Expresión identitaria de la ira

Los sucesos de Génova representan un ejemplo primitivo de brutalidad, pero no pueden disociarse de la postración con que sobrevive la 'última' república de Yugoslavia

El Mundo, ANÁLISIS RUBÉN AMÓN, 14-10-2010

El recurso periodístico de identificar un estadio con una olla a presión puede extrapolarse al plano sociológico. En el sentido de que los campos de fútbol exacerban en muchas ocasiones los humores y los peligros de una sociedad. Funcionan como un acelerador. Representan hipótesis y realidades durante 90 minutos de anomalía.

La reacción del vandalismo serbio es por añadidura un ejemplo primitivo y execrable de brutalidad, pero no puede disociarse de la postración y hasta de la humillación con que sobrevive en Europa la última república de Yugoslavia.

No es un atenuante, sino una clave de lectura. Más o menos como si el fútbol, tantas veces manipulado y manipulable, se hubiera convertido en expresión identitaria de la ira, curiosamente unas horas después de haber trascendido el acoso y derribo a los homosexuales en la celebración del orgullo gay.

Emerge de ambos ejemplos la imagen de una Serbia atrabiliaria y voraz que no se corresponde con la realidad, ni con el esfuerzo de integración política, ni con el compromiso de las clases cultivadas, ni con la expectativa de la normalización. Las minorías radicales y patrióticas distorsionan la imagen de un país que trata de ubicarse en Europa y que asume una factura desmedida por la guerra de los Balcanes. No se trata de exculpar el genocidio de Milosevic, sino de comprender hasta qué extremo la autoestima de los serbios se ha degradado y se ha resentido de un agravio comparativo. Empezando por la vecina Croacia. El presidente Franjo Tudjman, cínico y depredador, participó con parecido instinto carnicero en el conflicto balcánico, pero murió con los honores del padre de la patria e inculcó en los súbditos un orgullo desproporcionado y observado con indulgencia desde las instituciones comunitarias. El fútbol ha sido un termómetro sociológico en los Balcanes. Hasta el extremo de que la beligerancia de los ultras en los estadios de la antigua Yugoslavia anticipó los pormenores identitarios de la guerra que se avecinaba.

Las visitas del Dinamo de Zagreb a Belgrado en los primeros años 90 degeneraban en batallas campales, exactamente como ocurría cuando el Partizan y el Estrella Roja se desplazaban a la capital croata para despecharse y despacharse.

Bien lo sabía el genocida Arkan, cuyo predicamento y liderazgo entre los cabezas rapadas del Estrella Roja resultó determinante para que muchos de ellos terminaran alistados en los tigres, es decir, los escuadrones de la muerte que agitaron la limpieza étnica. Era una expresión de la endogamia balcánica, no menos elocuente de la que se produjo en el primer partido de fútbol que disputaron el Partizan y el Estrella Roja tras la caída de Milosevic. Se trataba de airear una expectativa democrática, pero los hinchas de uno y otro equipo, ambos belgradeses, provocaron la suspensión del encuentro a fuerza de sacudirse.

Diez años después, la fuerza de los hinchas serbios demuestra la debilidad del país. E introduce una reflexión que va más allá del parte de guerra. ¿Cuándo Europa piensa sentar a Belgrado en la mesa de los invitados presentables?

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