La situación en un barrio emblemático de Terrassa
La crisis amenaza la frágil paz con los inmigrantes en Ca n'Anglada
El colectivo marroquí denuncia actitudes racistas y destaca sus esfuerzos en favor de la integración. Los vecinos y el ayuntamiento reconocen que los desahucios y ocupaciones tensan la convivencia.
El Periodico, 24-10-2010A la pregunta de cómo se vive en Ca n’Anglada, cuatro mujeres mayores, sentadas en un banco del barrio, saltan como un resorte: «¿Ca n’Anglada? ¡Esto es Marruecos!». ¿Y la convivencia? «Cada uno en su casa y Dios en la de todos», resume una de ellas. «Llego, me encierro en mi casa y no quiero saber nada más», añade otra. Pero enseguida aparece una retahíla de reproches a los inmigrantes: que no se saben adaptar, que reciben más ayudas, que roban los focos de la planta baja y que sus hábitos de higiene son insuficientes.
Prejuicios, estereotipos y pequeños conflictos reales que Nouredin, el secretario general de la Associació Catalana per l’Amistat i el Futur, trata de evitar que se conviertan en fuegos. Afirma orgulloso que, como mediador, siempre ha conseguido que los magrebís acepten sus obligaciones económicas y cívicas con las comunidades de vecinos. Aparte de los impagos, se encuentra con casos de goteras, los ladridos del perro del vecino… O situaciones que describen en la asociación de vecinos: zapatos en el pasillo, problemas con la extracción de humos, ruidos…
ESPACIOS DE CONVIVENCIA Nouredin defiende la necesidad de asumir las costumbres autóctonas, aprender catalán y castellano, y generar espacios de convivencia como el Ascaaf FC, un club de fútbol de Tercera Territorial con jugadores marroquís acompañados de un senegalés, un latinoamericano y un español. Dicho lo cual, afirma sin dudarlo que en el barrio hay actitudes racistas: «Rozas el coche de un vecino al aparcar y lo primero que te dice es ‘vete a tu país’, y cuando un inmigrante trabaja y un autóctono no, ya dicen que les hemos quitado el puesto de trabajo y que somos la causa de la crisis».
Terrassa, que ha recibido en los últimos años una inyección en favor de la cohesión social por valor de 19 millones de euros gracias al Pla de Barris de la Generalitat, es uno de los cuatro municipios – junto a Salt (Gironès), Badalona (Barcelonès) y El Vendrell (Baix Penedès) – que se repartirán 2,5 millones de euros de fondos europeos, gestionados por la Generalitat y el Gobierno, para fomentar la convivencia en barrios con un porcentaje de inmigración elevado. El de Ca n’Anglada supera el 35%. Una cifra que sube, y mucho, en los pisos más humildes de la zona norte del vecindario.
La convivencia entre el norte y el sur, donde residen mayoritariamente los autóctonos, es todavía una asignatura pendiente. El teniente de alcalde de Acció Social, Isaac Albert (ERC), lo describe: «Me preocupa que no haya conflicto porque esto es un síntoma de que no hay convivencia, no puede ser que en la asociación de vecinos no haya ningun magrebí».
DIÁLOGO Y MEDIACIÓN El líder vecinal Felipe Arenas admite que la convivencia es delicada y requiere «gastar saliva» en innumerables procesos de diálogo y mediación. Arenas sostiene que los problemas no son graves hoy. Pero la crisis está empezando a provocar desahucios de pisos que posteriormente son ocupados por otros inmigrantes que ni pagan las cuotas de la comunidad ni se relacionan con el resto de los vecinos. «Los desahucios están a la orden del día, la situación se está agravando», explica el presidente vecinal, que añade sin tapujos que los inmigrantes tienen una actitud más pasiva. «Necesitamos que se impliquen más», sostiene.
Desde la mezquita a la que acuden más de 1.500 musulmanes cada viernes, el secretario de la Junta Islámica local, Settati Mohamed, replica que su comunidad sí inculca a los nuevos vecinos la necesidad de respetar la convivencia y las normas. Cita las clases de catalán y castellano que se imparten en el oratorio y apuesta por organizar más «actividades de acercamiento».
El alcalde, Pere Navarro (PSC), admite que el barrio es un cóctel entre el urbanismo denso y de baja calidad perpetrado en los años 60, la llegada masiva de inmigración y la difícil convivencia con los autóctonos. «Estos ya son personas mayores a las que tenemos que garantizar que vivan como siempre lo han hecho», subraya. Navarro cita numerosos programas de mediación y un plan de acogida en el que se visita a los nuevos vecinos en su casa para explicarles las normas cívicas. Aun así, reconoce que «en el contacto personal con la gente queda mucho por hacer». Además, la crisis inmobiliaria ha paralizado el proyecto de construcción de viviendas más dignas y apertura de parques con el objetivo de esponjar el barrio.
EQUILIBRIOS La responsable del distrito, Anna Maria Graell, añade: «Mantenemos el equilibrio, aún estamos ante dos comunidades que se dan la espalda, salvo algunos trasvases». Su tarea consiste en desmontar prejuicios como el de que los comercios de los inmigrantes no pagan tasas. Lo afirma Joan, un tendero veterano a punto de jubilarse sin apenas cubrir gastos: «Este era el mejor barrio de la ciudad y se lo han cargado».
Un barrio que vive lo que Felipe Arenas describe como una situación de inseguridad óptica: «Cuando las mujeres ven a un grupo de magrebís en una acera, cruzan a la acera de enfrente». Habrá que gastar mucha saliva para superar esas distancias.
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