Las siete vidas de la ultraderecha norteamericana
La Vanguardia, , 21-10-2010Estados Unidos de América es una nación básicamente conservadora. Hay, por supuesto, una tradición liberal en la acepción norteamericana del término que, a diferencia del concepto del liberalismo clásico, defiende la intervención del Estado en la economía o la imposición de límites a la actividad de los mercados.
En este sentido, el último gran presidente liberal fue Franklin Delano Roosevelt, el único en ocupar la Casa Blanca durante más de dos mandatos. Roosevelt estableció los rudimentos de un Estado del bienestar, acometió grandes inversiones en infraestructuras y reguló más racionalmente los mercados de valores. Sin embargo, en aquellos años, primera mitad del siglo XX, millones de ciudadanos afroamericanos malvivían en los estados de la vieja Confederación, privados de derechos elementales y segregados por el color de su piel.
A pesar de su ingente popularidad – cuatro abrumadoras victorias electorales consecutivas-Roosevelt no se libró de la bilis de la extrema derecha, que le consideraba un traidor a su clase y que no se privaba de llamarle tullido, en referencia a la poliomielitis que le postró en una silla de ruedas gran parte de su vida.
La extrema derecha conoció otro momento de extraordinaria efervescencia a mediados del siglo pasado gracias al senador republicano por Wisconsin, Joseph R. McCarthy. Era un oscuro y anónimo parlamentario que en febrero de 1950 denunció la supuesta infiltración en el Departamento de Estado de más de doscientos agentes comunistas. Ninguna de sus acusaciones pudo ser probada, pero navegó a sus anchas por la marea antirroja de la Guerra Fría, propiciada por el poder nuclear de la URSS, la detención de algunos espías soviéticos y la guerra de Corea.
Su estrella, sin embargo, palideció cuando apuntó sus invectivas hacia un gobierno de su propio partido – Eisenhower había reemplazado a Truman en 1953-y, especialmente, cuando de forma temeraria señaló al ejército. En poco tiempo pasó de reverenciado y temido a un auténtico apestado, y murió poco después, con apenas 48 años, víctima de una cirrosis.
La abrumadora victoria del demócrata Lyndon Johnson en 1964 pareció presagiar el regreso a una etapa de intenso progresismo social pero fue sólo un espejismo, una reacción a la conmoción causada por el asesinato de John Kennedy. Cierto es que la revolución de los derechos civiles fue irreversible pero, ya en 1966, Ronald Reagan ganaba las elecciones a gobernador de California, arrancando una etapa conservadora que se ha prolongado en la práctica hasta bien entrado el siglo XXI. Las presidencias de Jimmy Carter (1977-1981) y Bill Clinton (1993-2001) fueron las excepciones que confirman la regla, ambas propiciadas por dos fenómenos extraordinarios: la dimisión de Richard Nixon a raíz del Watergate y la división del voto conservador en las elecciones presidenciales de 1992 entre George Bush padre y el atrabiliario empresario texano Ross Perot.
En todo caso, la extrema derecha sometió al matrimonio Clinton a un marcaje encarnizado, que culmina con el grotesco episodio del intento de procesamiento y remoción de su cargo del presidente Clinton en 1999.
No puede olvidarse que la Cámara de Representantes votó a favor de la destitución y que sólo un puñado de votos en el Senado permitió al presidente eludir tan ignominioso destino. La elección en noviembre del 2008 de Barack Obama como presidente del país constituyó una pesadilla hecha realidad para la ultraderecha estadounidense, que casi inmediatamente se puso manos a la obra de colgar al nuevo inquilino de la Casa Blanca la peor etiqueta posible, la de no norteamericano (unamerican): que si era musulmán, que si no había nacido en territorio norteamericano… En definitiva, con independencia del insuficiente bagaje de la Administración Obama, particularmente en el frente del empleo, la emergencia del Tea Party es la enésima manifestación de la vitalidad de la ultraderecha norteamericana, a la que históricamente nunca le han faltado generosas fuentes de financiación. La diferencia actual es que también dispone de poderosas organizaciones mediáticas, mientras que los grandes iconos del periodismo liberal norteamericano sufren una evidente decadencia, quién sabe si irreversible