Con la luna de Valencia como techo

Las Provincias, FERNANDO MIÑANA | VALENCIA., 01-08-2010

Una publicidad enorme cubre toda la fachada de Mestalla que recae sobre la avenida de Aragón. ‘Vosotros sois el Valencia’ es el mensaje que preside el cartel en el que aparecen unos hinchas del equipo de fútbol. Pero si uno baja la mirada y escudriña bajo los soportales del estadio dan ganas de hacer algunos cambios y reescribir la leyenda: ‘Vosotros también sois Valencia’. Allí vive media docena de personas sin techo. Éste es sólo uno de los núcleos donde se concentran cada noche los indigentes que duermen a la luna de Valencia.

El Ayuntamiento vela por ellos a través del CAST (Centro de Asistencia a Personas sin techo), una entidad dotada de médicos, trabajadores sociales, psiquiatras y psicólogos que colabora con los X4, el grupo especializado de la Policía Local, para tener controlados y censados a los vagabundos. El CAST intenta asistirles y, salvo excepciones, los coloca en los diferentes albergues que hay en la ciudad. Algunos no quieren o no pueden integrarse por diferentes motivos y son los que forman la población de 80 personas que tiene fijada su hogar en la calle.

Además de esos ciudadanos sin casa (o al menos lo que se entiende por una casa convencional, con cuatro paredes y un techo), el CAST ha asistido este año, desde enero hasta junio, a otras 599 personas. Sólo 52 de ellos son ciudadanos de Valencia. La mayoría está de paso y muchos trashuman de un sitio a otro en función de las temporadas agrícolas.

Esos 600 sin techo superan la cifra del primer semestre de 2009. Lo fácil es achacar el incremento a la crisis. Pero la alteración ha sido mínima y, según explican los entendidos, la economía no es el principal motivo que empuja a una persona a la calle. Así, al menos, lo entiende la máxima autoridad en la materia, Inma Soriano, la directora del CAST. «Ahí no se llega en un día ni en dos. Son muchos los factores que influyen y el económico no suele ser el definitivo», aclara.

Para condenarse a esa prisión sin barrotes que es la calle, hay que tener algo más que los bolsillos vacíos. «¿Quién no sabe salir de un problema económico? Aunque uno pierda el empleo y hasta la casa, siempre queda la familia. Y aún sin ella, siempre queda valor para salir adelante, para buscarse la vida. El que acaba en la calle, generalizando mucho, es alguien con problemas de drogas o alcohol, o con discapacidades psíquicas. La gente no acaba en la calle por la crisis», advierte Soriano. La gente que queda a merced de la calle es gente que «ha cortado los hilos», como explica la directora del CAST, con la familia, el trabajo y la salud. Aunque en este ámbito no hay modelos. «Cada persona es un mundo y hay muchas tipologías diferentes».

Apuesta por Bienestar Social

La edil Marta Torrado, en cambio, sí piensa que la crisis mora en la calle. Al menos es la explicación que encuentra a que su concejalía sea, junto a las de Empleo y Educación, de las únicas a las que Rita Barberá no ha recortado su presupuesto anual sino que lo ha ampliado. «La alcaldesa ha querido que ofrezcamos todos nuestros recursos a esa gente que no tiene con qué vivir».

Ajenos a los discursos políticos, cada día, cuando cae el sol, decenas de transeúntes regresan a sus rincones, a sus diminutos hogares de cartón. Su bolsa es ligera y tener más no siempre es mejor. Cuantas más pertenencias, mayor carga. Y ahí está el engorroso carro del supermercado, repleto de mantas, ropa vieja y objetos aparentemente innecesarios, sus fetiches de hierro o madera, como muestra. La mayoría – 496 de los 599 atendidos este año – son hombres y casi una cuarta parte – 144 del total – son extranjeros en riesgo de exclusión social. Y sólo uno de cada cinco presenta buen estado; los demás sufren deterioros de salud, patologías mentales, alcoholismo o drogodependencia.

En esos rincones compartidos, en muchos casos, con ratas y cucarachas, los mendigos reciben a menudo la visita de los X4, la policía de paisano que, según las circunstancias, los observan como amenaza o como amenazados. El alcohol, las drogas o los transtornos psicológicos pueden convertirlos en molestos vecinos, pero también hay momentos en los que, en la soledad de la noche, son ellos los que perciben el peligro de un visitante indeseable.

Todos, unos y otros, reciben el amparo del CAST, motivo de orgullo para Marta Torrado, quien confía plenamente en este centro para que nadie pueda sentirse desasistido. «Cualquier persona que llega a Valencia ciudad y no tenga donde dormir o algo que comer, debe dirigirse al CAST, que cuenta con más de 400 plazas de acogida y que, si fuera necesario, podría conseguir algunas más», informa la edil valenciana.

Análisis individualizado

El grupo interdisciplinar de profesionales del CAST , con la ayuda policial, realiza una sutil investigación para conocer al indigente en profundidad. Este equipo valora sus necesidades y, en función de éstas, los deriva a los comedores sociales y a los albergues de entidades colaboradoras como Cáritas o Casa Caridad. «El albergue no es el fin», se apresura a apuntar Inma Soriano. «Nuestro objetivo es que durante el tiempo que estén bajo nuestro amparo cumplan unos mínimos de normalización, que ese tiempo nos sirva para trabajar con ellos, que aprendan a cumplir unas normas, a hacer sus ‘deberes’. Nosotros les hacemos unas propuestas y ellos las tienen que cumplir».

O sea, que un albergue no es una residencia donde pacer sine díe. Del mismo modo que avanzar en la reintegración de una persona no asegura nada. «Ésta es una población que está muy cascada y tiene un perfil muy crónico: pasan temporadas buenas y luego vuelven a la calle». El indigente, a veces, llega un momento en el que se cansa del albergue, de sus normas, de la convivencia. Llega un día en el que el cuerpo le pide aire, necesita esa sensación de libertad, de soledad temporalmente placentera, el inicio de nuevos problemas.

Pero no siempre son los sin techo los que abren las puertas para marcharse. A veces también hay expulsiones. El motivo más común para despedir a un vagabundo es la droga. Si no logra cortar de raíz con su depedencia acaba convirtiéndose en un serio problema y entonces lo más aconsejable es dejarlo a la deriva en la calle. «No podemos obligar a nadie. Es como aquellos que no están dispuestos a desprenderse de su perro y se les tiene que denegar una plaza en el albergue».

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