Martina García, la Rosa de ‘Rabia’

El Universo, 18-10-2010

Con una chaqueta color crema, una blusa estampada con flores y un jean algo gastado llega Martina García –Rosa en la película Rabia–, al conversatorio que el festival Cero Latitud organizó el viernes pasado en el cine Ochoymedio de Quito.

Lo primero que llama la atención es que aún mantiene el rostro angelical y la mirada vivaz que mostró en una de sus primeras apariciones televisivas, en la telenovela Francisco, el matemático (1999).

Mira a cada una de las personas que están en el auditorio, toma asiento y sonríe con naturalidad, mientras arregla con discreción su largo cabello castaño.

Martina nació un 27 de junio de 1981 en Bogotá e incursionó en la televisión a los 19 años. Pero antes, a los 14, ya pisaba las pasarelas de la moda de Colombia mientras terminaba sus estudios en el Liceo Francés, donde aprendió inglés y francés.

Ahora se la nota más reflexiva y madura mientras comenta sobre su incursión en el cine y su papel en la película del director ecuatoriano Sebastián Cordero.

“Todos los personajes tienen su dificultad, pero quizás Rosa de Rabia (también fue Rosa en Amar a morir), es el más complejo porque es una mujer muy sufrida que experimenta un desgaste paulatino”, revela.

Sin embargo, García asegura que buscar esa oscuridad y experimentar varios momentos de soledad, tristeza y frío durante el rodaje fueron muy divertidos y enriquecedores para su joven, pero prometedora carrera cinematográfica.

Habla sobre la migración y asegura que nunca se ha sentido extranjera en ninguna parte. Por su actividad ha tenido que vivir en Francia, España, especialmente en México. He hecho, manifiesta entre risas, dos papeles de mexicana. Eso se nota en su singular acento colombo – mexicano.

Se pone nostálgica cuando habla de la canción Sombras, que forma parte de una de las escenas de Rabia. Las dos versiones, tanto la de Julio Jaramillo como la de Chavela Vargas, que se escuchan en la cinta, son hermosas, dice. Y cuenta una de sus tantas anécdotas: “En el camerino con Gustavo Sánchez (José María en el filme) poníamos Sombras para meternos en el personaje. En mi caso era como un botón automático para hacerme llorar”, anota.

Luego repasa brevemente su carrera y cuenta que al inicio sus papeles fueron de una chica rebelde y difícil, luego vinieron las interpretaciones dulces y ahora experimenta con personajes más complejos como el de una prostituta en Perder es cuestión de método (2004).

“Siempre la gente se preguntó si lograría desencasillarme de estos personajes. Pero yo creo que son momentos. No rechazaría nunca un buen papel porque se parece al anterior. No le tengo miedo al encasillamiento”, confiesa.

Finalmente habla de cosas más personales. Quiere publicar un libro pero no se atreve a dar fechas, confiesa que ronda por su cabeza un proyecto musical y asegura que le sigue gustando David Bowie, Depeche Mode y varias bandas punkeras, tal como al principio de su carrera cuando los directores de su país la consideraban “rara” por sus gustos y forma de vestir.

Se siente orgullosa de ser colombiana, pero evita el nacionalismo exacerbado. “Creo que mi compromiso y mi trabajo deben ser no solo con Colombia, sino con toda la humanidad”, asegura, mientras recuerda que es militante ecológica y vegetariana, aunque para esto no tenga una gran fundación.

Los 45 minutos del conversatorio parecen apenas diez. Martina agradece y sus ojos oscuros brillan más mientras sonríe. Sale del pequeño auditorio y se pierde entre los clientes de la cafetería del Ochoymedio.

Producciones

En la televisión, Martina García participó en novelas como La guerra de las Rosas (1999), María Madrugada (2002), Amor a la plancha (2003), La saga, negocio de familia (2004) y Juegos prohibidos (2005), También en las series Tiempo final y Mujeres asesinas (2008).

En el cine, además de Rabia, actuó en Biutiful (2010), la película que dirigió Alejandro González Iñárritu y en la que compartió roles con Javier Bardem; Perder es cuestión de método (2004), Satanás (2007), La Mosquitera y No eres tú, soy yo (2010).

“A diferencia de la mayoría de las personas, los actores buscamos incomodarnos cuando vamos a un lugar para generar sensaciones que ayuden al personaje”.
“Sigo sintiendo temor y que se me va a salir el corazón, hasta cuando interpreto el plano que aparentemente es más sencillo”.

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