AL DÍA LOCAL

Voluntarios para cambiar el mundo

Cerca de 20.000 vascos colaboran en diferentes organizaciones sociales para convertir la utopía en realidad. Las oenegés hacen un llamamiento para captar nuevos cooperantes

Diario Vasco, ARANTXA ALDAZ aldaz@diariovasco.com | SAN SEBASTIÁN. , 07-12-2010

Construir un mundo mejor puede sonar a utopía imposible, a deseo envuelto en regalo de Navidad, pero existe un reducto de atrevidos, unas 20.000 personas en Euskadi, que se rebela a diario contra esa idea. Son voluntarios, gente comprometida con una organización social que emplea su tiempo libre en ayudar a otros. Una labor para la que siempre se necesitan manos, sobre todo tras dispararse las necesidades sociales por la crisis. El Día Internacional del Voluntariado que se celebró el domingo sirvió para que las oenegés hicieran un nuevo llamamiento para captar nuevas manos dispuestas a aportar su granito de arena para hacer de esa utopía una realidad.
A Álvaro López le picó el gusanillo del voluntariado de rebote. «Estaba estudiando primero de carrera y, como tenía todas las tardes libres, un vecino me animó a conocer lo que hacían en Berpiztu. Y me apunté», cuenta este licenciado en Informática en busca de empleo. La primera experiencia en la asociación, con sede en el barrio donostiarra de Altza, fue con los grupos de niños, a quienes ayudó a pasar las tardes en un entorno amable, de integración, que es el objetivo de esta ONG. Durante el resto de la carrera, con más clases presenciales, dejó de colaborar. Hasta el año pasado, cuando terminó y decidió emplear su tiempo con la ONG.
«Ese vecino volvió a acordarse de mí cuando necesitaron gente para el reparto de alimentos. Se hace los jueves por la tarde. Empecé uno, y al siguiente me volvieron a llamar. Así hasta que les dije que contaran conmigo para lo que quisieran». Ahora forma parte del grupo de jóvenes, «la cantera» de la asociación que, más tarde o más temprano, necesitará un relevo generacional. Sigue en las tareas de reparto de alimentos a las familias más desfavorecidas. «Yo siempre digo a la gente que me pregunta que tenga cuidado, que el voluntariado engancha», bromea.
«Una mano que viene bien»
María Jesús Garín se dio un tiempo antes de empezar a colaborar con la asociación de familiares de enfermos de Alzheimer de Gipuzkoa, Afagi, con 800 socios. Su madre murió en 1992 a los 73 años aquejada de una demencia senil que, con la información que tuvieron años más tarde, supieron ponerle nombre: Alzheimer.
«Fue una asistente social, Nekane, quien me habló de la existencia de la asociación, entonces en sus inicios», rememora María Jesús, ahora delegada de la entidad para la zona de Bidasoaldea. «Pasado un tiempo de duelo me pareció una buena idea ayudar a otras familias, porque sobrellevar la enfermedad es muy duro, supone un desgaste no sólo en el paciente, sino para todo el entorno».
Su formación como auxiliar de clínica ayudó a encontrar hueco en la asociación rápidamente. «Entonces todos éramos voluntarios. Ahora la asociación cuenta con profesionales para las tareas administrativas, de apoyo psicológico, aunque sigue nutriéndose de voluntarios». En aquellos inicios participó en los grupos que se acercaban a los domicilios de los enfermos para acompañarles unas horas al día. «Nunca hemos querido sustituir ninguna otra atención. Somos una mano cálida que viene bien en muchos momentos, desde tomarse un café para charlar o simplemente un rato de compañía», describe esta hondarribitarra para quien la clave del voluntariado reside en la reciprocidad del gesto solidario. «Tú ayudas, pero también te ayudan a ti. Aprendes nuevas experiencias de esos momentos límite que sirven para un crecimiento personal, para afrontar los hechos con más valentía».
La otra realidad
Gerard Carrere también es voluntario, en su caso, de SOS Racismo, una asociación con la que entró en contacto hace cuatro años a través de Peio Aierbe y Agustin Unzurrunzaga, dos de los responsables de la ONG que trabaja por la igualdad de los inmigrantes. «Les conocía de hacía tiempo porque siempre he estado vinculado a movimientos sociales», cuenta este vecino de Errenteria de 49 años. Pero fue hace cuatro años cuando decidió dar un paso al frente para formalizar su compromiso.
Hoy forma parte del grupo especializado en menores extranjeros no acompañados, que sale a la calle para conocer la realidad de este colectivo. «Lo positivo del voluntariado es que entras en contacto con la realidad, no es el discurso que se oye a los políticos. Conocer mejor la realidad permite además posicionarte mejor ante ella». Dice que la tarea de SOS Racismo no sólo radica en integrar a los inmigrante, sino también de sensibilizar a la sociedad para que los acoja. «Lo que he descubierto es una gran capacidad de integración por parte del inmigrante, que quiere convertirse en ciudadano, y también una gran capacidad de acogida de la sociedad, aunque sigue habiendo problemas enquistados». Para descubrir esa realidad, anima a todo el mundo a mejorar el mundo con cualquier aportación, «grande o pequeña».

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