ARTÍCULOS DE OPINIÓN
No se está hablando de cualquier cosa
La valoración de la libertad en las sociedades modernas lleva por un lado a proclamar el derecho de las mujeres a ir completamente cubiertas en el espacio público si así lo desean y, paradójicamente, a abogar por su prohibición
Diario Vasco, , 05-07-2010Crecen los comentarios y surgen iniciativas legislativas acerca de si se debe prohibir cualquier vestimenta que oculte la cara, como es en el caso del burka o del niqab. Pero en realidad no se está produciendo un debate serio y hasta lo que sea posible desapasionado sobre cuestiones más nucleares, como puede ser la obligación por parte de quienes viven voluntariamente en un país libre incluso desplazándose al mismo con grandes inconvenientes de asumir tanto los derechos como los deberes legales del país. Un ejemplo: en España, al contrario que en Francia, no se habla nada sobre la existencia o no de la poligamia. En el país vecino llevan muchos años tratando de impedir esas prácticas con leyes y la utilización de los servicios sociales, sin que se terminen de resolver todas las cuestiones realmente existentes, aunque es un tema debatido y analizado, e incluso objeto de divulgación en diversos medios. Pero, ¿se sabe cuál es la situación en España?
Hay, por otro lado, costumbres del país de acogida que no tienen por qué seguirse, así como otras del país de origen a las que no hay por qué renunciar. En la historia de la Humanidad las personas han tendido a asumir unos usos, leyes y costumbres ajenos, a dejar otros que les son propios, y, en general, a mezclar unos y otros, generalmente en función de su utilidad. En las sociedades democráticas modernas un rasgo es la tolerancia y el respeto hacia las costumbres, ideas y usos diferentes, lo que las distingue y distancia de las sociedades tradicionales, pequeñas y cerradas, y también de aquéllas en la actualidad que aunque industrializadas mantienen leyes que atentan contra los derechos humanos, entre los que se encuentra la libertad de pensamiento, o religión, entre otros. La extensión social de la valoración en nuestras sociedades de la libertad que es otro rasgo de las sociedades modernas lleva por un lado a proclamar el derecho de las mujeres a ir completamente cubiertas en el espacio público si así lo desean, y paradójicamente a abogar por su prohibición, entendiendo que las mujeres actúan así no ejerciendo su derecho a elegir, sino por las presiones externas que pueden ser explícitas (por imposición directa y manifiesta) o implícitas (llevadas a ello desde la infancia durante los procesos de socialización en los rasgos de esa cultura). Puede que el enfoque en la libertad no sea pues el más útil para el debate.
Que se trate de una imposición religiosa no resulta claro. Personas conocedoras del Corán no coinciden en que sea una norma de carácter religioso. Tampoco se acepta como costumbre propia de todos los países musulmanes. Distintos grupos autodenominados feministas de países con mayoría musulmana, como Malasia, proclamaban hace ya unos años que el propósito de cubrir con mantos a las mujeres no encaja en su tradición asiática, sino que es más bien un intento de arabización de sus costumbres y del propio Islam. Un elemento sobre el que resulta aceptable argumentar en las sociedades occidentales actuales a favor de la prohibición es porque se trata de una cuestión de seguridad. Y desafortunadamente existen razones para sostenerlo.
Parece sin embargo más convincente, desde un punto de vista democrático y liberal, argüir que ocultar completamente a una mujer es denigrarla. La razón es que se la considera el elemento causante del pecado de los varones, que el cuerpo de la mujer en sí mismo es despreciable en la medida en que es causa de la perdición de los hombres (¡qué poco los valoran también!), al tiempo que se entiende que tal cuerpo sólo ‘pertenece’ a su esposo y señor. Tales consideraciones conllevan la invisibilidad no sólo física sino esencialmente social de las mujeres en nuestras sociedades (en otras, además, el cercenamiento de muchos de sus derechos), lo que a los ciudadanos/as de los países libres les resulta intolerable desde la lógica democrática.
Para terminar: yo sí he visto un burka. Fue hace unos años en las dependencias administrativas de un ayuntamiento de un pueblo pequeño. Un ser humano completamente cubierto con un manto negro se hallaba sentado afuera, en la puerta, en unas escalerillas. Dentro, un varón realizaba gestiones ante una empleada para cambiar su lugar de empadronamiento de un pueblo cercano a aquél. Quienes nos encontrábamos allí esperando nuestro turno podíamos seguir parte de la conversación. En un momento dado el varón sale afuera y entra con aquel ser humano. Desconozco cómo lo presentó ante la funcionaria, pero puedo asegurar que ni ella ni nadie, ni allí mismo ni en una dependencia interior, pudo ver el rostro de aquel ser. Por tanto, tampoco pudo conocer la empleada municipal, representante de la autoridad administrativa, sobre quién realmente estaba aplicando una norma, ni si el sujeto de la misma tenía derecho a ello. ¿Era mujer u hombre? ¿Era joven o mayor? ¿Podría ser la esposa (y ¿cuál de ellas, si había más de una?) o una hermana/o, hija/o? Por cierto, parece que por las calles de ese municipio tampoco se ha visto más un burka.
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