La epidemia de los gorrillas
Las Provincias, , 11-07-2010Inmigrantes, desempleados, jóvenes, mayores, hombres, mujeres… No hay forma de controlarlos y los gorrillas se están expandiendo como una mancha de aceite de norte a sur de la ciudad.
Hasta ahora sólo se aparecían en momentos puntuales, cerca de la playas y en solares con posibilidad de aparcar. Sin embargo, la crisis económica y el paro ha multiplicado la presencia de los molestos y en muchas ocasiones violentos aparcacoches que no dudan en dañar los vehículos si el conductor se niega a darles una propina. «Es cierto que hay y más que van a haber con el paro que hay. Estamos trabajando constantemente para solucionar el problema, pero nosotros llegamos hasta donde podemos», afirmó ayer el concejal de Policía, Miquel Domínguez.
Hasta hace unos años, los aparcacoches sólo se encontraban en el entorno de los hospitales, los centros comerciales o las concentraciones masivas de ciudadanos. Pero junto a estos lugares, en calles céntricas donde ya existe la zona de la ORA y el conductor debe pagar por aparcar, los gorrillas también están presentes e intentan cada día ganar dinero con los donativos de los ciudadanos y con la misma mecánica en diferentes puntos de la ciudad.
LAS PROVINCIAS observa durante toda una jornada como operan estas personas.
Son las 8 de la mañana y comienzan a llegar los gorrillas, inmigrantes de origen africano, a las calles Profesor Beltrán Báguena y Joaquín Ballester, en la zona de Nuevo Centro para atender a los primeros «clientes», que se dirigen al IVO, al área comercial o a los distintos hoteles de la zona. Es pronto y ya hay trabajo pero aún no es una tarea muy agotadora porque todavía no tienen que correr para conseguir la plaza libre. Hay muchos puestos vacíos. Los chicos se dividen la calle en plazas para aparcar y cada uno se ocupa de una zona, prefieren trabajar juntos a tener algún problema entre ellos. Incluso, hay algunos que envían a los conductores hacia lugar donde hay compañeros suyos con un lugar vacante.
La hora punta se alcanza alrededor de las 11, momento en el que empiezan a llegar los clientes al centro comercial que deciden no aparcar en el parking para no pagar la tarifa y prefieren el lugar del gorrilla. Es entonces cuando comienzan las carreras.
En cuanto ven que un vehículo se marcha, se lanzan hacia allá para que no llegue antes ningún otro conductor. Si eso sucede, se plantan al lado del vehículo como si el mérito de encontrarlo hubiera sido suyo pidiendo su recompensa, algo que no siempre sucede en este caso. Pero ellos no destrozan el coche como pasa en otras zonas, entienden que nadie está obligado a pagar por ello y se resignan a esperar la siguiente oportunidad.
De pronto aparece un coche de la Policía Local, entonces es cuando ellos comienzan a desaparecer entre las calles, disimulando, como si nada malo estuvieran haciendo, mientras se hacen señales unos a otros. Se escabullen hasta que las autoridades desaparecen y pueden volver al «trabajo». Sobre las tres de la tarde comienzan a aproximarse hasta la zona otros compañeros, llega el cambio de turno y acaba una larga y calurosa mañana aparcando coches.
La tarde sucede con la misma rutina, aunque con diferentes caras. Turnos de trabajo, descansos y unas estricta organización. Sin duda, se comportan como se tratara de una gran empresa dividida por sectores. En este caso, el producto son los ciudadanos que únicamente tienen dos opciones: o darles una propina o negarse y arriesgarse de encontrarse destrozado su vehículo.
El turno de noche también existe y se concentra en las zonas de ocio. El Carmen, la plaza del Cedro, el puerto o Cánovas, en todas estas zonas aparecen aparcacoches ilegales en busca de sus potenciales clientes. «Yo habitualmente les pongo una excusa, les digo que no llevo suelto y que a la vuelta les doy. Parece que así no me hacen nada al coche y me evito darles dinero», comenta Amparo una joven que acude a la zona de ocio de la plaza del Cedro.
El Ayuntamiento ha incorporado en la ordenanza de tráfico sanciones contra los aparcacoches ilegales, además de completarla con la normativa desarrollada por la Federación Valenciana de Municipios y Provincias. «En estos momentos la estamos analizando y comprobando los puntos que podremos incorporar», afirmaron fuentes de la concejalía de Policía.
Las multas oscilan entre los 150 y los 1.500 euros, pero el principal problema es la reacción de los ilegales. En cuanto los multan se declaran insolventes y no pagan la sanción. Al día siguiente ya están de nuevo en su lugar de trabajo y se preparan para dirigir el tráfico a diestro y siniestro. De nuevo, los agentes los sanciona y se produce la misma dinámica. Tras múltiples reincidencias es cuando el agente de la Policía Local los denuncia por desobediencia y llegan hasta el juez. A partir de este momentos son pocos los que acaban en prisión. «Nuestras competencias finalizan ahí y si la Fiscalía no resuelve nada y no se implica más no podremos erradicar esta situación», aseguró Miquel Domínguez.
El Ayuntamiento, por tanto, exige más mano dura en los juzgados donde se deben resolver los casos y darles más salida para evitar que se generen muchos más casos.
La Policía Local es consciente de las múltiples quejas de los ciudadanos, «de hecho tenemos fichados a varios gorrillas violentos del barrio del Carmen, pero no podemos hacer nada porque aunque los denunciamos no tenemos más opción», añadió el concejal.
Más trabajo en verano
Estos días, la Policía Local trabaja con más intensidad en el paseo Marítimo y en el entorno de la Alameda donde la actividad ilegal es constante. En cuanto los ciudadanos se acercan al paseo, un ejército de aparcacoches comienza a atraer a los clientes hacia los lugares libres mientras esperan que les den un donativo.
Para muchos gorrillas esta es la forma con la que tienen para subsistir. Aseguran que la mayoría de ellos nunca coaccionan, sólo se quedan en la zona a la espera de que los conductores les ofrezcan unas monedas. Insisten en que si no ejercieran este trabajo comenzarían a robar para poder subsistir. «No hacemos mal a nadie y si alguien no quiere darnos dinero, no pasa nada», explica un joven en la playa.
La única solución para acabar con esta situación, a juicio de la Policía Local, es no ceder. «Si los conductores no dieran dinero dejarían de actuar. Cada uno decide qué hacer y si se produjeran daños en los vehículos deberían denunciarlo inmediatamente. Se debe poner freno a esta situación», dijo Domínguez.
El resto de ciudades españolas han padecido años atrás esta situación y con la actuación policial han logrado controlar el problema. Valencia, sin duda, sufre la mayor avalancha de gorrillas que ha tenido en muchos años. El Ayuntamiento, no obstante, espera controlarlo y reducir su presencia en los próximos meses para el bien de los ciudadanos y para los turistas que también los sufren.
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