El problema de la venta irregular | Inmersión en el zoco irregular
República mantera
Los comerciantes ilegales han fijado sus propias leyes en la plaza donde el Ayuntamiento de El Vendrell les permite vender sus productos falsos, que tienen una buena acogida.
El Periodico, 18-08-2010La entrada a la plaza de la Lluna, a 50 metros del paseo marítimo de Coma – ruga, el barrio playero de El Vendrell, es desafortunada. El primer vendedor de top manta está leyendo EL PERIÓDICO, la página sobre la polémica que él y sus compañeros han generado. Bueno, ellos no, el alcalde, por dejarles vender aquí impunemente todo tipo de artículos falsos. «Sois famosos, todo el mundo habla de vosotros», le dice una mujer. «Sí, eso es bueno. Todos comprar aquí», le contesta el joven.
El periodista, vestido como un turista veraniego más, le hace unas fotos con una pequeña cámara digital. Hasta que aparece el jefe de la plaza, el que lo controla todo, un senegalés fornido y calvo de unos 1,80 metros. «¡Fotos no! ¡Hay que borrarlas!». El periodistas – turista le pregunta si es policía. La respuesta es que no, pero que «fotos son problemas». Quiere coger la cámara. «Borrar, borrar». El turista accidental accede para evitar problemas y para poder pasear luego tranquilamente dos horas más por la plaza.
Bienvenido a la república mantera. De ser perseguidos, los vendedores han pasado a establecer su zona franca con sus propias leyes. La primera: cámaras no. Un coche de la policía local pasa por la concurrida calle que hay delante, pero ni se detiene ni ningún agente baja del coche. Tres chavales, Santi, Rafa y Nicolás, «flipan», según dicen. «El año pasado les perseguían a porrazos por el paseo, y ahora tienen su mercado en la plaza». Uno donde Santi acaba de comprarse unas gafas de sol, unas Ray – Ban, por ocho euros. «Todo aquí es más falso que un billete de tres euros», sabe el propio Santi, «pero estas gafas son muy chulas».
Y así, todo. Artículos de lujo, sobre todo. Relojes falsos Montblanc y Breitling por 20 euros, aunque el vendedor rápidamente baja a los 15 –100 veces menos que el precio de un original–, que es el precio de salida de los polos de Lacoste y Ralph Lauren y de los bolsos de Dolce & Gabana y Carolina Herrera, aunque por algunos piden hasta 40 euros; son los productos más caros, junto a supuestos zapatos Bikkembergs.
A las ocho de la tarde, un centenar de vendedores han expuesto su repetitiva mercancía y en cada puesto, en cada manta, el precio es igual. No hay competencia, sino un cartel bien coordinado. El jefe fornido y unos ayudantes controlan el recinto. «Está bien aquí, pero en el paseo vendíamos más, pasaba más gente», dicen todos. Aun así, el negocio es continuo. «Tengo una tienda, y si fuera comerciante de aquí, también me quejaría, pero esto es casi irresistible», dice una turista que acaba de comprar un bolso de YSL por 15 euros.
A un joven vendedor le acaban de colar un billete falso de 50 euros. Cuando se da cuenta, persigue a la supuesta estafadora. La encuentra y se escuchan unos gritos de alarma: seis subsaharianos rodean a la joven mujer con carrito de bebé. «¡Pero yo qué sabía!», grita ella. Los vendedores la obligan a pagar con un billete auténtico. Después, se va corriendo, expulsada de la república mantera. «¡Como si fuese una delincuente!», chilla.
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