«Aquí vivimos peor que los animales»
Las Provincias, , 01-08-2010Abdelkhalah tomó una decisión hace 14 años que dio una voltereta a su vida. Un buen día pensó que la única forma de salvar a su familia era subirse a una patera. Así que se armó de valor y realizó el viaje más incierto. Embarcó en Tánger y bajó en Tarifa. Entre medias, horas de interminable sufrimiento. «Pasé mucho miedo, pero no tenía otra salida». Ya en España, trepó por el mapa hasta llegar a Tarragona. Allí encontró el oasis con el que había soñado: un trabajo, dinero, una casa. Y un permiso de residencia que le permitió regresar a Larache, unos 85 kilómetros al sur de Tánger, para recoger a su familia y llevársela a España.
Pero el destino escondía nuevas penurias. Pasó el tiempo y llegó la crisis. El empleo comenzó a escasear y sus reservas menguaron de forma alarmante. La situación degeneró de tal forma que acabó perdiendo el pulso. Primero fue el trabajo, luego la casa y, finalmente, desesperado, tuvo que devolver a la familia a Marruecos. Abdelkhalah comenzó a deambular de aquí para allá hasta que encalló en Valencia. «Estaba cogiendo cebollas cerca de la ciudad, pero aquello también se acabó. No ganaba ni un euro a la hora».
Abdelkhalah, que tiene papeles, se vio en la calle, solo, sin recursos. Y acabó estableciendo su hogar a la sombra de Mestalla, junto a otros seis o siete mendigos, en raquíticas guaridas de cartón. «Esto no es vida. Aquí vivimos peor que los animales». Pero se resiste a tirar la toalla, a gastar sus últimos euros en un viaje de regreso a casa, arruinado, derrotado. «Éste era el proyecto de mi vida. ¿Cómo voy a volver así, con las manos vacías?».
Esta semana vivió un infeliz cumpleaños: 40 ‘tacos’ y mucha pobreza. A su lado está Mohamed, 47 años, una copia maltrecha. Los dos cocinan cada tarde lo poco que tienen. Tres latas sujetan una sartén y, en medio, un bote lleno de alcohol arde a modo de fogón. Una lata de sardinas aporta el aceite que no se pueden permitir. «Hoy sólo he ganado unos pocos euros. No hay trabajo e intento ganarme la vida aparcando coches, pero la policía me pone muchos problemas. Yo creo que es mejor hacer eso que robar o traficar. Ya estuve el año pasado en la cárcel y no volveré a cometer el mismo error». Abdelkhalah hace tiempo que dejó de creer en la caridad institucional. «A mí no me dejaron estar en los albergues más de una semana. A los negros, en cambio, les dejan estar meses, les dan pisos, les dejan llamar por teléfono, y nosotros, mientras, estamos aquí muertos de asco. Yo estoy enfermo (y muestra los diagnósticos médicos) y ni siquiera me proporcionan las medicinas». El marroquí lamenta que no respeten ni su humilde reducto. «Muchas veces, cuando volvemos por la tarde, la policía nos ha quitado el colchón y la ropa. Es lo único que tenemos, no es justo. Nosotros no molestamos a nadie, incluso el día que hay partido, nos vamos para no incomodar».
Abdelkhalah, en cambio, sí cree en los individuos. «Los valencianos, en general, son muy generosos, el problema es que en verano se van muchos y no queda casi gente a la que pedir. Los que trabajan en el estadio nos dan todo lo que les sobra y nos cuidan. Les estamos muy agradecidos». A pesar de comer cuando puede y tener problemas para conseguir sus medicamentos, una de las cosas que peor lleva es la higiene. «En verano no hay problema, te lavas en cualquier fuente, pero en invierno te cobran tres euros en cualquier piscina por una ducha». Aunque lo peor no es tangible. «Lo peor es cuando empiezo a darle vueltas a la cabeza. Mira en qué se ha convertido mi vida…».
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