¿De qué, Marruecos?
El Mundo, , 14-08-2010Son los peligros del buenismo, de la tolerancia, de la Alianza de las Civilizaciones. Que se trata como interlocutores válidos, en igualdad de condiciones y de estatus, a gente, países y entidades que todavía están algunos peldaños por debajo en la escala de la evolución democrática, y que, aunque se llamen a ellos mismos civilización, aún se encuentran, en el sentido estricto de la palabra, lejos de serlo. No es lo mismo España que Marruecos, ni Mohamed VI que Juan Carlos I. Existe una jerarquía, y ya saben que el patriotismo español no es mi fuerte. Pero existe una jerarquía y es clarísima, basada en los principios fundamentales de la democracia y de la libertad y, por supuesto, de la ausencia de ellas. Y cuando esta jerarquía no prevalece, algo tenebroso avanza contra el mundo libre y le ofende.
A Marruecos se le tiene que tratar con distancia y con la severidad de un chico que comete hurtos, trapichea y pega a sus padres; y que por lo tanto no está preparado para la convivencia. Como un país no democrático, porque Marruecos no es un país democrático por mucho que formalmente pretenda hacer creer lo contrario, ni mucho menos es un país libre. No es un interlocutor válido, ni está preparado en modo alguno para la convivencia con las grandes naciones del mundo. Aunque se apoyen las reformas que en este sentido vayan llegando, e incluso se celebren, no se le puede contar como uno más hasta que el proceso cristalice. Entre otras cosas, porque, de momento, no es uno más. Continúa siendo uno menos.
España puede ejercer de hermano mayor, pero siempre desde la exigencia y nunca desde la complacencia, desde el rigor y nunca desde la complicidad. Que Marruecos acuse a España de racismo es el colmo. ¿Dónde iremos a parar? El huevo de la serpiente es que un país que no reconoce la autoridad ni la dignidad de la mujer se crea en derecho de dar lecciones de algo a un país democrático y libre. Lo que nos ha traído hasta aquí ha sido el relativismo y la ausencia de firmeza; el concederle a un país una talla política y moral de la que carece totalmente.
Estamos perdidos si caemos en la elemental provocación de comparar lo que un policía español es y representa con lo que el Gobierno de Rabat y sus agitadores son y representan. La primera trampa es siempre conceptual, igual que estos islamistas que invocan la libertad de expresión de la mujer para poder continuar obligándole a llevar el burka. La trampa salta a la vista y tiene consecuencias terribles.
Hay buenos y malos, mejores y peores, culturas superiores a las otras, religiones que favorecen un clima de libertad y otras que se basan en la opresión y que nunca dieron frutos civilizados ni positivos. No todo es lo mismo ni todos somos iguales. Eso se tiene que reflejar en el trato, en el rango, en el estatus. El buenismo igualitarista, en el mejor de los casos, es de una ingenuidad peligrosísima; en el peor de los casos es puro cinismo autodestructivo. No todos somos iguales ni nos podemos tratar como si lo fuéramos. Porque luego los títeres de un rey totalitario te llaman racista y toda una democracia acaba revolcándose en el fango de un debate absurdo con una despreciable dictadura.
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