Promesas rotas
La Vanguardia, , 30-11-2010Los 75.321 votos recolectados el domingo por la xenófoba Plataforma per Catalunya (PxC) no han permitido a esta formación entrar en el Parlament. Catalunya se libra así de una plaga que ha acabado infectando parlamentos de media Europa donde sí tiene escaños la derecha intolerante. En Badalona, por ejemplo, donde se dirimía uno de los duelos electorales centrados en la extranjería, la lista de Josep Anglada ocupó sólo el séptimo lugar, con 2.225 votos. El PP de Xavier García Albiol, partido con el que la PxC rivalizaba en mensajes de mano dura hacia la inmigración, arrancó, por contra, 14.791 votos, 5.200 más que en el 2006. Y en Vic, feudo de la Plataforma, esta lista tuvo que conformarse con la quinta plaza. Sus 1.006 votos quedan lejos de los 8.224 de CiU, la formación que promovió en esta ciudad el veto al empadronamiento de sin papeles.
Cuando un candidato xenófobo se sienta en un parlamento, se suele advertir que la culpa la tienen los partidos tradicionales que dejan en exclusiva a los demagogos el discurso de la inmigración. En este sentido, parece que las formaciones con representación parlamentaria en Catalunya no sólo las citadas: también ha habido dirigentes del PSC muy sensibles a la opinión ciudadana de sus territorios se han esmerado para taponar las rendijas por las que suelen colarse los extremistas. Y lo han hecho a base de asumir algunas de las opiniones de estos, proclamando por activa y por pasiva en sus mítines el fin del buenismo.
Asumida esta certeza, podríamos preguntarnos si los partidos parlamentarios no estarán corriendo un riesgo excesivo al dar por buena una política de mano dura que difícilmente podrán llevar a la práctica. Porque la demagogia es una mala inversión a largo plazo. Recordemos que el mismo PP que ahora tensa el discurso sobre extranjería gobernaba España cuando los inmigrantes sin papeles entraban con relativa comodidad por El Prat y Barajas el insaciable sector de la construcción demandaba empleo barato y nadie quería poner palos en las ruedas del crecimiento. El populismo colisiona con la práctica política. El margen de maniobra de los gobiernos en materia de inmigración está muy restringido por la Constitución, la normativa internacional, la nula disposición de algunos países de origen a aceptar repatriaciones y, sobre todo, por la baja natalidad europea, que hace poco viable un futuro despegue económico sin la aportación de mano de obra inmigrante. La repatriación masiva es, hoy por hoy, impensable.
Por todo ello, cabe preguntarse si no sería preferible que la bandera de la demagogia quedase sólo en manos de los partidos marginales, que son menos esenciales para el buen discurrir democrático. Se limitaría el descrédito general y no se generaría tanta desafección colectiva. Es cierto que el acta parlamentaria brinda a los extremistas una peligrosa vía de financiación, pero lo que tiene de positivo que los xenófobos declarados accedan a las instituciones es que en ellas se quedan desnudos, expuestos al desgaste de las promesas rotas.
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