El fuego se ceba con las chabolas

La Verdad, ANTONIO PÉREZ HERNÁNDEZ a.perez@laverdad.es, 29-07-2010

Tres inmigrantes observan con desolación el estado en que quedaron bicicletas y otros enseres que fueron pasto de las llamas. :: VICENTE VICENS / AGM

Son los pobres entre los pobres, excluidos entre los excluidos. Inmigrantes de etnia gitana procedentes de Bulgaria y Rumanía, sin apenas nociones de español y dedicados en su mayoría a la venta de chatarra y a pedir limosna en la vía pública, se agrupan en un poblado chabolista de Patiño, junto al Makro y al instituto de la localidad, a los pies de la autovía. Sus paupérrimos hogares, levantados con palés y otros materiales abandonados, fueron ayer, una vez más, pasto de las llamas.

Entre cuatro y seis chabolas quedaron calcinadas tras el incendio que en torno a las dos de la tarde se produjo en el poblado. Afortunadamente nadie resultó herido.

Además de al conjunto de chabolas y a una casa de huerta abandonada, el fuego afectó a una línea de media tensión – el suministro eléctrico hubo de ser cortado para posibilitar el trabajo de los bomberos – y a entre 12.000 y 15.000 metros de arbolado, compuesto por pinos, cipreses y eucaliptos, matorral y huertos colindantes según informó el servicio municipal de Bomberos.

El foco del suceso es desconocido para los bomberos que acudieron a sofocar las llamas y se encontraron «varias chabolas ardiendo al mismo tiempo y una gran bola de fuego», pero los inmigrantes que residen en la zona lo atribuían a que una familia «estaba haciendo la comida». A 40 grados y rodeados de matorral, cocinar es temerario.

Tanto es así, que los incendios en el poblado son constantes. El último tuvo lugar hace apenas 20 días con similares consecuencias. «Cada dos por tres hay un incendio», contaba un vecino de un inmueble cercano, que se acercó al descampado «asustado» por la gran columna de humo que se formó – y que llegó a complicar la circulación en la autovía – y con «mucha pena por cómo viven».

Entre los hastiados por los frecuentes incendios, los propietarios de los huertos afectados y las viviendas unifamiliares cercanas al poblado. En una de ellas, una mujer tuvo que ser atendida por los servicios sanitarias debido a una subida de tensión. Igualmente hartos, los inmigrantes de origen ruso que habitan una casa colindante al poblado afectada por los últimos incendios, que pedían que «entre un tractor y retire las chabolas».

La situación parece haber colmado la paciencia de las autoridades. Así se desprende de la orden de desalojo que la Policía Local comunicó a los residentes del poblado y de la presencia en el solar del abogado del propietario del terreno.

Los chabolistas, incluso los inquilinos de las infraviviendas no afectadas por el fuego, se afanaron por recoger sus enseres, al menos durante la presencia de los efectivos policiales, salvados de las llamas. Aunque ninguno decía saber a donde ir. Incluso había alguno que hablaba de «volver a mi país», pero a renglón seguido reconocía «no tener dinero» para costearse el viaje.

Sin perder la sonrisa

Entre un secarral de maleza lista para prenderse con sólo mirarla, el descampado, impregnado de olor a quemado, que aloja el poblado chabolista es una ventana al tercer mundo en un extrarradio del primero. Con todo, era el hogar de Yuri, un joven búlgaro que a media tarde de ayer se dedicaba, con la ayuda del esqueleto de un cochecito de bebé, a trasladarlos los restos no chamuscados de la chabola de su familia. Lo primero que retiró, la chatarra que aún podrá vender: Varias persianas venecianas y cables de ordenador. Después los colchones aún utilizables y una alfombra. Y al final sus pertenencias personales, apenas un hatillo.

En el ‘resort’ de estos conciudadanos europeos el lujo consiste en tener un calefactor, un ventilador o incluso un equipo de música. Electrodomésticos que se podían ver entre los restos del incendio y que muestras la irregular conexión a la red eléctrica de estas viviendas, otra de las posibles causas del suceso. Pese a que muchos habían perdido sus únicas posesiones y el resto se veía obligado a hacer de caracol e irse con la casa a otro descampado, las sonrisas resistían en sus rostros.

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