Cada día los ´top manta´ cogen el mismo tren para desplegarse por las playas con su mercancía
"Este negrito es mío"
La Vanguardia, , 17-08-2010Son las diez y media de cualquier mañana de verano. En la estación de Torredembarra, el pasaje, unas 40 personas, tiembla, y no de frío. No sólo esperan al tren más impuntual de la línea que une Tarragona y Barcelona, también es el que va más lleno. Los expertos viajeros que cada día se suben a este tren se colocan estratégicamente en el lugar donde parará el vagón de cola. Es el lugar donde muchos ´top manta´ se refugian de las ansias recaudatorias del revisor. La mayoría ha subido en Salou y prácticamente ninguno viaja con billete.
Los pasillos van abarrotados de viajeros, turistas y maletas que no caben en un Catalunya Exprés que ha perdido la mitad del fuelle por el camino. Una señora, de las que suben y bajan cada día a Barcelona, planifica su táctica y se coloca ante un joven africano cómodamente sentado. Sabe que bajará en Sant Vicenç de Calders, y con un poco de suerte, la incomodidad apenas le durará diez minutos. Entre apretujones y zarandeos, la mujer pierde su plaza estratégica a favor de otra, que esboza una sonrisa triunfante ante la inminencia de conseguir un asiento. “Señora, este negrito es mío”, le espeta la desplazada. Pero la sangre no llega al río y la mujer recupera su puesto mientras la segunda, a empellones, va en busca de su seguro de asiento.
Y hay muchos “negritos” donde elegir. Cuando comienza a despuntar el calor, todos los días, sin falta, suben a este tren para ir distribuyéndose por toda la costa. Es el tren del mantero,como lo llaman muchos viajeros, aunque nunca nadie les ha visto desplegar su mercancía dentro del tren. Bajan en tropel en la estación de Sant Vicenç cargados de bultos, mochilas y bolsas de viajes que vivieron tiempos mejores. Algunos se quedan. Otros cogen un cercanías para distribuirse por otros pueblos. Un despliegue que también hacen en invierno por los mercadillos, en menor volumen, aunque con las mismas tácticas. Sin billete y en los últimos vagones para esquivar al revisor.
Durante el verano, a ellos se les suman ellas, equipadas con sillas e hilos de colores para desplegar sus trenzados por las playas. “El problema es cuando te equivocas y confundes por el color a un ´top manta´ con un turista normal. Entonces ya no estás a tiempo de reaccionar y te quedas sin asiento”, explica la señora ya cómodamente sentada. Y aprovecha para quejarse de Renfe, del olor a humanidad que flota en el ambiente y de los que no compran billete, como los manteros que acaban de liberar los asientos. Los revisores se conocen ya el cuento y actúan según el día.
“El primero que pillas intenta retrasarte al máximo posible, primero haciendo ver que ha perdido el billete y después pagándote con monedas pequeñas para dar tiempo a sus compañeros a escaquearse”, explica el revisor.
La situación se repite a la vuelta. El tren que sale de Sants a las 21 horas repleto de turistas se desborda en Sant Vicenç, donde los manteros vuelven a casa. Y si es fin de semana, compiten con los jóvenes que van de marcha a ver quién esquiva primero al revisor. Nunca en un tren se hicieron tantos buenos amigos.
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