de “disuasorios”, disponía de cámaras de vídeo, radares y sensores para capturar inmigrantes ilegales y traficantes. La frontera entre Estados Unidos y México se extiende por unos 3.000 kilómetros, y en Arizona (que perteneció a México y fue arrebatado con malas artes) el desierto de Sonora ya es una barrera infranqueable, pero a Bush no le parecía suficiente y además olió que había negocio.
Todo esto viene a cuento de que otra vez, también para nosotros y a causa de la que está cayendo, vuelve a enseñar sus fauces el lobo de la emigración, miseria social desde que el mundo es mundo. En Arizona, tenemos un amigo, Michael, periodista que se dedica a asesorar a otros que llegan de todas partes a estudiar e informar del fenómeno y que cuando Bush se empeñó en lo del hormigón armado y el alambre de espino, nos refirió lo que gritaban los emigrantes que, por miles, llegan todos los días y las noches por los medios más sufridos e insospechados: “Si no podemos por arriba, pasaremos por debajo”.
Aquí, a orillas del Bidasoa y en tierra que no somos nosotros quienes hemos hecho fronteriza, se ha visto (hemos visto) de todo sobre el particular, desde judíos que huían del terror nazi hasta magrebíes y subsaharianos que les llaman, y a cientos de portugueses hambrientos del pan y la justicia que les negaba la dictadura de Salazar. En 1968, año de ruidos pero también pocas nueces, lo contó Christian de Challonge en la película O salto (El salto) con Marco Pico, Ludmila Mikaël y Antonio Passalia, que aunque por la temática lo mereciera tampoco fue muy lejos.
Una semana sí y otra semana, en los 50, 60 y 70, salía en los papeles la nómina de ahogados (nada menos que siete de una vez, se recuerda) en el intento frustrado de cruzar de noche el Bidasoa que a veces en invierno enseña su peor cara, igual que de la comarca partían nuestros jóvenes a Francia como poco, y a California, Nevada, Idaho, Arizona y otros estados vascoamericanos casi siempre. Aquel fantasma que creíamos superado y olvidado, ilusos de nosotros, parece que tenía tantas vidas como los gatos y amenaza como si fuera buitre.
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