Sobrevivir con ayuda

El Correo, JORGE BARBÓ, 24-10-2010

Llegar a fin de mes constituye una quimera para más de 43.000 personas en Vizcaya. Parados de larga duración, mujeres solas, jóvenes; inmigrantes que habían conseguido papeles, trabajo y una vivienda… A todos ellos la crisis les ha devuelto a la casilla de salida: la cola de los servicios sociales. Carentes de ingresos propios para afrontar los gastos mínimos del día a día, necesitan la ayuda de la Administración para sobrevivir.

Aunque la recuperación económica empieza a atisbarse en Euskadi – en el último año se han creado 12.000 empleos, según los últimos datos oficiales – , aún no se ha dejado notar en los colectivos más desfavorecidos. El número de personas que solicitan la antigua renta básica y otras prestaciones similares se ha disparado desde el último trimestre de 2008, cuando la recesión se asomó a sus vidas. En los últimos meses la cifra «se ha estabilizado», coinciden las asociaciones de caridad y las instituciones, pese a la ligera mejoría de la coyuntura.

Cuatro ciudadanos que dependen del dinero público para cubrir sus necesidades esenciales – comida, luz, vivienda… – relatan sus privaciones y equilibrios, con una gran dosis de esfuerzo y tesón, para estirar las ayudas con las que intentan sobrevivir, un asidero que cuesta a los vizcaínos más de 210 millones.

Isabel 51 años



«Paso tres días con un bote de alubias»

Lo habitual es que los padres ayuden a sus hijos cuando abandonan el nido. Pero en las situaciones más complicadas, las tornas pueden cambiar. Es el caso de Isabel – nombre ficticio – , que se ha tenido que apoyar en los ajustados ingresos de su hijo, que trabaja como cocinero, para salir adelante. «Es muy duro tener que depender de él», reconoce. Esta ecuatoriana de 51 años cobra la denominada Renta de Garantía de Ingresos (RGI) desde el pasado mes de marzo, cuando tocó fondo.

Cada mes recibe 900 euros, que se esfuman en el alquiler de un vetusto piso en Txurdinaga y en pagar las facturas. «Me quedan unos 50 euros para vivir», asegura. Con unos ingresos tan ajustados, llegar a fin de mes es más complicado que conseguir la cuadratura del círculo. Para ello, la única receta posible es llevar una vida modesta, casi espartana. «Yo como muy poco. Con un bote de alubias puedo pasar tres días», desvela. «Mi dieta se basa en mucho arroz, que llena y es barato, y compro carne muy de vez en cuando. Y sólo pollo». En este menú austero no hay lugar para los pequeños caprichos. «Ya no me acuerdo de los sabores de mi tierra. hace mucho que he tenido que renunciar a un plátano o una yuca porque aquí tienen precios prohibitivos», explica.

Ianire Calvo 27 años



«Siempre voy buscando las ofertas»

Con 25 años, creía su futuro resuelto: trabajaba en un geriátrico y parecía que nada iba a cambiar. Pero se quedó embarazada y, poco después, la crisis y dos dolorosas hernias discales se cruzaron en su camino. De eso hace ya dos años y su situación ha cambiado, pero a peor. Ianire Calvo, madre soltera y desempleada, consigue alcanzar el día 31 y alimentar a su pequeño, de dos años gracias a los mil euros que, entre la Renta de Garantía de Ingresos y el complemento de vivienda, recibe cada mes. «Yo no sabía ni qué eran las ayudas sociales», admite.

Destina cada mes 700 euros al alquiler de su pequeño piso en Sestao. «Es imposible encontrar algo más barato y compartir, con un crío, ni me lo planteo», asegura. Al final logra estirar el resto (300 euros), hasta fin de mes. «Siempre voy buscando las ofertas. Todo es cuestión de organizarse. Cuando encuentro algo muy barato, lo congelo y ya está», explica. Pero su estricta planificación hace aguas ante un mínimo imprevisto: «Ahora, aunque necesite algo, no puedo hacer compra hasta la semana que viene, cuando cobre», explica.

Su situación económica le ha arrebatado los sueños y aficiones que le corresponden a una chica de su edad. «Ya no sé qué es salir por ahí con mis amigas; ahora sólo salgo a pasear con las madres de los amigos de mi hijo», relata. Pero no es lo único a lo que ha tenido que renunciar: «Antes, cuando estaba deprimida, me iba de tiendas. Ahora, ni me acuerdo cuándo fue la última vez que compré algo de ropa o una crema», destaca.

Vanessa Aparicio 31 años



«Me he vuelto una experta en el ‘3×2’»

Vanessa recibe cada mes 410 euros de la RGI, como complemento a un más que modesto subsidio de desempleo y una ayuda para la vivienda. En total, 1.050 euros aparecen cada mes en su cuenta corriente. La suma puede parecer suficiente, pero en el alquiler ya se le escapan 750 euros. Y eso que vive en un piso «con humedades y paredes llenas de moho» que no parece el entorno más salubre en el que criar a su hija, de dos años. La pequeña acapara toda su atención. Y sus ingresos. «Septiembre, con la vuelta al cole, ha sido horroroso. Toca comprar material escolar y hay que seguir pagando las facturas».

Para capear la cuesta, esta sestaoarra ha tenido que echarle imaginación y aplicar conceptos de ‘economía creativa’ para llegar a mitad de mes: «Cuando vienen las facturas, tengo que ir pagando las que antes me vencen, antes del corte de la luz, el agua o el teléfono», reconoce Vanessa.

Trabajaba como operaria en una empresa ligada a la construcción. «Cobraba bien, me permitía mis caprichos, viajaba y hasta llegué a plantearme comprar un piso», recuerda con nostalgia. Pero la burbuja inmobiliaria le explotó en las narices, al igual que a muchos españoles, cuyos puestos dependían del ladrillo. Ahora su situación no da para caprichos ni coqueterías. «Mi fondo de armario se reduce a dos niquis, un par de pantalones y una chamarra», enumera con tristeza. A la hora de hacer la compra, exprime hasta el último céntimo. «Sólo compro marcas blancas y estoy siempre pendiente de las ofertas. Me he vuelto una experta en artículos ‘3×2’ y en encontrar las tiendas más baratas», reconoce.

Gontzal 45 años



«Hay gente que no debería cobrar ayudas»

Asusta echar a un vistazo al currículum de Gontzal. Licenciado en Biología, agente de la propiedad desde 1990 y, hasta ahora, perceptor de ayudas sociales. De nuevo la crisis y, una vez más, el ladrillo han escrito una página en la vida de este hombre que le ha costado mucho pasar. «Abrí una empresa inmobiliaria, pero la tuve que cerrar», recuerda con amargura. Al bache económico se le unió un problema familiar que le llevó a una situación límite, a comer en el comedor de Apostólicas de Bilbao y tirar de la caridad de amigos para dormir bajo techo. «Lo tuve muy complicado para obtener las ayudas, porque yo ni soy drogadicto, ni inmigrante, ni alcohólico», dice con amargura.

Cobra poco más de 650 euros mensuales de la RGI desde hace cuatro meses. Pero su suerte ha cambiado. El próximo 2 de noviembre comenzará a trabajar como gestor de entidades y proyectos sociales, al otro lado de la barrera. Percibirá 1.100 euros y, aunque todavía no ha firmado el contrato que le servirá de pasaporte hacia un cambio de vida, ya ha renunciado a su salario social. «Es lo legal. Hay gente con trabajo que no debería cobrar las ayudas. Hay mucho fraude», denuncia.

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