El jamón
El Mundo, , 22-12-2010DE TODAS las guerras y sainetes
aceitosos en que braceamos, faltaba la
carga contra el jamón. La batalla de fe
contra el cerdo impuro. Ese viejo pulso
absurdo que, si nos fijamos, trae
arracimado algún que otro peligro. El tiro
al aire lo ha pegado un arrapiezo
marroquí de instituto al denunciar al
profesor por explicar las bondades del frío
de la sierra para curar patas de ibérico. Le
ofendió el ejemplo, pues no contemplaba
la sensibilidad de su rizoma musulmán.
Ya ves tú. Pero lo que en verdad late bajo
esta salva boba es, otra vez más, el efecto
de las geometrías perversas de la religión,
de todas ellas. La ignorancia en que hacen
nido. La certeza de que cualquier creencia
extrema termina embistiendo al final
contra una cultura. Da igual que
hablemos de libertades individuales, de
sexo o demarranos.
A este muchachito lo han amaestrado
hasta hacerle confundir los píxeles íntimos
de su fe con la pálida llamada a la
prohibición, una querencia irremediable de
las convicciones sobrenaturales. Sucede en
todos los ámbitos donde se aposentan
dioses. Bajo ellos fermenta un humus
turbio que invita a leer la vida como una
sucesión de pecados, como una condena,
como una venganza de los caminos del
espíritu, donde halla alojamiento el
fanatismo. Aunque lo delicado de este
asunto es que lo ha dicho un moro y ya se
sabe lo rápido que tasamos aquí las salidas
de tiesto de los otros. Ymás si se trata,
como en este caso, de una gilipollez
fácilmente inflamable.
Disculparán que diga que en asuntos así
lo que sobra no es el cerdo (ni los
profesores), sino las religiones y su panza
de reprimendas diabólicas. Esa
prolongación al infinito de los miedos. Con
perdón.
Esta es la realidad, a escala minúscula,
de lo que vivimos. De lo que estamos
obligados a vivir por el efecto invasivo de
dogmas y jaleos así. Poco a poco nos vamos
dejando arrastrar y se nos juntan las cejas.
Si elevan la anécdota de este mocoso hasta
asuntos de interés general aparece, por
obra y gracia del peritaje inquisitivo de lo
religioso, la precisión mortífera del odio, la
conquista bélica de la pureza por vía del
martirio y la dificultad de ser mujer y
expresarse por los rincones de ahí abajo. O
en algunos terruños (España, cómo no), la
casi imposibilidad de legislar plenamente
sobre derechos necesarios como el aborto o
la eutanasia. Si un niño se pira de clase
porque la palabra jamón le ofende es que
nadie le ha hablado de que hay un tipo
llamado Voltaire que nos fue limando el
gesto de monos con intuiciones que sólo
pueden nacer de esa absoluta libertad y
tolerancia que no adultera fe alguna: «No
estoy de acuerdo con lo que dices, pero
sería capaz de dejarme la vida por que
pudieras expresarlo». Imagínense que eso
mismo lo hubiera dicho un dios, uno
cualquiera. Alabado fuera.
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