Lecciones para quien quiera aprenderlas
Diario Sur, , 15-08-2010DESPUÉS de que las vacaciones de Michelle Obama levantaran ríos de tinta a uno y otro lado del océano, ha llegado el momento de reflexionar sobre las consecuencias y las lecciones del viaje. En primer lugar, el impulso promocional que han experimentado Marbella, la Costa del Sol y el sur de España en su conjunto. Aquí puede haber opiniones para todos los gustos, pero estos son los destinos que mayoritariamente aparecieron reflejados en los medios de comunicación de Estados Unidos, aunque cada uno quiere vestir la burra a su gusto antes de venderla con la sempiterna pasión autóctona por trazar fronteras, reivindicar la aldea y volcarse con fruición a dividir antes que a sumar.
Quedan también algunas lecciones aprendidas, para quien quiera aprenderlas. Mientras de este lado del Atlántico cada uno intenta arrimar el ascua a su sardina, más allá del océano el debate que ha persistido es el de cómo se gasta el dinero público. No porque la mujer del presidente norteamericano no se haya pagado las vacaciones de su bolsillo, sino por la movilización de recursos que supone cualquier desplazamiento suyo en materia de seguridad. La prensa conservadora ha pegado duro y flojo, y la más cercana al presidente le ha quitado hierro al asunto.
La columnista del Chicago Sun Times Lynn Sweet, considerada una de las personas mejor informadas acerca de Michelle Obama, ha asegurado en su blog que la primera dama no vino acompañada de 40 amigos como se dijo, sino de dos, una de ellas la ginecóloga que la atendió en el parto de sus hijas y que le propuso el viaje tras haber perdido recientemente a su padre. Las tres mujeres iban acompañadas de cuatro menores, incluida la hija pequeña de Obama. El resto de la comitiva lo componían seis personas del equipo de la Casa Blanca y dos del propio equipo de Michelle Obama, entre ellas su asistente personal. Todos los demás, según la información de Lynn Sweet, eran miembros del equipo de seguridad.
En los restaurantes de Marbella donde comieron, los miembros de la comitiva pidieron que la cuenta se dividiera en 14 partes, y cada uno pagó lo suyo ante la sorpresa de los camareros acostumbrados a atender a cargos públicos españoles.
Más allá de la admiración, e incluso la envidia, que el cuidado del dinero público en otras geografías pueda despertar en estos lares, hay algunas lecciones que pueden sacarse del viaje. Fueron muchos los políticos de nivel municipal y autonómico que intentaron inmortalizarse junto a la primera dama. Todos fracasaron. Una foto con una celebridad en Estados Unidos sólo se consigue después de un laborioso trabajo y en algunos casos de dejarse un dinero importante en agencias de comunicación y relaciones públicas.
Aquí hubo quien creyó que era cuestión de presentarse en el lugar con un regalo en la mano y la sonrisa en la boca. O de dejarse caer por el itinerario de la visitante no sin antes convocar a los fotógrafos. Se vieron escenas que invitaron al bochorno. Hubo también quienes sabían que no podían acceder a la primera dama, por lo que prefirieron fotografiarse con el regalo que le enviarían. Que también, como las fotos, serían rechazados. Fueron demasiados los políticos que no consiguieron retratarse con Michelle Obama y que, sin embargo, quedaron retratados. Ellos mismos y lo que entienden por hacer política, que al parecer consiste en hacerse fotos.
Llama la atención el contraste entre el fracaso individual de los políticos que intentaron rentabilizar el viaje para su imagen y el éxito colectivo que supuso la visita para la promoción turística de Marbella y la Costa del Sol. De ese contraste surge una lección a aprender. A veces es mejor que los políticos no aparezcan.
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