La victoria sudafricana

El Universo, Nelsa Curbelo, 07-07-2010

SUDÁFRICA |

Sudáfrica es una sinfonía de rostros, colores y sonrisas. La gente en la calle saluda y hace todo lo posible para agradar a sus huéspedes y hacerle la vida fácil. Y, sin embargo, los problemas son múltiples y los desafíos impresionantes. Una de las mejores experiencias para todos los representantes de las delegaciones del Campeonato Mundial de Fútbol Callejero fue visitar el Museo del Apartheid y conocer, comprender, admirar la fortaleza de un pueblo que es muchos pueblos, muchas razas, muchas etnias, cuna de la humanidad.

Al llegar, cinco pilares impresionantes a la entrada del museo, recreado para comprender lo que vivió y vive Sudáfrica, llaman la atención. En ellos está escrito: libertad, respeto, responsabilidad, diversidad, reconciliación. Cada uno de ellos y todos juntos, base de la nueva sociedad que se está construyendo. La reconciliación es un logro del proceso, sentar en la misma mesa a todos los habitantes de Sudáfrica y salir de la discriminación. En las canchas del Mundial siempre la misma invitación: eliminar el racismo. En carteles, en discursos, en las declaraciones de los equipos antes de iniciar los encuentros es el tema dominante.

Para entrar en el museo se da un pase, en él se señala si se entra por la puerta de los blancos, de los negros o de los mestizos. Las paredes de los corredores de las especie de jaulas por las que pasamos separados, están hechas con las piedras del oro, riqueza y miseria de la población, causa en gran parte de su explotación. Para acceder a la parte oscura de su historia una rampa descendente nos enfrenta con la vida de Nelson Mandela, líder, camarada, negociador, prisionero, hombre de Estado, Premio Nobel de la Paz. Su carácter ha inspirado e inspira a millones de personas: compasión, valentía, integridad, alegría. 27 años en prisión dejaron en él marcas indelebles. Según sus escritos y su obra, la tarea fundamental fue aprender a sobrevivir espiritualmente. La prisión en condiciones extremas de soledad y a la vez hacinamiento revela lo mejor y lo peor de cada uno. Lo convierte en un sabio o en un resentido. Mandela sostiene que la prisión le sirvió para medirse a sí mismo, enfocarse en temas internos, en la sinceridad, la honestidad, la simplicidad, la humildad, aprender a mirarse a sí mismo en el interior. “La cárcel es la mejor universidad, es la universidad de la vida”, sostiene. Los presos políticos además tenían un motivo por el que vivir, por eso se ayudaban, compartían la poca comida con quien tenía más hambre. Los trabajos forzados, duros y realizados en silencio forjaban su resistencia. Solo podía escribir una carta con 500 palabras cada 6 meses, y en 6 años recibió 27 visitas de media hora. Él copiaba las cartas que escribía porque imaginaba y con razón que no llegaban a su destino. La muerte del hijo que no conoció, lo encerró en sí mismo en la celda de 3 m que compartía con otros prisioneros. Permaneció envuelto en una cobija por más de 3 semanas y resurgió. Hizo frente al dolor extremo bajando al abismo y resurgiendo de él.

Una de las mejores cosas del Mundial es la cantidad de personas que por miles acuden al museo y conocen de las victorias aún en proceso, de un pueblo sobre el discrimen, la marginación, el odio y la pobreza extrema a la que fue sometido. Para los jóvenes que juegan el otro Mundial, visitar la prisión donde estuvo Mandela enseña más que mil discursos.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)