Quise ser como Etoó
La Verdad, , 22-08-2010
::ILUSTRACIÓN: MESAMADERO
Murcia está plagada de vidas como la suya, los vemos en los parques, cerca de las estaciones y en los barrios más marginales de la ciudad. Son silenciosos y no buscan problemas. Hablamos del mercado ‘negro’ de la crisis.
A. M. tiene 28 años, su tez oscura y sus labios gruesos delatan su procedencia a varias leguas. Le gusta salir, conocer gente e intenta adaptarse a la cultura española, aunque es consciente de que la cultura española no siempre está preparada para adaptarse a él. Le encanta hablar, comentar, explicar. Ése es su rasgo más característico. Muchos en su situación llevan tan arraigado el miedo y la desconfianza que no quieren ser esclavos de sus palabras; eso sí, son los dueños y señores de su silencio. Un silencio que como un tumor cada vez deja más mella en la sociedad, sin que nadie se dé cuenta.
Cuando pensó en salir de su país, en las estrellas africanas que habitaban los continentes más desarrollados de la tierra, analizó su situación en Bouku, un pueblo del norte de Ghana. Le gustaba el fútbol, lo llevaba haciendo toda la vida y Etoó era su ídolo. Quiso probar fortuna y entre el mar, la montaña y la arena vivió una terrible aventura cuyo desenlace le llevó a vender CD por los bares de Murcia.
Sociable, pero no estúpido, no quiere hacer público su nombre. Sacar una cámara a su lado es una tarea imposible y convencerle para tomarle una fotografía sin rostro ya es una ardua misión. Sabe que no puede estar aquí, es un ilegal, un inmigrante sin papeles, un alma que aunque no moleste a la sociedad estorba en un país como el nuestro. Le aterra pensar en volver a Bouku con las manos vacías y sin una solución.
Las cicatrices de su cara guardan los secretos de una vida llena de percances. Salió de su país, Ghana, hace ahora cinco años. Aún se mantenía la tendencia de cruzar por el Estrecho. Como tantos, buscaba llegar a Europa huyendo del hambre, la imparable violencia y la precariedad. Eran tiempos difíciles en el norte de su país debido a la multitud de conflictos armados entre los pueblos de esta región. Su mirada se derrumba cuando habla de la familia que tuvo que abandonar y que se había visto obligada a mudarse a la frontera de Burkina Faso. Nadie aquí suele preocuparse por las tragedias de los países menos desarrollados. A nadie le interesan.
Gracias a algunos ahorros viajó en un camión de ganado durante varios días, para recorrer el continente africano y llegar a Argelia. Por el día las temperaturas eran extremas, y por la noche paraban a descansar porque en el camión sólo cabía la posibilidad de dormir erguido. Cuando llegó al destino pasó varias semanas sin poder doblar las rodillas, las tenía agarrotadas de estar de pie todo el trayecto con sus 30 compañeros.
Una vez en Argelia, el objetivo era encontrar un trabajo para poder pagar el viaje en patera que le abriría las puertas del Viejo continente. Trabajando mucho y ahorrando más, consiguió al fin los casi mil euros que le pedían por cruzar el Estrecho. «Nunca pensé que podría conseguir tanto dinero. Aprendí el oficio de estucador y para ahorrar vivía en la calle los 5 primeros meses».
Después de un año se traslado a Marruecos, dispuesto a comprar el sueño europeo.
A los marroquíes, por alguna extraña razón, no les gustan los africanos. Le insultaban al cruzar las calles, se sentía inseguro y cuando caminaba agachaba siempre la cabeza para no meterse en problemas por su color de piel. «La policía en Marruecos me detuvo en una ocasión y me quitaron hasta las zapatillas. No podía confiar en nadie», dice.
Una vez pagada la cantidad, con el petate bajo el brazo, un marroquí sospechoso le condujo a una montaña alejada de la civilización. Era de noche y alcanzó a ver unos bultos en la oscuridad. Cuanto más se acercaba los bultos parecían multiplicarse, no sabía de que se trataba hasta que uno de ellos se movió. Sorprendido, descubrió siluetas de personas. Eran centenares de africanos en su situación. Venían de todas partes del continente: Senegal, Mozambique, Etiopía… La mayoría eran hombres de corta edad, aunque alguna mujer, incluso embarazada, se había atrevido a planear su viaje hacia Europa, sólo para que su hijo naciese con otra nacionalidad. «Estaba muy gorda y por las noches sufría muchos dolores. No teníamos comida, y aunque intentábamos alimentarla lo mejor posible, estaba muy débil», explica.
Escondidos, esperando el día en que les llamaran para viajar y abandonados a su suerte por un marroquí que los había desplumado. No sabían cómo iban a sobrevivir a la intemperie y al hambre de la montaña, y nadie les podía aportar una pista sobre cómo pasar los días sin nada que hacer, sin nada que comer, sin nadie que les dijera cuándo partían rumbo a una vida mejor.
El tiempo que pasó allí fue la época más cómoda y familiar desde que salió de Ghana. Cada poco llegaban unos y partían otros, pero todos se sentían unidos por la esperanza de sacar a sus familias de la miseria al precio que fuese, era una especie de gran familia en la que se compartía todo lo que pudiera quitar el hambre. Una noche se despertó con la cara llena de un sarpullido extraño. Mientras dormía algo le había picado, nunca supo qué fue, había demasiada fauna y flora en aquel lugar como para identificar el origen de la erupción. «No tenía un espejo para mirarme los granos, pero la cara de la gente cuando los veía no me dejaba tranquilo. Además sentía mucho picor, que con el calor del día era mucho más intenso. Pregunté si había un ‘curador’, si alguien podía ayudarme de otra forma, pero no teníamos ningún recurso», dice. Las temperaturas eran tan altas durante el día que las gotas de sudor no paraban de recorrer su cara. Alguien de allí le colocó un apósito con barro, y contra toda predicción, la reacción y la suciedad le provocaron una gran infección de la que aún hoy podemos apreciar cicatrices. No podía ir al médico: era ilegal.
Desesperación
Pasó la siembra, y la siega y la incertidumbre del momento de la partida no paraba de rondarle por la cabeza. El nerviosismo se apoderaba de él cada noche, acompañando al rugir de sus tripas, al imaginar que al día siguiente podría ser el primer día de su nueva vida.
Pero no llegaban noticias de una nueva salida. Cuando preguntaban al marroquí encargado de aquello, se encontraban con miles de excusas distintas, la mala mar, la vigilancia marroquí, las embarcaciones rotas, etc. Así, día a día, contó 9 meses en la montaña. Toda una vida fetal.
Las lágrimas parecen asomar a sus ojos cuando recuerda aquellos días. De las peores situaciones se suelen sacar los mejores amigos, o eso dicen los abuelos de la mili. Nunca volvió a ver a gran parte de sus compañeros de esos 9 meses. Unos se perdieron en algún sitio de Europa, aunque otros se quedaron en el mar. Recuerda las noches a la intemperie, recordando a su familia, rascándose la cara y soñando con poder llegar a Europa al precio que fuese. Para él, ya no existía otra opción, no había marcha atrás. Pero todo se tornó ilusión cuando por fin el marroquí les convoco para salir una noche de verano hacia Motril (Granada).
Cuando llegó al lugar indicado, había demasiada gente esperando. Concretamente, 88 seres humanos en una patera cruzaron el Estrecho esa noche. No sabían navegar, ni el rumbo o la dirección del lugar al que irían a parar. El hombre al que le habían pagado sólo les enseñó la embarcación y se encargó de que todos los espacios vacíos se llenaran de personas para que no quedase ni un milímetro para respirar, no sin antes obligarles a dejar en tierra todas sus pertenencias. Ocupaban demasiado, y no estaba dispuesto a perder una plaza de mil euros por unas bolsas con ropa. Así salió de África por fin, dejando en la costa al negociante, a su familia y toda su vida anterior.
Los catorce kilómetros que ocupa el Estrecho que une su continente natal con el nuestro tardó en recorrerlos casi 20 horas. Todo era oscuridad y silencio, y pronto el miedo apareció en su cabeza por primera vez. «Nunca pensé sentir tanto miedo al llegar a España, pero todo era muy oscuro. La gente estaba cansada de esperar tanto tiempo, los sentimientos positivos eran muy difíciles de conservar», explica mientras se rasca su nudosa cabeza.
Con los primeros rayos de sol llegó el agobiante calor. Recordaba los días en el camión de ganado, había pasado demasiado tiempo. Los pocos que aún conservaban sus camisetas las humedecían y utilizaban para evitar una insolación. Las horas pasaban y el hastío y la desesperación inundaban la pequeña pero abarrotada embarcación. La costa se divisaba, aunque parecía que la patera se dejaba mecer por las olas sin acercarse a ninguna parte. Ya entrada la tarde, con la bajada del sol, se percataron de que un helicóptero sobrevolaba la embarcación. El pánico empezó a cundir, nadie quería volver después de todo el trabajo que les había supuesto llegar. Sintió que tocaba el cielo con las manos y se le escurría entre los dedos antes de poder disfrutarlo.
Pronto aparecieron lanchas de algún cuerpo de seguridad español que ninguno de los viajeros pudo identificar. Nadie sabía ni una sola palabra en castellano. Les acompañaron hasta la costa, donde afortunadamente un equipo de la Cruz Roja les esperaba con agua, víveres y suficientes medicinas para curar las deshidrataciones que sufrían la mayoría de ellos. Se sintió acorralado, no sabía a qué lugar le llevarían después, aunque algo estaba claro: nadie tenía que percatarse de la patera y no había sido así, por lo que las cosas ya empezaban a torcerse.
En un ataque de valentía, mientras que algunos comían, otros recibían atención sanitaria y otros simplemente descansaban, una idea pasó por su mente durante una milésima de segundo. Se escapó. «Aún no sé de dónde saqué las fuerzas para salir corriendo por detrás de los médicos. Me dije: ‘Esta es la única oportunidad. O ahora o nunca’», cuenta. Pasó varias semanas escondido cual prófugo, entre la maleza de los invernaderos de chirimoyas motrileñas. «Por lo menos tenía comida», comenta mientras ríe por primera vez.
Al fin consiguió llegar a una ciudad. La primera, Almería. La siguiente, Murcia. Aquí lleva tres años trabajando sin contrato. Al principio, la construcción como a muchos otros le servía para mantenerse. Pero la crisis llegó, la construcción quebró y ahora vende CD por los bares e intenta conseguir un contrato sin que algún aprovechado le estafe.
El sueño europeo no era más que eso, un sueño. Aunque por lo menos no era la pesadilla de un pueblo en situación de guerra constante. A pesar de todo, le gustaría que sus hermanos vinieran a España a vivir como él, ya que por lo menos ha conseguido que mantenerse vivo no sea su principal preocupación. Podría ser uno de tantos que mantuvieron parte de la economía sumergida del país, algunos de los cuales se juntan con él por las tardes para jugar al fútbol en el Parque de la Fama con sus camisetas del Barça. Su sueño era ser como Etoó…
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