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Lara Croft en Cataluña: ¿Nadie dimite?
La Voz de Galicia, 19-11-2010Fue a principios de abril del 2008: Hillary Clinton competía con Obama en las primarias más reñidas de la historia americana, para decidir quién sería el candidato demócrata a ocupar el puesto de 44.º presidente del país. El día 5 o 6 saltó la noticia de que Mark Penn, jefe de campaña de quien podría haberse convertido en la primera presidenta de la Unión, había presionado a las autoridades colombianas para que el Congreso del Estado aprobara el Tratado de Libre Comercio negociado con los norteamericanos. El escándalo fue grande pero breve, porque el día 7 Penn anunciaba su dimisión como jefe de campaña. Fin de la historia.
No recuerdo si Hillary Clinton pidió disculpas (o perdón) a sus potenciales electores, pero lo cierto es que, lo hiciera o no, tal cosa resulta poco relevante desde la perspectiva del funcionamiento de un sistema democrático, que no es, desde luego, el de una iglesia o religión. Cuando alguien, según las reglas de una u otra, peca, ha de pedir perdón (a quien sea que lo otorgue) y hacer el propósito de la enmienda subsiguiente.
Las reglas democráticas – que son las de la responsabilidad – resultan diferentes. El cogido en falta puede darse golpes de pecho, pedir disculpas, implorar perdón y prometer que no volverá a incurrir en la falta cometida: todo eso está muy bien, pero es insuficiente, pues en la vida pública el cogido en falta debe dimitir: así de fácil. La costumbre que se ha ido generalizando en España es, sin embargo, la contraria: mucha disculpa y ningún cese o dimisión.
De ese modo acaba de suceder, una vez más, con motivo del videojuego de campaña en el que las Nuevas Generaciones catalanas del PP tuvieron la impresentable y necia ocurrencia de convertir a su candidata en una nueva Lara Croft, eliminadora ahora de independentistas e inmigrantes.
Que el videojuego es absolutamente ofensivo no parece objeto de debate, como lo demuestra el hecho de que se modificase de inmediato. La cuestión es si una metedura de pata de esa magnitud puede salvarse pidiendo disculpas y pasando luego a otra cosa, mariposa. Y la verdad es que no: de ningún modo.
Ya sabemos que en una campaña electoral interviene mucha gente y que ni los candidatos ni a veces el propio jefe de campaña pueden ver y estar en todo. Pero eso resulta irrelevante. El principio de la responsabilidad exige que, cuando se mete la pata, alguien lo pague. Por eso mientras el jefe de campaña de Alicia Sánchez Camacho no dimita o sea cesado, todas las peticiones de perdón de los dirigentes del PP no serán más que un modo de escurrir el bulto y pretender hacernos creer que asumen una responsabilidad que en realidad han traslado del espacio real de la política al etéreo campo de la religión.
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