: Frédéric Hermel Periodista francés

¿Avergonzado de ser francés? Yo, nunca

La Voz de Galicia, 19-09-2010

Tengo cuarenta años y soy un puro producto de la escuela pública, republicana y laica francesa. Con tales características, pensaba ya estar en condiciones de saber de dónde venía, de conocer perfectamente la esencia de mi país, mi querida Francia. Creía que podía andar con la cabeza alta, con cierto orgullo derivado de mi nacionalidad. De ser también el heredero de una digna filosofía de vida. Era un error. Al cabo de cuatro décadas de existencia estoy descubriendo estos días que me he equivocado. O, mejor dicho, la Comisión Europea, el Parlamento Europeo, la ONU y la prensa internacional me están explicando que me he equivocado. Resulta que, según ellos, soy el ciudadano de un país que practica el racismo de Estado y el genocidio. Viviane Reding, comisaria europea de Justicia y de Derechos Fundamentales, se ha referido claramente al Holocausto nazi, el pasado lunes, para fustigar a Francia en el tema de la expulsión de los gitanos rumanos. «Pensaba que en Europa no volvería a ser testigo de este tipo de situaciones después de la Segunda Guerra Mundial», afirmó esta señora, que no fue elegida por los ciudadanos, pero sí que cobra de nuestros impuestos.

¿A quién atacan la ONU, la Unión Europea y la prensa internacional? ¿A Birmania, Sudán, Corea del Norte, Cuba? No, a Francia. ¿Quién merece los reproches y las condenas? ¿Al Qaida, ETA?? No, el Gobierno francés y el presidente Nicolas Sarkozy. Todo ello porque Francia aplica una ley que aplican todos los Estados democráticos: expulsar a los irregulares. Además, a irregulares que no tienen ninguna intención de buscar la integración, sino que se dedican a la delincuencia y a lo que llamamos la «mendicidad agresiva». Yo no voté a Sarkozy, pero me siento bien representado por un presidente que intenta proteger a sus ciudadanos más débiles. Porque, no seamos ingenuos: no son los progres que viven en los barrios céntricos de las ciudades y que gritan contra la política del Gobierno francés quienes tienen que sufrir el acoso diario de los gitanos rumanos sino, una vez más, las poblaciones más desfavorecidas. Me siento orgulloso de ser francés y nadie de la Unión Europea o de la ONU me va a pedir que me avergüence por ello. A estos señores y señoras instalados en sus lujosos despachos y en su moral de geometría variable solo les regalo mi desprecio y un himno: «Allons enfants de la patrie, le jour de gloire est arrivé?» .

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