Entrevista con el EXÑETA
Gustavo : "Entrar en este mundo fue un grave error en mi vida"
El Periodico, , 14-12-2010Con 21 años, este joven latinoamericano ha sido miembro de una banda callejera, ha sufrido varias agresiones y puñaladas y también ha organizado caídas: ataques violentos por sorpresa contra miembros de grupos rivales. Después de tres años fuera de ese mundo, se arrepiente de su pasado e intenta encauzar su vida con un nuevo trabajo y lejos de las drogas.
-¿Cuándo pensó en salir de la banda?
—Una vez que me apuñalaron en una caída. Estábamos en una fiesta en el Fòrum y vino un grupo a pegarnos. Me dieron una puñalada en la pierna. Cuando mi madre llegó al hospital, no paraba de llorar. Ahí pensé en todo lo que la estaba haciendo sufrir y que tenía que dejarlo.
-¿Su madre sabía que pertenecía a este grupo?
—Sí, me conoce muy bien. Ella sabía perfectamente cuando llegaba a casa fumado (drogado) o borracho y el tipo de vida que yo llevaba. De hecho, me echó de casa porque dijo que no iba a estar manteniendo ni a un vago ni a un pandillero. Entonces me fui a la casa de una novia que tenía en otra ciudad y mi madre no supo de mí durante meses. Hice sufrir mucho a la pobre. Entrar en una banda y en este mundo fue un grave error en mi vida.
-¿Cómo ingresó en los Ñetas?
—Por una pelea que tuve en el instituto con otro man (hombre). Quedamos a la salida para pegarnos en un parque delante de un montón de gente. Él era de los Ñetas. Con el tiempo, hicimos las paces y al final nos convertimos en amigos. Me presentó a su gente y poco a poco me fui metiendo hasta que llegué a ser jefe de un capítulo (grupo).
-¿Qué era lo que más le seducía de pertenecer a una pandilla?
—Pasarlo bien, sentirte parte de algo. Además, cuando eres pilar (uno de los jefes principales), el resto hace lo que tú mandas. Y a esa edad te gusta que te hagan caso. Y las chicas del grupo quieren acostarse con los que mandan porque son los que les gustan. Pero al final todo eso solo te trae problemas con tu familia, con la policía, con todo el mundo.
-¿Llegó a tener armas de fuego?
—Sí, una que guardaba en mi casa. Se la compramos a unos gitanos de la Mina. Les pedimos una pistola que no tuviera muñecos (crímenes) para no cargar con muertos de otros.
-¿La llegó a usar?
—Nunca, pero la gente sabía que la tenía. Y eso les daba miedo.
-¿Es consciente hoy del peligro que corría en ese mundo?
—Claro, por eso lo dejé.
-¿Dejó también las drogas?
—Estoy en eso. Antes me metía mucho basuco, pero ya casi nada. Ahora estoy más pendiente del trabajo y de mi novia, que me quiere ayudar.
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