El asesino de Paiporta dice que las víctimas lo embrujaron
Las Provincias, , 10-11-2010Pocos juicios se desarrollan con tanta tensión. Insultos, exclamaciones o llanto se entremezclaron con la declaración de un asesino y las palabras rotas de una joven con la vida partida. Y, en medio de todo, una duda: ¿Actuó Mohamed Alimoussa con sus facultades mentales perturbadas? Lo que sí está claro es lo que pasó el 11 de enero de 2009. El joven marroquí, con un cuchillo de 32 centímetros, segó con frialdad la vida de Carolina Planells y dejó herida a Susana Pérez cuando ambas salían del pub que regentaban en Paiporta.
Un centenar de vecinos y familires de las víctimas, todos ellos hambrientos de justicia, quisieron ver la cara al asesino. Mientras, a la entrada del edificio judicial, miembros de España 2000 dispuestos en fila exhibieron pancartas pidiendo la cadena perpetua.
Mohamed se presentó ante el juez con ropa deportiva, barba de pocos días y pelo despeinado. «¿Conoce el espíritu de lo que se le acusa?», le preguntó el presidente de la Sección Segunda, un paciente José María Tomás y Tío que lidió con paciencia y comprensión los estallidos de rabia en su sala. «Sí, lo sé», respondió Mohamed. Con la ayuda de una intérprete explicó: «No estaba bien. Estaba fuera de mis facultades, no era consciente». En ese momento, alguien del públicó chilló: «¡Que hable español, que sabe», palabras acompañadas de los primeros intentos del juez por amansar los ánimos en la sala.
De manera muy confusa, Mohamed desplegó sus argumentos. «Sólo quería que me dejaran en paz», dijo. En realidad eran ellas las que, en los meses previos al crimen, querían que se marchara del pub cada vez que se quedaba hasta tener que echarle o pedía a Carolina el teléfono que ella le negaba.
El acusado, para el que la fiscal pide 34 años de internamiento psiquiátrico y las acusaciones la misma pena de cárcel, aseguró tener «pruebas» de una misteriosa conspiración de las víctimas contra él: «Hablaban de mi familia y querían acabar conmigo. Me embrujaron. Enveneraron mi bebida para enamorame de Carol, pero yo no podía hacerlo porque creía que eran hermanas. Me controlaban con un mando y a través de un cristal que me colocaron en la cabeza».
Un «profeta del Islam»
Mohamed llegó a definirse como «profeta del Islam» que obedecía a una supuesta «orden de matar». Durante la vista, aseguró que era «musulman, pero no un fanático». Su testimonio fue una sarta de incongruencias. Dijo que antes del crimen se había tratado con ‘diazepan’ por síntomas de ansiedad, sin embargo ningún médico le había diagnósticado la enfermedad mental a la que aludieron los informes posteriores. Sus antecedentes delictivos previos al asesinato son conducción temeraria y otra agresión con arma blanca a un compañero.
Entonces llegó el turno a la superviviente del ataque a cuchilladas, Susana Pérez. La joven de 30 años está en tratamiento, duerme mal, ha dejado de trabajar, no puede ni acercarse al lugar de los hechos y siempre sale a la calle acompañada. Vive con miedo, una honda pena y nueve cicatrices en su cuerpo. Tras una mampara, revivió el crimen con precisión, llanto y gemidos. El padre de Carolina también combatió con las lágrimas para hablar. «Tengo dos hijas más. Ahora estamos en manos de psicólogos. Este chico nos ha arruinado la vida». Las partes no ahondaron en más preguntas.
Ante los psiquiatras forenses, las acusaciones centraron sus preguntas en intentar demostrar que Mohamed no actuó enajenado. Sin embargo, los expertos insistieron en que el joven sufre «trastorno de ideas delirantes, un mal que no siempre aflora para ser detectado y hace que uno sea normal en todas sus acciones salvo en las que dependen esas ideas o giran en su órbita».
Al término del juicio, la rabia contra el asesino se tradujo en un torrente de insultos. El hermano de Susana trató de abalanzarse contra Mohamed. Un policía le frenó. Susana abandonó la sala de víctimas: «¿Dónde está, dónde está?», clamó mientras buscaba con desesperación el rostro de Mohamed.
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