Behatokia

Carta a Bernard Kouchner (ministro de Sarkozy)

Quizá compartir la condición de europeos no obligue a nada especial, pero es muy mezquino negarlo ostensiblemente, igual de mezquino que negar el derecho a emigrar de nadie. Lo curioso es que acontezca en Francia, patria de Monet, padre de la Europa Unida

Deia, Por Josu Montalbán, * Diputado del PSE-PSOE, 23-09-2010

QUÉ esperabas, compañero Bernard? Cuando el presidente Sarkozy te llamó para que formaras parte de su gobierno de derechas aceptaste con alborozo a pesar de que no le hubieras votado. Los tuyos de entonces, los socialistas, habían caído derrotados estrepitosamente, pero el pequeño Sarkozy no se contentó con ganar en las urnas, sino que forzó el deterioro consiguiente en el Partido Socialista francés fichando a algunos socialistas para su gobierno. Tú fuiste uno de ellos, uno de los que respondió a la añagaza conservadora sin cerciorarte de que habías defendido posiciones diferentes durante la campaña electoral.

Ahora resulta que te encuentras incómodo y ya has anunciado que has considerado en alguna ocasión la posibilidad de dimitir como consecuencia de las expulsiones de gitanos y rumanos dictadas por Sarkozy. ¡Compañero Bernard, hazlo cuanto antes si aún te queda algo de la dimensión humana y humanista propia del socialismo que profesaste! No es desconcertante que quieras dimitir, lo asombroso fue que aceptaras la invitación del escurridizo Sarkozy para entrar en su gobierno. Porque lo que ahora llena las páginas de los diarios, – las expulsiones de gitanos y rumanos, y la modificación de las leyes relacionadas con la inmigración para facilitar nuevas expulsiones – era de esperar. Recién nombrado no dudó en proponer el control de la inmigración recurriendo incluso a comprobar las identidades por medio del ADN, ello a pesar de ser nieto de húngaros, lo cual le acerca considerablemente a los gitanos a los que expulsa.

Llegó al poder con las ínfulas propias de los autoritarios, tomando medidas igualmente influidas por sus complejos y sus contradicciones. Su primer objetivo fue desacreditar a las demás ideologías incorporando a su gobierno a quienes habían sido sus contrincantes o enemigos. Su primera estrategia fue mostrar una hiperactividad que lo mismo le llevó a enamorarse de una mujer bella, famosa y alta (Carla Bruni), como a protagonizar acciones espectaculares: acudió a liberar a unas enfermeras búlgaras que habían sido condenadas a muerte en Libia, acompañó en su regreso a España a los tripulantes de un avión acusados de complicidad en el secuestro de más de cien niños en Chad, visitó por sorpresa Afganistán para apoyar a Karzai y agasajar al emperador Bush, ejerció de anfitrión en la Conferencia de Donantes con destino al Plan de reformas de la Autoridad Nacional de Palestina, visitó al Papa para subrayar las raíces cristianas de los franceses y su laicismo, y se posicionó en contra de la entrada de Turquía en la UE. Es decir, compañero Bernard, que inició su andadura a gran velocidad, atronando Europa.

Pero ahora, compañero Kouchner, todo es diferente, porque han mediado el tiempo y la acción desarrollada desde el Gobierno. Como habrás podido comprobar, gobernar es difícil y comprometido porque las medidas que se toman, siempre, tanto favorecen a unos como perjudican a otros, debiéndose poner el objetivo en el modelo social que cada cual pretenda, es decir, en la conformación de una sociedad determinada. En eso la derecha y la izquierda son bien diferentes. Sarkozy siempre puso algo que él llamaba “meritaje” sobre el afán igualitario: “creo en la superioridad del mérito sobre el igualitarismo y el asistencialismo”, curioso aserto para quien ahora mismo se ha liado la manta a la cabeza y ha comenzado las expulsiones de gitanos y rumanos, después de desmontar y destruir asentamientos donde han vivido muchos miles de pobres durante muchos años. A Sarkozy siempre le han provocado alergia los pobres, desde sus tiempos de ministro de Interior en que vigiló con especial incidencia los suburbios de las grandes ciudades, pero no para mejorar sus dotaciones y condiciones de vida, como instrumento de lucha contra la delincuencia, sino para acusar a todos los jóvenes que vivían en los suburbios de “provocar la ruina de Francia”. Afirmó entonces que era preciso revisar los patrimonios de “quienes no trabajan y pueden pagarse coches que los que trabajan no pueden comprar”. Es evidente que los signos de ostentación externos deben ser acordes con el grosor del patrimonio, pero su ofuscación hace pensar que es más partidario de aceptar los desequilibrios que de propugnar la igualdad.

Eso es, compañero Bernard, lo que viene demostrando con sus expulsiones de gitanos: más de ocho mil en lo que va de año. Lo que más extraña de esta actitud es que acontezca precisamente en Francia, de donde era Monet el padre de la Europa Unida, y donde se leyó con tal meticulosidad la Constitución Europea que fue rechazada en referendo para dar paso después al Tratado de Lisboa. La decisión de Sarkozy pone en jaque buena parte de los instrumentos que Europa puso en marcha para su unión e integración. Desde luego, cuestiona la libre circulación de ciudadanos europeos, en una clara discriminación frente a los capitales que se mueven libremente no sólo en Europa sino también en el Mundo. El Parlamento Europeo ha sido contundente pidiendo el fin de las deportaciones por boca de socialistas, liberales, verdes e izquierda unitaria, sólo los populares de la derecha europea las han juzgado con benevolencia. Durao Barroso se ha visto obligado a modificar sus palabras condescendientes con las medidas de Sarkozy (asumiendo las declaraciones del presidente de la Eurocámara: “no se echa a nadie por ser gitano”), por otras que intentan enfatizar el espíritu solidario de Europa: “O actuamos juntos o ellos se moverán sin Europa”.

Así que, compañero Bernard, estoy convencido de que tu memoria aún conservará algunas reminiscencias, siquiera básicas, de tu viejo apego socialista para huir del gobierno de Sarkozy, porque sabes muy bien que ser pobre no es sinónimo de ser delincuente o peligroso. Aquí no cabe recurrir al sofisticado Acuerdo de Schengen porque quienes han sido primero desalojados de los asentamientos y después deportados del país no constituyen un peligro evidente para la estabilidad de Francia y, aún peor, no tienen causas pendientes con la Justicia francesa. Sería bueno que te desalojaras de forma voluntaria del gobierno Sarkozy y, además, que no lo hicieras de forma discreta, porque las drásticas medidas de expulsión están influyendo muy negativamente en la opinión pública de otros lugares europeos, alentando a tantos populistas de derechas que no dudan en afirmar, con desvergüenzaque la inmigración incide negativamente en el empleo de los naturales del país de acogida, provocando reacciones que no ayudan nada a fortalecer la convivencia.

Compañero Bernard Kouchner, las gentes que son capaces de romper sus raíces en busca de una vida digna, merecen un esfuerzo de quienes vivimos en tierras prósperas, porque muchos de ellos han abandonado sus ámbitos porque estos fueron esquilmados por conquistadores y especuladores sin pudor. Observa, compañero, lo que dice Arau, de una de las tribus penan de la isla de Borneo: “Los que vienen de fuera siempre dicen que traen el progreso, pero todo cuanto traen son promesas vacías. Por lo que realmente luchamos es por nuestra tierra, por encima de cualquier cosa, es lo que necesitamos”. Y observa de qué modo explica Jumanda Gakelebone, un bosquimano de Botsuana, el círculo vicioso que convierte a los pobres en indeseables a los ojos de los más acomodados y las clases medias satisfechas: “Estos lugares (refiriéndose a los campos de asentamiento y reasentamiento) han convertido a nuestra gente en ladrones, mendigos y borrachos. Yo no quiero esta vida, primero nos hacen indigentes al quitarnos nuestras tierras, nuestra caza y nuestro modo de vida; luego dicen que no somos nada porque somos indigentes”. Pues bien, Sarkozy debería admitir que en Europa aún hay quienes viven sujetos a carencias estructurales que hacen que las personas se busquen la vida en otros lugares.

Puede ser que compartir la condición de “europeos” no obligue a nada especial, pero es muy mezquino negarlo ostensiblemente, más aún, es igual de mezquino que negar la capacidad y el derecho de emigrar a nadie, porque la vida, como único bien recibido al nacer por todos, ha de ser preservada con todos los medios legítimos a nuestro alcance. Por tanto, te lo digo como compañero socialista y como ser humano: Abandona a Sarkozy con su ignominia. Más aún, te lo pido de todo corazón.

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