Las heridas del Sahara se abren en Navarra

En Navarra existe una pequeña comunidad saharaui que no duda en afirmar abiertamente que se han terminado las concesiones a Marruecos y que irán a la guerra. Cuando el Frente Polisario les llame volarán al Sahara si fuera necesario

Diario de Navarra, IVÁN BENÍTEZ . PAMPLONA., 10-11-2010

MARTES 9 de noviembre. Son las dos de la tarde. Suena el teléfono en casa de la delegación saharaui en la Rochapea (Pamplona). Mohamed, subdelegado, de 55 años, descuelga. Está intranquilo. Lleva toda la mañana esperando. Cambia el tono y el idioma. Es el delegado saharaui en Madrid. Se expresa en hasanía, su dialecto natal. Escucha atento. Parece preocupado. Cuelga.

“Hay novedades”, afirma. "El Frente Polisario acaba de hacer balance del desmantelamiento del campamento de protesta saharaui “Gdeim Izik”: 11 muertos, 729 heridos y 109 desaparecidos". Se queda en silencio. Una de sus hijas lo rompe con la ceremonia del té. Sirve dos vasitos. “Es mi hijastra. Perdió a su padre en plena guerra”. Vuelve a sonar el teléfono móvil. Lo apaga.

Mohamed se enteró de la noticia del desmantelamiento del campamento por su hijo de 18 años. “Salmi apenas durmió en toda la noche, pendiente de los foros de Facebook. Entonces, se empezaba a hablar de detenciones dentro del campamento”. Se preconizaba un amanecer dramático. Y así fue. “Somos un pueblo que siempre camina hacia la paz, pero si la solución no llega, y nuestro enemigo no quiere, no nos queda otro remedio que…” . Otra vez silencio. Sorbe. “… ir a la guerra”, termina la frase. “Somos los hijos de la paz, pero esta vez debemos coger las armas. No podemos dar otra oportunidad a Marruecos”. Puntualiza: “El pueblo saharaui no es enemigo del pueblo marroquí, sino de su monarquía. Somos hermanos de sangre y religión. Los marroquíes no tienen qué comer, por eso van a la guerra. Y por eso la perderán. Vamos a combatir por nuestra tierra, por nuestros ideales, por nuestros hijos. Ellos lo harán por un trozo de pan.”

“Nuestros hijos irán…”

Llega a casa su hijo Salmi. Se sienta frente a su padre. Entrecruza los dedos. Escucha. Salmi es electricista. Lleva 14 años con una familia de acogida en Valladolid. Con tan solo cinco años, dejó los campos de refugiados, y desde entonces nunca ha vivido con sus padres. Ahora, que su sueño está a punto de cumplirse, la sombra afilada de una guerra que nunca terminó, y que su padre sufrió en sus propias carnes, se aposenta en la cabecera de una cama donde estos días no puede dormir. Ambos, padre e hijo, hablan de la posibilidad de que se dé una guerra. Lo hacen con asiduidad. Y los dos comparten que no hay marcha atrás. “Si el Frente Polisario hace un llamamiento. Mis hijos irán”, Mohamed clava su mirada en los posos del vasito de té. “Incluso antes de que lo soliciten. Nuestros hijos e hijas irán”, repite, el joven asiente. Sus ojos son negros y su castellano perfecto, “de Valladolid”, bromea. "Los jóvenes saharauis de Navarra estaremos en el Sahara si hay guerra “, esta vez sí se revela con seriedad.

”Yo le suelo preguntar a mi padre qué posibilidades tenemos, comparando nuestro armamento con el suyo, sé que nuestras opciones son nulas, pero poseemos una gran arma: nuestros ideales". Mohamed mantiene aún las heridas de la guerra abiertas. La metralla de una mina le seccionó la pierna derecha una noche de 1982. Lo cuenta mientras enseña la prótesis. Se sube el pantalón hasta la rodilla y se despoja de ella. Se la cede a su hijo. “Es un honor poder abrazarla”, la esgrime con orgullo.

Mohamed dirigía una operación muy cerca del muro que el ejército marroquí construyó en pleno Sáhara Occidental: búnkeres, vallas y campos de minas, a lo largo de 2.700 kilómetros, de norte a sur, que protegen el territorio ocupado por Marruecos de las incursiones del Frente Polisario. “Abríamos una vía para que entrara nuestra infantería. Reptábamos entre la oscuridad. Localizábamos las minas a tientas hasta desactivarlas”. Aquella noche, algo falló. Una de las minas explotó. Después vinieron los disparos desde las torretas. “Fallecieron varios compañeros. Me salvé de milagro”, recuerda. “Me dieron en la cadera, las manos y la pierna. Me arrastré cien metros y me recogieron”. Su hijo baja la mirada un segundo. La levanta. Habla: “He visto las heridas de guerra de mi padre y de mis familiares. Me siento preocupado por la guerra y aliviado porque un mundo que nos tenía completamente olvidados”.

Mohamed sigue pendiente de Internet. Salmi acaba de regresar del Sáhara. “Hace tres semanas. Es la primera vez que duermo en los territorios ocupados. Fue extraño. Sentí algo diferente. Dormir bajo un árbol en esta parte del Sahara es diferente a hacerlo en los campos de refugiados. Sueño con ver a mis padres allí. Es donde deben estar. He visto morir a mis abuelos en los campos de refugiados donde no tenían que haber muerto”.

Mohamed nació y creció en Villa Cisneros, la actual Dajla. Una ciudad, en plena costa, de donde huyó con tan solo 20 años bajo el bombardeo indiscriminado del ejército alauita. Todavía evoca el olor a salitre y el color blanco de una casas encaladas. “Unas fachadas que siempre estaban abiertas”.

Fátima irrumpe con su bebé de 8 meses en brazos en esta jaima de ladrillo rojo “No sé si llorar o reír”, se lamenta, al ver a su hijo hacer muecas. “¿De qué se sorprende la gente? Lo que está ocurriendo no es nuevo. Llevamos así 35 años” Fátima habla directamente, a los ojos. Una mirada que se balancea a merced de su pequeño. Es enfermera. Se formó en Cuba. Ahora reside en Navarra, pero no duda en declarar que volará al Sahara si se inicia la guerra. Trabajará de enfermera. “Las mujeres saharauis debemos estar allí. Somos la columna vertebral del Sahara”.

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