La impunidad policial incendia las calles de California

El Correo, MERCEDES GALLEGO CORRESPONSAL, 10-07-2010

Tan pronto como se corrió el rumor de que el jurado tenía una sentencia, las calles del centro de Oakland se convirtieron en un tumulto de gente que abandonaba sus trabajos para volver a casa antes de que prendiese la violencia. Así de poca fe tenían estos californianos en que un policía que mató a un afroamericano por la espalda recibiera una condena acorde.

El jurado había tardado apenas seis horas en deliberar su veredicto de muerte accidental, pese a los numerosos vídeos de los testigos que vieron al agente Johannes Mehserle pegar un tiro en la espalda a Oscar Grant III cuando ya lo tenía controlado, con la cara en el suelo, e intentaba ponerle las esposas.

El policía, que ahora tiene 28 años, alega que creyó estar empuñando una pistola Taser de descargas eléctricas para inmovilizarlo. El juez que llevó la vista preliminar determinó que Mehserle no podía haberse equivocado, no sólo porque el arma de descargas eléctricas pesa mucho menos, sino porque la empuñan con la mano izquierda mientras que en el vídeo se le ve agarrándola con las dos manos, como haría con la semiautomática que disparó.

«Te llamo luego, nos están pegando por la cara», dijo Grant a su novia mientras regresaba a casa el 1 de enero de 2009. El joven y un amigo habían sido arrastrados fuera del vagón y el fallecido escapó de vuelta al interior del convoy, pero se entregó voluntariamente cuando vio que habían esposado a su acompañante.

Grabaciones con móviles

Los tenían sentados en el suelo, apoyados contra la pared, cuando se armó un barullo en la estación. La gente empezó a increpar a las fuerzas de seguridad por su exceso de violencia, sacaron los teléfonos y empezaron a grabar. Uno de los testigos dice que el otro agente insultó al joven con epítetos raciales. El uniformado sostiene que sólo repitió lo que el chico había dicho y confirma que su compañero estaba asustado, le temblaba la voz y creía que Grant trataba de sacar una pistola que no tenía. «Échate para atrás», le dijo antes de apretar el gatillo. Luego se llevó las manos a la cabeza, como sorprendido del asesinato, y se le oyó repetir: «¡Oh, Dios!».

Quienes destrozaban el jueves por la noche las calles del centro de Oakland no se creen la versión del homicidio involuntario, que conlleva entre dos y cuatro años de prisión. «Es increíble, a este tipo le va a caer menos que si hubiera escrito un cheque sin fondos», protestó Barbara Plantiko, una abogada de inmigración. «No nos podéis matar a todos», pintaban los manifestantes en las calles. Mientras, el jefe de Policía Anthony Batts se proponía restaurar el orden. «Esto no es el salvaje oeste, no lo voy a permitir», aseguró.

Ayer, 83 detenciones después, la calma tensa volvía a reinar en Oakland, y el miedo a una guerra campal como la de Rodney King se había disipado. En aquel incidente de 1992, cuando un jurado absolvió a cuatro policías que fueron capturados en vídeo golpeando brutalmente a un afroamericano, los disturbios que siguieron a la sentencia causaron 53 muertos, miles de heridos y mil millones de dólares en daños (unos 790 millones de euros). Su sombra continúa pesando en Estados Unidos, sin que eso haya impedido que los abusos policiales sigan quedando impunes.

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