Racismo, un peligro en alza
El Correo, , 20-07-2010La salvaje agresión sufrida por varios senegaleses (qué terrible para quienes, como en el caso de Senegal, hacen de la ‘teranga’, la hospitalidad, su virtud más conocida) en una empresa siderúrgica instalada en el alavés polígono de Lantarón, no ha hecho sino constatar algo que muchos nos temíamos hace tiempo. Que determinados discursos contrarios a la presencia de trabajadores extranjeros, con argumentos tan falsos como populistas, unidos a la profunda crisis económica que se vive en todo el Estado, iban a acelerar la aparición de comportamientos que, superando una primera fase de xenofobia pasiva, dieran pasos en la línea de lo que podríamos denominar un racismo activo y militante.
No nos equivoquemos y pretendamos con ello tranquilizar nuestras conciencias; la acción cometida por estos desalmados, que en su estupidez seguramente se creerán portadores de los sagrados valores de la civilización europea, no podría haber llegado a ser tal si no es azuzada desde hace años por un discurso social que ha hecho del etnocentrismo su eje vertebrador. Somos los mejores y todo lo malo viene de fuera. La culpa es de los ajenos a nuestro grupo, de los otros, de quienes al no ser originarios de aquí no están capacitados para adaptarse o integrarse entre nosotros. La otredad se convierte así en justificación para arrojar contra ellos todos los estereotipos que la historia ha acuñado durante siglos y de los que, a pesar del Holocausto judío, de los asesinatos del Ku Klux Klan o de los horrores de Sbrenica, al parecer no hemos aprendido nada. ‘Es que son todos delincuentes’, ‘En sus países están acostumbrados a la violencia’, ‘Es que saturan Osakidetza’, ‘Con la crisis que hay nos quitan el trabajo a los autóctonos’, ‘Claro, como les dan un montón de ayudas sociales’, ‘Nosotros tenemos muchos más jóvenes no acompañados que otras comunidades’, ‘¡Que no vengan más!’.
Taguieff ya explicó de manera clara y contundente las novedades y engaños que presenta el nuevo discurso del nacionalismo europeo (no sólo el de Le Pen, sino también el iniciado por Haider, Bossi, entre otros) en comparación con la ideología racista tradicional. En el nuevo discurso encontramos una sustitución del concepto de raza por el de cultura, de biologización por culturización. La defensa de la raza es sustituida en estos tiempos por un discurso que hace del respeto a las ‘identidades grupales auténticas’ y del ‘desarrollo separado’ su bandera. Como también recuerda Ramón Flecha con frecuencia, el nuevo racismo europeo, promovido por el nacionalismo de grupos de extrema derecha pero al que se acercan peligrosamente partidos considerados democráticos, hace del hecho diferencial su leit motiv.
Pero no nos quedemos tan sólo con lo que ocurre allende los Pirineos, acerquémonos un tanto a nuestra propia realidad. Tanto el nacionalismo español como el vasco beben de fuentes primigenias que anclan sus raíces en las teorías del castellano viejo libre de sangre mora o judía, o en los delirios de Sabino Arana sobre nuestra pureza vasca amenazada por los maketos. Todos estos discursos, aunque sus autores lo nieguen, alimentan comportamientos que hacen del amor por lo propio una peligrosa herramienta social. Nunca he entendido, y menos en una sociedad supuestamente avanzada en pleno siglo XXI, que el amor a mi cultura deba llevarme a la antipatía, el desprecio o el odio hacia el otro. Repito, y sé que me enfrento a lo políticamente correcto, que determinados discursos no hacen sino espolear el lado más oscuro del hombre. Lo ocurrido en la antigua Yugoslavia fue una buena muestra. Por favor, no caigamos de nuevo en ello. Quien azuza a un sector de la población contra otro, quien quema los símbolos del diferente, quien comienza lanzando insultos en un campo de fútbol, quien se regodea menospreciando a su vecino, quien ridiculiza el color, la lengua, la religión o la ideología del otro puede dar perfectamente el paso definitivo hacia la agresión o el asesinato racista. Como recuerda Maalouf, «quienes construyen esos discursos son los verdaderos autores de las matanzas».
Entre el joven ‘patriota’ neonazi que apalea a un pobre negro o es capaz de acosar a un aficionado de la Real Sociedad al grito de ‘puto vasco’, y un joven ‘abertzale’ capaz de apalear a un chico que celebra la victoria del Mundial con la camiseta de ‘La Roja’ y escupirle la consabida frase ‘puto español de mierda’, no hay ninguna diferencia.
Los dos han arrojado su hecho diferencial, con todo el odio que les han inoculado, contra el diferente.
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